Una farsa muy real

La política se ha convertido en una herramienta para desconectar de la realidad y crear escenarios imaginarios de gran impacto emocional, que pasan como reales y que, a su vez, condicionan y dirigen las acciones y las decisiones de quiene compran estos relatos. Las nuevas tecnologías y el uso abusivo de las redes sociales permiten crear narrativas que construyen mundos fantásticos tan convincentes que la propia realidad no es capaz de conjurarlos. Los parlamentos, las ruedas de prensa o los mítines se han convertido en escenarios en los que se recita un texto con la entonación y los gestos oportunos y se representa un personaje con la fuerza dramática necesaria. Todo está controlado y se desarrolla en base a un plan establecido. Asesoras, guionistas, maquilladoras, esteticistas, escenógrafas, diseñadoras de vestuario. Nada escapa a su control. El resultado es una farsa. Una confusión deliberada entre realidad y ficción que desorienta y engaña a una sociedad que, por otro lado, participa entusiasta en la invención hasta el punto de contribuir activamente en su desarrollo. Las líneas argumentales, elaboradas por las fuerzas políticas, pueden así desbocarse, sobrepasar el marco establecido y adquirir vida propia más allá de sus creadores.

El diálogo se ha expulsado, lógicamente, de la tribuna pública. Su presencia desarmaría los guiones y los relatos inventados. Junto con la deliberación serían un antídoto frente a la palabrería y la manipulación. Por eso se los ha desterrado. Prevalecen la crispación, el enfrentamiento, la aniquilación del contrario. El diálogo solo es posible si se reconoce al otro, si se valida la alteridad, la diferencia, la existencia de otras miradas. Su ausencia estimula los planteamientos reaccionarios, los fanatismos y los discursos deshumanizados. El otro es alguien a quien combatir, expulsar o eliminar. La desaparición del diálogo favorece la aparición de organizaciones fascistas que prosperan fácilmente en el contexto de escenarios inventados. Falsean el debate de ideas, pervirtiendo las palabras, deformando la realidad y demonizando al diferente. Paradójicamente eliminan la posibilidad de dialogar con ellas. No es posible el diálogo con los fascistas porque no reconocen al otro. Lo quieren prohibir, encarcelar y, en último extremo, asesinar. El diálogo con el fascismo es una trampa que conduce a la eliminación de la palabra entre iguales. Esto nos coloca en la contradicción de reivindicar el diálogo frente a la imposibilidad del mismo con una parte de la sociedad, que ha decidido neutralizar al contrario por pensar de forma diferente. Al mismo tiempo es un criterio de realidad. No es posible dialogar con aquel que no reconoce al otro en la diferencia y en su derecho a ser diferente.

La práctica del diálogo como reconocimiento del otro, la única forma posible, excluye la posibilidad de debatir públicamente con quienes apoyan la esclavitud, el genocidio y cualquier otra forma de discriminación o maltrato contra las personas. Frente a quienes defienden este tipo de hechos, normalmente enmascarados dentro de la libertad de expresión, solo cabe el rechazo social y la imposibilidad de acceder a espacios públicos de decisión y de difusión. No consiste en que alguien no pueda pensar o expresarse de esta manera sino que no pueda utilizar los recursos comunes para la difusión o la puesta en práctica de su ideario. Los conceptos de diálogo, democracia o libertad deben estar vinculados a un principio básico apoyado en el buen trato y el respeto a la diferencia y al otro como ser diferente, particular y subjetivo. Si no es así, dichos conceptos son susceptibles de manipulación y tergiversación, como se puede observar en el uso que las fuerzas de la derecha política y social hacen de ellos. El uso bastardo de estas ideas crea un escenario ficticio en su defensa que moviliza a muchas personas. La farsa consiste en que cientos de personas que creen defender la libertad o la democracia, se alinean al lado de planteamientos que atentan directamente contra esas mismas ideas. Las mismas que gritan libertad, defienden además el encarcelamiento perpetuo, la ausencia de diálogo y el uso de la fuerza y la represión contra aquellas personas que piensan de forma diferente.

La confusión entre ficción y realidad lleva a que en una concentración en la que se guarda un silencio respetuoso ante el asesinato de dos niñas por parte de su padre, en un nuevo episodio de violencia machista, sea interrumpido por una persona al grito de ¡que viva España! La necesidad de reivindicar a España en un contexto de rechazo a la violencia vicaria solo puede entenderse desde el desconcierto mental que genera uno de los escenarios imaginarios construidos por la derecha para destruir al feminismo. Este escenario pretende invertir la condición de víctima y mantener un estado de las cosas que facilita la violencia de los hombres contras las mujeres. Otro de los escenarios construidos se nutre de la cuestión catalana y pone en funcionamiento miedos atávicos relacionados con la unidad de España. Otro tiene que ver con la inmigración, enmarcada como una invasión y una pérdida de la identidad cultural. Estos escenarios han despertado la agresividad, el fanatismo, la represión, la insensibilidad, la hipocresía, el odio y el desprecio hacia otras personas por ser diferentes y por pensar de forma diferente. Las reacciones tan destructivas que estimulan son suficiente motivo para el rechazo social de estos escenarios y de los que los apoyan.

La desconexión de la realidad de gran parte de la sociedad y la expulsión del diálogo, como herramienta de conexión con la realidad y entre las personas, no presagian un futuro muy prometedor. La farsa forma parte de los tiempos modernos. El disfraz y la simulación forma parte de nuestras vidas. No ha venido de improviso. Es el desarrollo natural de una forma de hacer política en la que la imagen proyectada es más importante que las cuestiones que afectan y preocupan a la sociedad. El sistema nos ha convertido en espectadores, en consumidores y en votantes y actuamos como tales. Criticamos al sistema y deseamos formar parte de él. Si algo caracteriza a la modernidad es la simbiosis entre sistema y persona de tal forma que cada vez nos cuesta más distinguir lo que corresponde a cada cual.

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