Las salvajes son las otras

Vivimos lo de siempre pero en un alto grado de descomposición. Nos falta perspectiva para percibir que nos movemos dentro de una zanja cubierta de ideas corrompidas. Hablamos de democracia pero no sabemos en qué consiste. La idea de democracia de las sociedades occidentales es una fantasía. Peor aún. La acción de los gobiernos deconstruye y pervierte su significado. Nos ofrece una idea deformada y grotesca. La sociedad informada, que delibera, que decide y que actúa, que caracterizaría a una democracia, se suplanta por una sociedad desinformada, entrampada y obediente. Las fuerzas políticas reaccionarias son muy conscientes del riesgo de determinadas formas de relacionarse, más horizontales y colaboradoras. Las persiguen, reprimen y anulan sin ningún tipo de miramiento. La división está hecha. Las que mandan y las que obedecen. Salirse fuera de este marco es arriesgado.

Las personas obedientes hacen el trabajo sucio, son elogiadas y protegidas por las que mandan y, en muchos casos, admiradas por otras obedientes. Hubo un señor que vio a un bebé arrastrándose en una fosa sobre decenas de cadáveres mutilados y sangrientos. Cogió al bebé de un pie, lo levantó y lo lanzó de nuevo a la fosa. Luego le disparó. Este señor se llama William “Rusty” Calley y era teniente del ejército estadounidense durante la guerra de Vietnam. Fue juzgado por la matanza de My Lai y condenado a cadena perpetua. Tres años después de la sentencia fue indultado por el presidente Richard Nixon. Pasó veinte años bajo arresto domiciliario en unas lujosas habitaciones de oficiales del Fuerte Benning en el estado de Georgia. Durante este tiempo recibió cientos de cartas de apoyo. Muchas lo consideran un héroe nacional y uno de sus más fervorosos defensores fue Jimmy Carter. Lo que hizo Calley fue obedecer. Los que le mandaron no fueron juzgados.

Hace unos doce años Calley pidió públicamente perdón. Uno de sus amigos contó en un programa de radio que los asistentes a la reunión, en la que pidió perdón, se pusieron en pie y le ovacionaron. Es difícil entender por qué le ovacionaron. O no. La mayor democracia del mundo se ha dedicado, desde sus inicios, a expandir una idea de democracia. Esta idea está basada en la defensa de sus intereses en cualquier parte del mundo, lo cual implica invadir otros países, arrasar medios de vida, asesinar a combatientes y civiles y apropiarse de los recursos. Como esto chocaba frontalmente con lo que la mayoría de las personas pensaba que era una democracia, utilizaron la magia de las palabras para construir una ilusión. Así se convirtieron en exportadores de civilización frente a las salvajes de rudas, crueles e inhumanas costumbres. Esta deformación de la idea de democracia ha sido exitosa.

Las salvajes son las otras. Las inmigrantes y las refugiadas. Las personas racializadas. Las diferentes. Las que no se adaptan al estereotipo aceptado. Una democracia, al estilo estadounidense, puede construir campos de concentración donde apilar a las salvajes. Levantar muros. Segregar a la población. Invadir países. Disparar. Torturar. Para después hacer gala de sus instituciones democráticas. Sus parlamentos. Su marco normativo y legislativo. Su sistema de justicia. Somos una democracia porque tenemos un parlamento que representa al conjunto de la sociedad. Estados Unidos y sus satélites son demócratas porque tienen un sistema electoral que permite elegir a las representantes que decidirán crear o apoyar los campos de concentración, levantar muros, segregar, invadir, disparar y torturar. Esta perversión de la idea de la democracia es la que ha conseguido implantarse en la cabeza de las obedientes.

Detrás está la acumulación de riqueza de las que mandan. Ese comunismo, que tanto temen las reaccionarias de la derecha, pervive en la forma en que se relacionan las personas más ricas y las corporaciones que dirigen. Lo que llamaba David Graeber el comunismo de los ricos. La minoría más poderosa del mundo. El concepto de democracia que se ha hecho fuerte en el pensamiento occidental es el que defiende los intereses de esta minoría. Los parlamentos aprobarán cualquier iniciativa que no impida la acumulación y rechazarán cualquiera que la obstaculice. Saben a quién tienen que salvar en una crisis económica y social. Saben a quién van a condenar. Este es un cuento que se viene narrando desde hace siglos. Cuando las salvajes dejan de ser las otras, la salvaje empiezas a ser tú. En las condiciones adecuadas, no dudarán en demostrártelo.

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