Redes que tumban sistemas

Ya estamos recluidas. Ha tenido que venir un virus para que dejemos de consumir frenéticamente y se empiece a reducir la contaminación y el ruido en las ciudades. Será algo temporal pero, probablemente, una alta proporción de la población está experimentando en estos momentos la sensación de no poder satisfacer sus deseos inmediatamente. Las situaciones de excepción son en muchos casos oportunidades de experimentar la realidad de otra manera y de relacionarnos bajo parámetros diferentes. La servidumbre en el trabajo nos obliga a reducir las interacciones con las personas de nuestro entorno a la mínima expresión. No tenemos tiempo para pararnos porque la maquinaria nos empuja a estar en continuo movimiento. Llegamos demasiado cansadas como para escuchar, hablar y disfrutar de la compañía de otras. Ahora, de repente, nos encontramos con la oportunidad de reconocernos de nuevo.

La excepcionalidad aflora en muchos casos la solidaridad y la empatía pero también visibiliza la domesticación de los caracteres. El grado de esclavitud al que nos somete el sistema salarial varía en la medida que se promociona en la escala capitalista, de tal manera que a mayor poder de decisión, mayor grado de esclavitud o servidumbre al sistema. Esto nos coloca en una posición peligrosa puesto que en situaciones críticas el poder de decisión puede estar detentado por personas en las que la solidaridad y la empatía están amputadas. La dependencia en la que nos sitúan nos hace vulnerables ante este tipo de situaciones. De esta manera se priorizan resultados o organización de trabajo al bienestar de las personas, que se convierten en meros instrumentos para conseguir un objetivo. Los tiranos no solo gobiernan estados sino que se encuentran en las ejecutivas y en el orden jerárquico de cualquier organización.

No es necesario tener una personalidad psicopática. Vale con ser una persona amigable. Pero cuando se les coloca en una posición de jerarquía, se les anestesia la capacidad empática y se les afilan los colmillos. El psicólogo social Philip Zimbardo (1) ya explicó cómo interactúan las fuerzas situacionales y el poder del grupo para convertir a hombres y mujeres decentes en monstruos. A algunos hombres y mujeres. Afortunadamente hay excepciones. En la situación de excepcionalidad que vivimos con el virus Covid-19 tenemos ejemplos de unos y de otros. Por ejemplo, las personas que se están organizando para ofrecer ayuda a personas mayores que viven solas y otras afectadas por el confinamiento, las que comparten ideas para hacer más llevadero estos 15 días de reclusión o las cuidadoras de menores, ancianos y enfermos. En el otro extremo están las que priorizan intereses empresariales sobre la salud y la seguridad de las trabajadoras.

Las redes de apoyo mutuo son una realidad que nos confirma que otro mundo es posible, diferente al jerarquizado, represivo y autoritario que tenemos. Son un torpedo de cambio dirigido a la base del sistema capitalista que alienta el individualismo y la distancia personal. La epidemia del Covid-19 permite mostrar las dañadas costuras del capitalismo pero también las fortalezas de una parte de la sociedad que resiste. Por una parte, la conciencia de que el sistema no está a tu lado cuando lo necesitas amplia la posibilidad de mirar a las personas del entorno y construir redes. Por otra, uno de los aprendizajes que nos proporciona la actual situación es la necesidad de reforzar la sanidad pública, aunque algunos, como los dirigentes de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid, pretendan salvar la cara de la sanidad privada con medidas que hablan de colaboración entre ambas. Hay enseñanzas que no nos las pueden robar los trileros profesionales y redes que, si crecen, tumban sistemas.

(1) Experimento de la cárcel de Standford. El efecto Lucifer. El por qué de la maldad de Philip Zimbardo.

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