Un hombre trajeado

El otro día escuché una conversación de bar. Un hombre trajeado estaba sentado en una mesa junto a tres personas más en lo que, en un primer momento, me pareció una entrevista de trabajo. Hace años cuando terminé mis estudios me hicieron una entrevista en una cafetería, lo cual me pareció muy cutre, y, por supuesto, el trabajo fue un desastre, sin que me pagaran los cuatro meses que resistí, si exceptuamos el número de la lotería de navidad que me regalaron, el cual, para más inri, no resultó premiado. Esto que tenía guardado en el fondo de mi memoria regresó al ver al hombre trajeado que llevaba la batuta de la conversación. Se dirigió a una de las mujeres que le escuchaban atentamente y le preguntó por qué creía que la gente no quería ganar más dinero. La mujer dudó unos segundos y finalmente se decidió a contestar que porque no querían o no podían. El hombre trajeado dijo que no, que era por miedo, miedo a ganar más dinero. Decía que nos habían educado de tal manera que nos conformábamos con ganar lo justo para vivir y no nos esforzábamos por ganar más y más dinero. Somos unos cobardes que nos refugiamos en un socorrido no necesito más que esto para vivir. El señor trajeado era un consultor de negocios que estaba asesorando a estas personas a aumentar el margen de beneficios de sus empresas para lo cual deberían vencer el miedo que les habían inculcado.
Yo no necesito más de lo que gano para vivir. Soy un privilegiado. Un privilegiado de clase obrera aunque mi profesión sea una de esas que llaman liberales. No olvido mis orígenes ni los de mi familia, trabajadores que se esforzaron duramente para tener un mínimo de estabilidad económica. Durante estos años de crisis he mantenido mi trabajo, cobrando un sueldo que me permite llegar a fin de mes sin problemas y sin preocupaciones por la vivienda. He viajado mucho y me he comprado las cosas que necesito y, en algunas ocasiones, las que no necesito. Soy, sin duda, un privilegiado y esta concepción de mi mismo no se me olvida en ningún momento porque en este Estado existen millones de personas que ni tienen un sueldo digno ni un techo sobre sus cabezas, que no tienen trabajo ni expectativas de tenerlo, que se van a trabajar a otros países y reniegan de una sociedad como la nuestra que se niega a darles la más pequeña oportunidad. Un privilegiado en una sociedad en la que se expulsa a las personas de sus casas y se les condena al desempleo durante años, y a la frustración, a la indignación y al desamparo. No necesito más de lo que gano para vivir, y no tengo miedo a ganar más porque la ambición capitalista de la acumulación es uno de los problemas y no la solución de la deriva de la sociedad actual.
Necesitamos una reflexión y una redefinición de las bases morales y filosóficas que están detrás de lo que queremos, de lo que hacemos y del cómo lo conseguimos. Los expertos que nos animan a ganar y ganar y ganar cada vez más son los profetas de un sistema depredador que parasita al planeta y nos deshumaniza. No es que vengan únicamente el gobierno o las multinacionales o las instituciones europeas a decirnos al oído que consumamos más sino que las recetas del capitalismo las tenemos aprendidas, profundamente interiorizadas, y las difundimos como si fueran un mantra, la mayor parte de las veces sin darnos cuenta. Crecer en esta sociedad implica un proceso de poda de todas las ramas que nos sobran y que fueron añadidas artificialmente en la escuela, a través de los medios de comunicación y en esas conversaciones familiares y amistosas en las que nos íbamos transmitiendo los valores que han ayudado a construir este tinglado demencial. Y en ese difícil proceso de poda nos toca sustituirlas por otras con las que podamos construir otro escenario más amable para las personas y para con la naturaleza. El éxito del capitalismo radica en que aquellos que lo adoran y aquellos que lo critican están influidos, sutilmente, por sus enseñanzas por lo que es necesario un proceso consciente de deconstrucción de lo aprendido, lleno de contradicciones, y un cuestionamiento de lo que pensamos y de lo que, naturalmente, damos por hecho. El capitalismo es tan ubicuo que te asalta cuando menos te lo esperas.

2 comentarios en “Un hombre trajeado”

  1. Arduo, aunque necesario proceso de deconstrucción. Yo llevo practicamente toda mi vida desadoctrinándome y seguramente moriré sin haber completado el proceso.

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