Convertirnos en un trozo de algo


La idea de crear campos de trabajo o campos de internamiento no es, en el momento actual, ajena a Europa a pesar de su historia. Los campos de exterminio nazis fueron el extremo de la misma idea que subyace a los CIE´s españoles, a los centros de internamiento, de identificación y expulsión de extranjeros como Lampedusa o la propuesta del derechista húngaro Orban de crear campos de trabajo para los inmigrantes. Todos son espacios de exclusión en el que los derechos de las personas recluidas desaparecen y se puede hacer con ellas lo que se quiera, con impunidad. Así no son extraños los suicidios, las vejaciones, las torturas o las muertes en circunstancias sospechosas. Las vidas de estas personas están a merced de la voluntad de otros. Cuando entran por la puerta de uno de estos centros, la justicia se queda en el rellano. Es difícil entender que no hayamos aprendido nada de nuestro pasado.

Cuando nos preguntamos cómo se permitió la matanza de judíos y gitanos, entre otros, cómo gran parte de la población alemana aceptó y entendió la existencia de los campos de concentración, nos quedamos sin respuesta. No lo entendemos. Seguramente muchos hemos participado en conversaciones en los que esta perplejidad es el denominador común. Pero no nos resulta tan extraño que alguien defienda la reclusión de personas en centros de internamiento por el mero hecho de ser inmigrantes. Hablamos de la seguridad, de la necesidad de poner límites o del control de las fronteras y, de esta manera, validamos que existan espacios de reclusión y control para aquellos que atentan contra esa seguridad o traspasan determinadas fronteras. Lo que no sabemos es que colaboramos en que se ponga en el tablero de juego los mismos elementos que convierten las vidas en algo de usar y tirar. La respuesta a la pregunta está en nosotros mismos.

Hace unos días vi un vídeo en el que unos policías golpeaban a una persona que iba a ser deportada a su país. La escena se desarrollaba dentro de un avión ante los ojos del resto de pasajeros. Uno de los policías pegó al menos diez puñetazos a la persona que estaba en el suelo inmovilizada. Al mirar hacía atrás vio que una de las pasajeras estaba grabando la escena y pidió a la azafata que le dijera que no se podía grabar. Este fue el final de la grabación. Lo que ocurre dentro de los centros tampoco se puede grabar. La mayor parte de las deportaciones en las que ha habido agresiones tampoco se han grabado pero la ausencia de imágenes no implica que policías o guardias de seguridad, como los que aparecían en este vídeo, golpeen impunemente, sin importarles la vida de las personas que retienen. La justicia está limitada para actuar en espacios como estos y esto permite que cualquiera pueda hacer lo que quiera con la vida de las personas. Lo único que nos pide la sociedad en que vivimos es que no lo grabemos, que no lo veamos, que nos olvidemos del poder ilimitado que damos a los agentes de control y seguridad.

Los inmigrantes, los judíos, los gitanos, los homosexuales, cualquiera podemos caer en el agujero de espacios sin derechos. Cualquiera podemos tener la sensación de que nuestra vida ha dejado de estar bajo nuestro control y que es un funcionario quien decide cuándo tenemos que mear, comer o respirar. Cualquiera podemos ser golpeados, insultados, vejados sin que la justicia se dé por enterada. Cualquiera de nosotros podemos convertirnos en un trozo de algo, en una cosa, que cualquiera puede golpear y utilizar a su antojo. Cualquiera. En esto no nos diferenciamos.

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