El acoso y derribo [no contado] de la libertad de información en el Estado Español


El medio por el que la mayoría se [des]informa es la televisión. Solo hay que dar a un botón e inmediatamente nos bombardean con opiniones, que vamos escogiendo según se adapte mejor a nuestra particular mirada de la sociedad y de la política. Periodistas como metralletas, que saben de todo y de nada. Igual opinan sobre Venezuela que de Irán o de Cuba, como si fueran expertos en la realidad política y social de estos países. Saben de economía, psiquiatría, psicología, historia, derecho y de cualquier otra disciplina, lo suficiente como para hacer diagnósticos psiquiátricos en directo o decidir, en ese mismo momento, que la medida económica planteada es irrealizable, según los rápidos cálculos mentales hechos ex-profeso. Son muy hábiles para condenar mediáticamente al palomo de moda aunque siempre se encargan de colocar el presunto delante de delincuente. Y al revés. Proporcionan licencias de inocencia a personas que con el tiempo son condenadas por sus delitos. Sus sueldos dependen de medios muy significados políticamente y esto hace que sepan exactamente lo que tienen que decir y lo que no delante de una cámara. Su trabajo está en juego. Saben que los debates están mal vistos y al ingenuo que cree que puede tener una conversación civilizada sobre la situación política del país le cortocircuitan cortando los turnos de palabra, interrumpiendo cada vez que se pretende desarrollar un argumento, hablando entremedias y generando un ruido suficiente como para que el mensaje se transmita distorsionado y acusando al otro de vendehumos, ignorante o cualquier calificativo que sirva para el descrédito. Saben que los debates de ideas hacen que la mayoría de los televidentes agarre el mando a distancia, cambie de canal y se refugie en programas donde se insulte, se despelleje, se juzgue o se mofe del personal u otros donde el compromiso intelectual sea mínimo. Los debates televisivos en La Sexta o en Telecinco, que probablemente sean los que tengan mayor audiencia entre los existentes, son el Sálvame de la política. Para muchos lo que se hace en estos programas es periodismo pero no lo es, aunque en alguno de ellos acudan buenos periodistas. Solo son programas de entretenimiento que consiguen mantener a millones de personas delante de un televisor y condicionar, apretando una tecla u otra, su opinión política. El juego sucio es una herramienta más para el análisis social y político. Se genera tanto ruido que si se quiere buscar información no hay que ver la televisión. Se tiene que acudir a otras fuentes, en la medida de lo posible variadas y plurales.

La gente tiene que comer y los periodistas también. Pero hay algunos que además honran a la profesión cada vez que trabajan. Los reportajes de estos periodistas-fotoreporteros, que no aparecen en los medios generalistas y no son conocidos por la gran mayoría, tienen más valor informativo que cualquier intervención de los Inda, Rojo y compañía. Nos enseñan los márgenes de la realidad, los rincones más oscuros, deprimidos, injustos y empobrecidos de la sociedad. Algunos de sus trabajos son lo suficientemente elocuentes como para hacer callar a cualquier periodista bien pagado de opiniones impostadas. Sus imágenes y grabaciones nos hablan de los desahucios, de la violencia policial y de la injusticia del sistema. Estos periodistas no aparecen en los platós televisivos. No forman parte del espectáculo en el que se convierten las cosas cuando están insertas en el entramado televisivo dependiente de los datos de audiencia. Los vídeos del desalojo y derribo de la casa de la calle de Ofelia Nieto, 29, no tienen cabida en los programas de máxima audiencia. El panorama informativo en las televisiones públicas y privadas es un signo de las deficiencias democráticas del Estado Español, en el que tiene más valor la opinión de Marhuenda que la injusticia social derivada de los desahucios. Pero no solamente es esto. En este Estado, en el que es habitual la crítica a otros países por sus ataques a la libertad de información, se acosa y se detiene a periodistas. No. No son esos que salen en los debates de 13TV o Intereconomía, o presentan programas en la televisión pública de Castilla La Mancha o TeleMadrid. Estos están bien alimentados y su relación con la justicia es óptima. A los que se acosa y detiene son a los periodistas que están en la calle informando sobre lo que realmente importa (y adelanto que no es la relación de Venezuela con Podemos). Son esos periodistas que nos enseñan cómo se lleva a cabo un desahucio, el sufrimiento de las personas a las que se expulsa a la calle y la dignidad de los activistas que les defienden. Son los que nos muestran la usitada violencia con la que actúa la policía. Son los que sufren los empujones, insultos, desprecios y golpes de aquellos que se dicen defensores del orden y la ley. Son los que muestran a un policía riéndose mientras se desarrolla un desahucio y que acaban siendo denunciados por esa fotografía. Son los que se empotran al lado de los activistas y nos muestran desde dentro cómo derriban la puerta por la que saldrán pesarosos todos los que soñaban con que fuera irreductible. Son los que acaban detenidos por hacer su trabajo en esa democracia con la que se llenan la boca gran parte de los periodistas que [des]informan en los debates televisivos. Son Alicia Armesto y Jaime Alekos pero podrían ser cualquiera que con una cámara en la mano nos cuentan una realidad que desde las televisiones nos niegan. 

3 comentarios en “El acoso y derribo [no contado] de la libertad de información en el Estado Español”

  1. Hombre, evidentemente dentro de un SISTEMA CAPITALISTA-TERRORISTA-GENOCIDA no puede pasar más que todo lo que pasa.

    Esto es de ABSOLUTO PEROGRULLO.

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