El discurso del virtuosismo frente a las artimañas populares

El estado español vive un momento excepcional al tener un gobierno cuyo presidente lo es, a su vez, del partido con más casos y tramas de corrupción de la historia reciente. Esto se vivió anteriormente de manera local en Valencia, Castellón o Marbella, ciudades donde los corruptos se sentaban en los sillones de los ayuntamientos, diputaciones y comunidades, apoyados por una amplia mayoría de la población a la que no le parecía importar que sus políticos no solo no fueran honestos ni honrados sino que ni tan siquiera se esforzaran en parecerlo. Lo local se trasladó al ámbito nacional cuando Mariano Rajoy ganó unas elecciones con mayoría absoluta. Los méritos de Mariano no tuvieron nada que ver. La victoria se basó en la debacle de los socialistas, sin apenas esfuerzo, en un país en el que una gran parte de los votantes solo sabía coger la papeleta de la gaviota o la de la rosa. Seguramente no hubo unas elecciones más sencillas. El gobierno durante este tiempo se ha destacado por la mediocridad, la hipocresía y la ineptitud pero todo ello han podido manejarlo gracias a los medios de comunicación de la derecha. Estos han aplicado un plan simple y esperado basado en presentar al Partido Popular en salvador del país, aunque la realidad se esfuerce en negar los éxitos que se arrogan los populares y que nos repiten machaconamente en cada página de los periódicos afines y tertulias teledirigidas. Los datos sacados de contexto les sirve para convencer a sus votantes que, por otra parte, están deseando ser convencidos. Las encuestas indican que todavía tienen un número de electores suficientes para mantenerse como uno de los dos partidos más votados. Estos votantes no han abandonado al partido a pesar de la corrupción y los engaños que rodean a sus políticos lo cual nos indica el nivel democrático de aquellos, sin duda, al nivel bajo cero del partido de sus amores. La idea de que estamos saliendo de la crisis seguramente traerá de nuevo al redil a otros votantes, más enfadados por la deriva popular, que pueden aplicar el viejo refrán de más vale malo conocido que bueno por conocer ante el surgimiento de Podemos. El anticristo moderno.

Podemos dio un golpe de mano en el discurso político y se empezó a hablar de la casta. Dispararon a todos los lados, no solo al Partido Popular y al PSOE, y sus conceptos y palabras empezaron a formar parte del vocabulario político en las tertulias televisivas y de bar. Fueron invitados a la mayoría de las televisiones y su presencia mediática fue intensa. Practicaron una suerte de discurso del virtuosismo con el que enfrentaban lo nuevo y lo viejo, lo inmaculado y lo degenerado. Huelga decir en qué lado se situaban los líderes de Podemos. El problema del virtuosismo es que nadie es virtuoso y el Partido Popular, experto en ver la paja en el ojo ajeno, no desaprovechó la ocasión. Parten con ventaja, por supuesto, porque saben que el discurso del virtuosismo se puede desactivar con mierda de verdad o de mentira y, como han demostrado en las últimas décadas, el desparpajo en la utilización de la mentira y de las medias verdades de los populares, de los medios de comunicación y sus periodistas es conocida en todo el mundo, incluidos sus fieles votantes. Sus periodistas están avezados en el ataque frontal y manejan el medio de comunicación con mayor capacidad de influencia como es la televisión. Los televidentes no se preocupan en contrastar lo que dicen sus tertulianos favoritos y, por supuesto, no se esfuerzan en crearse una opinión porque ya se la dan hecha. Para muchos, las tertulias televisivas son como esos artilugios deportivos que prometen convertirte en un atleta sentado en el sofá solo que, en vez de tener el abdomen de Cristiano Ronaldo, les proporcionan una firme y solida opinión política forjada por el periodista de turno. Cuando Podemos categorizó a los políticos del Partido Popular como casta, estos se esforzaron en demostrar que los políticos de Podemos son como ellos, es decir, ni honestos ni honrados. La paradoja de demostrar que el otro es igual de deshonesto que yo, funciona.

Venezuela, ese país que la mayor parte solo conoce de oídas, es el arma arrojadiza preferida de la derecha española. La relación con este país de gran parte de las caras más visibles de Podemos es evidente y esta relación sirve para acusarlos de autoritarios, totalitarios y dictatoriales. La realidad es que Venezuela es tan democrática como el Estado Español si tenemos en cuenta que allí también hay unas personas que cogen unas papeletas y las meten en una urna, bajo la atenta mirada de observadores internacionales que certifican el juego limpio electoral. Cuando se dice que Maduro es un dictador, se olvida que fue elegido por una mayoría de sus conciudadanos. Como Mariano. Poner el foco en Venezuela y en los asuntos de Monedero son la manera que el Partido Popular tiene de evitar que se hable de la corrupción, del espionaje político y de los responsables políticos y judiciales. Y esta estrategia tan simple es absolutamente eficaz. La mayor parte de los medios hablan principalmente de Monedero y de la relación de Podemos con Venezuela. Lo de la casta como que se ha quedado muy antiguo ante la nueva narrativa liderada por los populares. El gobierno y el Partido Popular han sabido dar la vuelta a la tortilla. La trampa es fácil de ver, por vieja y harto utilizada, pero ha servido para colocar a Podemos en su versión defensiva, mostrando una sonrisa inofensiva ante el odio de su adversario. 

En los sistemas podridos son los elementos más adaptados los que mejor se manejan. El gobierno del Partido Popular hace tiempo que debería estar en la oposición, ocupando un espacio político marginal consecuencia de sus políticas y de los delitos cometidos por sus dirigentes. Pero la realidad es otra. Las encuestas muestran una caída espectacular de sus apoyos electorales pero aún son suficientes como para pelear por ganar. Hablar de Venezuela o de Monedero es en realidad un signo de la ausencia de discurso político transformador. Son expertos en el juego sucio, en el descrédito y demolición del contrincante. Sobre todo porque tienen un tipo de políticos que apenas existen en otros partidos. Ese tipo de políticos que pueden mentir, defender a un ladrón o a unas medidas políticas antipersonas y decir una cosa e inmediatamente la contraria sin que les tiemble la voz. Entrar en su juego es perder. Se deberían tomar las medidas necesarias para desactivar las acusaciones, desde las responsabilidades personales o las medidas judiciales ante las injurias. El discurso político debería centrarse en las alternativas y propuestas y en desactivar el discurso tramposo que pretende distorsionar la realidad para volver a engañar a los ingenuos. No confío en que la solución a los problemas del sistema sean solucionados por los partidos políticos pero, al menos, que no gobiernen aquellos que han demostrado tanta ineptitud y falta de honradez en la gestión de la cosa pública. Dejarse llevar por el discurso tramposo de los populares es una manera de claudicar.

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