La mayor revolución a la que se aspira

Cuando apareció Podemos, a principios de 2014, y se empezaron a crear los círculos pensé que el mayor reto que tenían era organizar la participación de cientos de personas, ilusionadas, que querían ser parte activa del nuevo movimiento que, posteriormente, se convirtió en partido. La construcción de un partido desde la activa participación ciudadana sí sería un elemento diferencial significativo con respecto a cualquier otro. Sin encarar este reto consiguieron que más de un millón de personas les votaran en las elecciones europeas. A partir de aquí lo que presenciamos fue la construcción de un partido al uso con un equipo de dirigentes que condicionan y dirigen la dirección del partido aunque, eso sí, elegidos por miles de personas, que en unos meses dejaron de confiar en la fuerza colectiva que supondría la participación ciudadana para confiar en un grupo de personas a los que se les encarga la complicada tarea del cambio de la política nacional. Los círculos ahí están. La gente participando en los debates y votando en los espacios digitales creados para ellos. Pero esto no es muy diferente de lo que ocurre en otros partidos donde sus militantes también participan, debaten y votan. Cambian ciertas reglas y los espacios de participación pero en esencia es lo mismo. 

Al final muchos de los que votaron por el equipo de Pablo Iglesias apostaron por aplicar las mismas reglas con las que se funciona en la política española. Y por supuesto, la elección de un líder, que representara al partido, era un elemento indispensable. Tanto como que ahora mismo no creo que haya mucha gente en Podemos que defienda que otro líder es posible. O Pablo Iglesias o el PP. Actualmente su presencia mediática está siendo más comedida pero en otros momentos ha sido abrumadora. Ha participado en espacios de debate, dando réplica a la derecha rancia y a la menos rancia,  a través de los cuales ha conseguido llegar a un mayor número de ciudadanos que, por otra parte, estaban ansiosos de ver cómo alguien vapuleaba dialécticamente a los periodistas, voceros de los poderes, y políticos cínicos que pueblan la escena televisiva. Han colaborado en esta labor algunos de sus compañeros del equipo directivo, con más o menos suerte, pero Iglesias es el referente claro y el centro de los focos. El carisma, característica indispensable de un líder tradicional, le lleva a ser idolatrado en los mítines a los que acude, donde cientos de personas han depositado la confianza del cambio en él a costa, no olvidemos, de la participación activa y directiva de esas mismas personas en ese deseable proceso de cambio. La delegación es consciente y, también, muy cómoda. 

Toda esta proyección mediática condiciona inevitablemente la personalidad del partido. Se han construido a la luz de los focos de la televisión. Una luz que les ha hecho visibles y conocidos para muchas personas que, seguramente, les darán su voto a partir de sus actuaciones televisivas. En todo esto el contenido político es menos importante porque en los medios televisivos funcionan mejor otro tipo de mensajes, más cercanos a los eslóganes y frases brillantes que movilicen y motiven a sus posibles votantes. La participación en estos medios provoca que en muchas ocasiones se adopten formas y maneras propias de cualquier contertulio habitual y ducho en la batalla dialéctica, basada en las acusaciones, chascarrillos, burlas y demás insustancialidades. Estos espacios están diseñados para dar espectáculo y desde Podemos no se ha dudado en participar en el mismo. Sin duda esta estrategia es la adecuada para sobrevivir y medrar en el sistema político y mediático actual y para llegar a esos cientos de miles que se encuentran sentados delante de un televisor escuchando lo que otros piensan y opinan. 

Probablemente la sociedad en que vivimos solo puede aspirar a un partido del corte de Podemos. Y esto no lo digo con desdén sino por la constatación de que una gran parte de los ciudadanos se conforma con políticas reformistas que permitan suavizar las aristas del sistema. El 15M demostró que la participación activa de una proporción amplia de la población era una quimera. La mayoría observó lo que pasaba desde la distancia y la crítica contemplativa. Participar es un acto que requiere esfuerzo, tiempo y motivación y la mayor parte de la población estaba en otras cosas. La aparición de un partido que recuperara algunas reivindicaciones olvidadas en el saco de lo que pudo ser y no fue y diera lustre a las ideas y programas de otros, que no fueron capaces de sacarlas adelante, más un líder carismático que supiera dar batalla a la caverna mediática y política puede que sean suficientes para que una sociedad, que espera al redentor, se active. Se active para lo que siempre ha hecho, con más o menos desgana. Es decir, votar cuando les mandan. La alternativa al PP es Podemos. No se vislumbra ninguna propuesta revolucionaria ni se la espera. La mayor revolución a la que se aspira es a la socialdemocracia que para muchos supuso el mayor periodo de bienestar en sus vidas. En este estado deplorable nos han dejado los gobiernos del Partido Popular y del PSOE.

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