Madrid es un centro comercial

El distrito centro de Madrid es un centro comercial. Está dejando de ser parte única de una ciudad para convertirse en un lugar de simple y vulgar entretenimiento, de tiendas, de restaurantes, de bares y terrazas. 
A algunos barrios se les cambia el nombre para convertirlos en una marca como el barrio de Las Letras. Una marca para atraer a los turistas, para salir en la guía de viajes de Lonely Planet, con la excusa de los grandes escritores que vivieron en esas calles por las que ahora solo hay gente que va y viene, que entra y sale y, por las noches, si asalta la necesidad se alivia en cualquier esquina.
Los vecinos dejan de importar. Las políticas se hacen al son de las asociaciones de comerciantes y los vecinos son solo atrezo. El dinero y el simple interés comercial consigue que aquello que tiene interés por la vida comunitaria, por el encanto de la cotidianidad, por las peculiaridades de cada lugar deje de tener interés, encanto y lo peculiar, que hace atractiva la visita, sea solo recuerdo de los más viejos. 
Lo que hace que los sitios sean singulares e interesantes no son las terrazas que invaden cada milímetro de los espacios comunitarios, por muy buen tiempo que haga y por muy a gusto que estemos tomando unas cervezas. En la plaza del Ángel donde había hace unos años solo una terraza, la del conocido café Central, ahora, durante este verano, había ocho. La multiplicación de lo artificial y de lo banal roba el alma de los lugares. 
Los comercios tradicionales desaparecen y son sustituidos por franquicias y empresas con vocación monopolista o dirigidas a una clientela con alto nivel adquisitivo. 
Los vecinos se difuminan entre los miles de transeúntes que pasean de arriba a abajo por las calles. Han dejado de ser los protagonistas de la obra del día a día para ser simples extras. 
Los edificios se quedan vacíos de personas, expulsadas por el coste cada vez mayor que supone vivir en estas zonas, y se llenan de oficinas, de hostels, de negocios de todo tipo.
Los niños juegan en los parques infantiles rodeados de terrazas, de ruido y de luces alienantes.
Las actividades para el pueblo han sido sustituidas por actividades de promoción y publicidad de productos comerciales. 
La acción del capitalismo convierte la vida vecinal en espectáculo. Arrebata la personalidad de los espacios, que es proporcionada por las personas que los habitan, para convertirlos en simples contenedores de gente que compra y se mueve, sin ton ni son, mirando abobada las luces de neón.
Madrid está dejando de ser Madrid para convertirse en un centro comercial. No hemos llegado al nivel de ciudades ultracapitalistas como Hong Kong, donde la mayor actividad de ocio consiste en ir a los centros comerciales y donde la gente pasea en la calle como un rebaño, pastoreado por las luces de las grandes tiendas, pero cada vez nos parecemos más.
Es evidente que construir una ciudad para las personas no se puede dejar en manos de los políticos de la Gürtel ni en empresarios que únicamente buscan el beneficio económico. Han demostrado en solo unas décadas cómo se puede vampirizar a una ciudad y convertirla en una sombra impersonal de lo que fue.
Para cambiar la ciudad hay que devolver a cada barrio su singularidad. Hay que devolver a las personas que los habitan a un primer plano y esto solo puede ocurrir desde la participación ciudadana en la gestión de su cotidianidad. Y abandonar los criterios económicos y comerciales en el desarrollo de los barrios. Los barrios no son marcas. Son el lugar en el que vivimos.

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