Cuando solo es tortura y muerte de un ser vivo

He ido a muchos pueblos donde la mayor atracción festiva se basaba en la utilización del animal como divertimento público. No es raro que los encierros y otras modalidades más cruentas del maltrato animal formen parte central de la fiesta de pueblos y ciudades españolas. 

Hubo un tiempo en que aquellas actividades que no acababan con la muerte de un animal las consideraba tolerables. A pesar de que el amor y el respeto por los animales me venía de serie, el país en el que nací me empujaba a vivir las incoherencias entre pensamiento y acción, dándome en estos casos los argumentos que necesitaba para cubrir mis vergüenzas. 

En los ochenta este país aún era esencialmente taurino y las novilladas, encierros, rejoneos o corridas eran seguidas por un gran número de aficionados que no dudaban en considerar dichos eventos como parte indisoluble de la naturaleza hispana. 

En aquella época participé en encierros y sentí el aliento de los astados en el cogote, aunque nunca me atreví a sobrepasar ciertos límites en cuanto a la cercanía del toro o de la vaquilla. Eso se lo dejaba a los más experimentados cortadores, algunos de los cuales eran una leyenda en sus localidades. Recuerdo a un tal Leguiche en Medina del Campo que con solo su presencia atraía a muchas personas a la plaza para ver sus virguerías delante del toro. 

También estuve en los sanfermines y aunque parezca mentira no vi un solo toro. Estaba más interesado en otras cosas, más en la fiesta sin sangre que en la sangre de la fiesta. 

Y, por supuesto, estuve en Tordesillas. Varias veces. En una de las ocasiones, en la noche previa al alanceamiento, el toro es corrido por las calles de la villa hasta la plaza de toros. Entré con varios corredores en la plaza y me situé detrás de la barrera justo cuando entró el toro. Venía fatigado pero su porte era imponente. 

Corrió hasta situarse justo delante de mí, con una cornamenta realmente amedrantadora. Sentí que me miraba, en un acceso de egocentrismo, mientras me asustaba la idea de que saltara al callejón atestado. Me pareció el toro más bonito que he visto en mi vida. A ese toro le torturaron hasta la muerte al día siguiente. Esta fue la última vez que participé en uno de esos encierros.

Con el tiempo los encierros formaron parte de la misma crítica de uso de un ser vivo para el solaz humano que cualquier otro acto que acabara con la muerte de un animal. 

Desde que nacemos tenemos que deshacernos de lastre, llámese condicionantes culturales, que nos permita ir más ligeros en la vida y acomodar nuestro pensamiento a nuestra acción, de la manera más coherente posible. En mi caso, me llevó su tiempo pero ahora puedo afirmar que en lo que respecta a mi amor y respeto por los animales ya no es solo un planteamiento sino un modo de vida que influye en mi alimentación y en mi vida en general.

Este viaje, que consiste en desechar lo caduco desde la crítica y la reflexión, no es transitado por los defensores de tradiciones basadas en la tortura y la muerte de un animal. La tradición es la argumentación que la sociedad les ha dado para defender una tropelía. No es una argumentación propia sino aquella prestada para defender lo que es indefendible desde parámetros respetuosos con la vida de los seres vivos. 

La imagen de los tordesillanos con sus gruesas garrotas protegiendo lo que ellos consideran patrimonio del pueblo, cuando solo es tortura y muerte de un ser vivo, es la imagen de lo que esta sociedad no puede ser. Una sociedad cerril y alienada, que persiste en el error y en el horror de una tradición que nos sugiere, de manera cruda, la perversión de la naturaleza humana. 

Sus días están contados porque allá donde podemos y debemos ir no puede tener cabida ningún evento en el que se glorifique la muerte de los animales. 

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