El 12 de octubre no ha sido nunca una fiesta nacional en el sentido estricto. No ha aglutinado a la mayoría en el estado español porque ha sido y es una fiesta fundamental del nacionalismo español, por lo que todos los que no somos nacionalistas, nacionalistas gallegos, catalanes, vascos, castellanos y andaluces, independentistas, internacionalistas y aquellos que tenemos una memoria histórica que va más allá de la simbología alienante que representan las banderas y otros objetos y el orgullo patrio, digo, todos no nos sentimos integrados en una fiesta glorificadora de lo militar, de la fuerza bruta y de las armas y de los hechos más vergonzantes de la historia de este estado. La fiesta que Franco bautizó como de la hispanidad es una jornada donde se da una profusión de banderas españolas y una exaltación del orgullo patrio que lleva a la emoción a no pocas personas, que miran arrebatadas el despliegue militar que el estado español exhibe en este día. Familias enteras, con hijos pequeños ondeando pequeñas banderas españolas, el rojo y el amarillo como colores por antonomasia, gente subida a las farolas para ver pasar el desfile en el que el paso de los legionarios es, con mucho, el más aplaudido y vitoreado. Familias enteras, muchas de ellas cortadas por el mismo patrón, ese aire a barrio Salamanca, a barrio privilegiado. Y no, no es un prejuicio. Es un hecho que se puede observar fácilmente.
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