Las mentiras, los palacios de cristal y el lobo que no tira la piedra

La mentira ha sido y es una herramienta de políticos de todas las tendencias para ocultar una información sensible al pueblo o una realidad incómoda pero, sobre todo, para mantener el poder en las manos de los que lo detentan. Mentir sobre una situación dramática a aquellos mismos que la sufren es la mentira elevada a un grado superior. Un ejercicio del poder para imponer una narración a pesar de que la vida de los que la escuchan se empeñe en demostrar que no es cierta. Una manera de patologizar a la sociedad desde un lenguaje esquizofrénico. La mentira forma parte de las habilidades de los políticos y es la medida que distingue a aquellos que harán carrera en la política de aquellos que se quedarán en el camino. La mentira es uno de los cimientos con los que se construyen los programas electorales. Los mítines son una sarta de mentiras elegidas para satisfacer a oídos más favorables. Las comparecencias de los presidentes ante sus pueblos son un ejercicio asombroso para ocultar lo que realmente está sucediendo. Los parlamentos son un teatro donde se exhiben los más habilidosos y se compite por conseguir qué mentira prevalecerá sobre todas las demás. Hay demasiado en juego como para decir la verdad. La mentira es una manera de inducir realidades a través de mensajes eficaces, que son capaces de proporcionar las gafas adecuadas para ver la realidad como quieren que se vea. La mentira puede pasar factura, por supuesto. José María Aznar es buen conocedor de ello cuando mintió sobre los autores del atentado del 11M. Su partido perdió unas elecciones. Y es que las mentiras gruesas como aquella hay que saber decirlas en el momento adecuado y en circunstancias favorables. A unos días de las elecciones se opta por mentiras más sutiles, por promesas que no se van a cumplir pero que generan una ilusión suficiente como para que una mano coja la papeleta que interesa y la introduzca en la urna. Pero la arrogancia a veces lleva a esas cosas, a cometer errores de bulto. Hay otras mentiras que llevan premio o al menos no suponen un impedimento para conseguir grandes metas. Son mentirijillas que el tiempo hace que se olviden. El tiempo, el marketing o la memoria a corto plazo de la sociedad. Alguno que habló de hilitos de plastilina llegó a presidente de gobierno. Y sobre esa mentira ha apilado centenares más a lo largo de los años. No solo es incumplir la mentira del programa electoral -el único programa electoral es mantener en el poder a los que mandan, independientemente del vaivén de los dos partidos-. No solo es eso. Es mentir en cada una de sus intervenciones públicas. No hay ni una sola de ellas donde las mentiras no hayan hecho acto de aparición. Seguramente el hábito, la costumbre, se las ponen en la boca. Pero las mentiras elevadas a grado superior, practicadas frecuentemente, mentiras tan gruesas que a cualquier persona normal le provocaría problemas orgánicos si las pronunciaran con tanta frecuencia, esa profusión de mentiras solo se pueden decir protegidos por las paredes de sus palacios de cristal, seguros de que el lobo no se atreverá a tirar la piedra que les deje desprotegidos. Es la arrogancia en circunstancias favorables, arropados por la mayoría absoluta, que les permite obedecer la voz del amo a espera del hueso que roerán el resto de sus vidas.

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