Violencia real, cotidiana y destructiva

La acción convocada por la Plataforma ¡En Pie! nos demuestra dos cosas. La primera que la planificación de acciones como esta debe estar apoyada por el mayor número de movimientos y organizaciones sociales, lo cual implica favorecer la participación, el diálogo y ser lo suficientemente inclusivos para aglutinar un mayor apoyo. La segunda que la simple mención de una posible reacción violenta de los manifestantes, aunque sea presentada como legítima defensa, sirve para la desmovilización y la criminalización de la acción, lo cual implica que las acciones deben ser de naturaleza pacífica para representar a la mayor parte de la ciudadanía. Los mecanismos de criminalización del estado y de los medios de comunicación, defensores del sistema, son suficientemente eficaces para presentar la movilización social como violenta. Les sirve cualquier imagen de violencia para armar un discurso de desprestigio de la lucha social y con esto es suficiente para convencer a muchas personas. A veces lo hacen de manera muy burda pero sorprende que otros medios, supuestamente progresistas, centren su discurso en la imagen de una persona encapuchada, empujando las vallas policiales o un tonto en la Complutense diciendo tonterías. Esto sirve para soslayar la violencia real, cotidiana y destructiva que tiene que ver con los 6.202.700 personas desempleadas y la inacción del gobierno para encontrar soluciones, las personas sin casa y endeudadas para toda la vida, las vallas que rodean el Congreso e impiden el libre tránsito del pueblo, los 1.500 miembros de la Unidad de Intervención Policial que se despliegan para reprimir una convocatoria, la sensación de inseguridad y de peligro que intentan instalar con la presencia diaria de los antidisturbios  en las calles de Madrid, el putohelicoptero sobrevolando los barrios del centro de Madrid una y otra vez, violentar policialmente espacios universitarios, el desprecio a las propuestas de las plataformas sociales como la PAH, los insultos y la criminalización de los activistas por parte de los políticos de los grandes partidos y de sus medios de comunicación, el continuo y constante desdén del gobierno por los graves efectos que sus medidas tienen en la vida diaria de las personas, el desprecio por los derechos básicos como la educación, la salud pública de calidad o tener una vivienda, vinculados inexorablemente a la dignidad humana. Esto es violencia mortífera y todo lo demás simple y vulgar intento de desviar la atención. No caigamos en la trampa de la respuesta violenta ante estas injusticias pero tampoco participemos de un discurso que sirva para legitimar la estrategia criminalizadora que busca la desactivación de los movimientos sociales de protesta.

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