Un presidente sospechoso elude la comparecencia pública y evita afrontar las preguntas de los periodistas sobre las irregularidades aparecidas en los papeles de Bárcenas. Realiza una declaración al abrigo de los suyos que llega a los ciudadanos y a los periodistas a través de un monitor, sin contacto, sin posibilidad de preguntar, sin someterse a la opinión pública. A nadie le puede extrañar esta fórmula porque es el modus operandi habitual del actual presidente del gobierno. Es evidente que la exposición pública no sienta bien a Rajoy aunque la situación lo requiera, como ha venido demostrando a lo largo de esta legislatura. Se siente más cómodo ante un papel escrito y sin que nadie le rebata públicamente lo que diga. Se siente más seguro en un escenario controlado, sin posibilidad de que aparezcan imprevistos que le obliguen a la improvisación, en la que ha dado muestras de gran torpeza. Opta por el control estricto de lo que se dice y de cómo decirlo aunque, en una situación como la actual, sea la mejor manera de confirmar las algo más que sospechas, a tenor de las informaciones que se van conociendo.
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