Todo controlado

El 15M dejó en fuera de juego a gran parte de los políticos, partidos y militantes. No sabían lo que era y pretendían entenderlo con las claves interpretativas habituales. Muchos de ellos entendían que este movimiento tenía que traducirse en un hacer política al uso, concretar sus propuestas y convertirlas en un programa político. Era una manera, consciente o inconsciente, de llevar al redil lo que se escapaba a las lógicas ordinarias. Domesticación. Sometimiento. Esta opción no tuvo recorrido en el movimiento quincemayista, lo cual fue desconcertante para las fuerzas políticas mayoritarias y para muchas de las participantes de los primeros momentos, que se desconectaron a las primeras de cambio para teorizar, criticar y buscar la manera de aprovechar electoralmente la energía y el anhelo de cambio. Lo que trajo el 15M fue la experimentación de otra forma de hacer y participar en política. Las dificultades para entender este hecho explican los intentos de muchos de sus primeros participantes de encaminarlo por un territorio conocido, seguro y controlado. También muchas de las críticas, desprecios y teorías conspiranoicas que se manejaron en una parte de la izquierda tradicional, sobre todo de aquella que lleva perdida desde hace décadas, dando vueltas sobre sí misma y convencida de ser la vanguardia de algo. Los partidos mayoritarios respondieron con una mezcla de displicencia, halagos, menosprecio y, sobre todo, represión.

Todo el mundo quería estar en la Puerta del Sol pero muy pocos en los barrios. La acampada fue a la vez la semilla que conformó el 15M y el producto marketiniano que atrajo a centenares de personas que se descolgaron cuando la cosa no molaba tanto. El modelo asambleario, la ausencia de liderazgo, la búsqueda del consenso y la horizontalidad no consiguieron ser tan atractivos como los gritos mudos y la narcisista sensación de formar parte de algo especial. Yo estuve allí. Muchas sortearon el esfuerzo, el compromiso y la dedicación. Pero hubo un elemento aún más determinante para explicar la desbandada de los primeros días. El funcionamiento del 15M estaba inserto dentro de un sistema que disuade y desalienta de participar en espacios colectivos, y esto lo hace de una manera muy práctica. No hay tiempo. Vivimos para trabajar y los pocos momentos que nos quedan, descansamos, cuidamos de nuestra familia o nos distraemos con actividades que nos hacen olvidar nuestras limitaciones. No tenemos tiempo para la participación activa. Para eso están los sistemas de delegación. Aún así el 15M demostró que sí se puede. Podemos funcionar de forma asamblearia, con horizontalidad, consenso y apoyo mutuo, pero para ello tenemos que cuestionar los marcos de actuación y de interpretación de la realidad. Esto implica cuestionar los sistemas de delegación, los liderazgos, las mayorías, la competitividad, la democracia representativa y la idea de que son otras personas las que tienen capacidad para decidir sobre los temas de bien común.

En este sentido se ha desvirtuado lo que ha significado el 15M. Se habla de la acampada y se entrevista a participantes sobre sus insustanciales impresiones de esos días, se da voz a aquellas políticas y periodistas que ni entendieron ni siguen entendiendo lo que supuso el movimiento quincemayista. En muchos casos el esquema interpretativo personal les lleva a destacar lo superficial y a obviar lo trascendente. Pero sobre todo se ha creado un relato que domestica al movimiento 15M y lo sitúa en un campo conocido e inofensivo. Este relato se origina en el nacimiento de un partido político, Podemos, del que formaban parte algunas personas que participaron en espacios quincemayistas, que pretendía aprovechar el deseo de cambio de miles de personas que, a su vez, ansiaban que alguien les representara y fuera la voz de sus deseos. Este anhelo se transformó en un partido que representaba lo contrario de la esencia quincemayista y con un claro interés de formar parte del sistema y del juego político tradicional. Este partido apostó por una organización jerarquizada y un fuerte liderazgo, replicó las asambleas populares del 15M a través de los Círculos, basados en la ilusión de alternativas y en la ilusión de participación y de decisión, menospreció el consenso y pervirtió el modelo asambleario reduciéndolo al debate de ideas de otros y a la elección de la vanguardia. Este funcionamiento, junto con la fuerza y el apoyo de miles de personas, le ha permitido llegar a formar parte de un gobierno con el PSOE y colocar en puestos relevantes a miembros del partido. Es decir, fueron capaces de adaptarse al sistema y formar parte del mismo a la par que los partidos tradicionales y otros emergentes. Hoy, Podemos, es un partido más dentro de los que hay. Otra opción que elegir.

Esta simbiosis entre Podemos y el 15M es bien recibida por los medios de comunicación porque permite situar al 15M en un plano comprensible e inofensivo. No se habla de democracia directa ni de horizontalidad, ni de consenso. Se habla de partido político, representabilidad y elección partidista. Todo controlado. El 15M no fue perfecto, por supuesto. Estaba lleno de imperfecciones. Pero planteaba una manera de hacer y participar en política que cuestionaba las formas tradicionales, que las desnudaba y descubría sus engaños. Todo lo que vino después fue un intento exitoso de neutralizarlo. Las jóvenes, que ven aquello como algo que pasó hace muchos años, tendrán una versión adulterada, inocente y vacía. No les dejarán ver que en aquello se encuentra la semilla que puede permitir superar el actual estado de las cosas.

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