Parte del paisaje

Mientras escribo, escucho el helicóptero de la policía que sobrevuela mi barrio. El colectivo de la Ingobernable ha okupado un edificio en la calle de la cruz de Madrid para construir un espacio donde desarrollar, proteger y luchar por los derechos sociales. En el teatro de las apariencias, en el que actualmente se enmarcan la mayor parte de los hechos de los que somos espectadoras, esta acción nos conecta con lo necesario, cuestionar frontalmente la propiedad privada, y nos revela lo anecdótico e insustancial, el espectáculo de las campañas electorales. Podríamos definir una campaña electoral como una actividad que se repite periódicamente para que todo siga igual o peor. Las políticas, asesoradas por sus asesoras políticas, se esfuerzan en dar una imagen que represente lo que creen que las electoras desean. Ajustan sus mensajes al público objetivo al que va dirigido su producto y utilizan un lenguaje evocativo que permita movilizarlo emocionalmente para garantizarse que el día de las elecciones introduzca la papeleta con el nombre del partido adecuado. Y después, todo sigue igual o peor. Fundamentalmente porque no hay una sola propuesta que permita ir más allá de lo que conocemos. Todas se encuentran dentro del marco tolerado.

El fascismo es una amenaza real. No por la existencia de VOX sino por el proceso de fascistización en el que el estado español, entre otros estados europeos como Hungría e Italia, se encuentra desde la primera década del siglo 21. Pero algunos partidos pueden estar utilizando esta amenaza como una palanca para conseguir votos, y tener cuota de poder, sin tener una estrategia o un plan de desfastización. La tarea sería inmensa porque apuntaría a una modificación radical del sustrato intelectual y emocional de la sociedad española, modelada durante décadas no solo por los principios capitalistas sino por la herencia del fascismo español, enraizada en el nacionalismo y en un anticomunismo que viene a impugnar cualquier iniciativa izquierdista. En este proceso la izquierda ha sido domesticada de tal manera que su deseo ya no es trascender sino formar parte de la corriente. Esta intrascendencia invade una narrativa que impide soñar con algo diferente a lo que vivimos. Nos conecta con la imposibilidad de construir y nos condena a aceptar lo que hay. Por eso las acciones de los movimientos sociales, que tienen su campo de acción en la realidad, nos recuerdan que es posible construir algo diferente, que se puede ir más allá.

La ministra de trabajo,Yolanda Díaz, una persona muy capaz que ha sido convertida en la esperanza de la izquierda mainstream, reivindica las políticas sociales del demócrata Joe Biden en Estados Unidos. Biden nunca será una amenaza al funcionamiento capitalista y todas sus iniciativas de gobierno respetarán las reglas. No hay otra opción. Menos cuando se está empotrada en el gobierno del PSOE de Pedro Sánchez que, aparte de las veleidades izquierdistas, mantiene y mantendrá unas políticas amables con el sistema. Aún así, Díaz es considerada una ministra comunista por su afiliación al PCE. Un carnet de militante es suficiente. Igual que para ser socialista solo tienes que votar al PSOE. La práctica política es irrelevante. Ser socialista se ha reducido a defender el sistema público y a plantear, de vez en cuando, leyes sociales. Siendo estas acciones importantes no suponen una modificación sustancial del estado de las cosas. El sistema capitalista suele tolerar, y en algunos momentos ha incentivado, las iniciativas socialdemócratas que no supongan una amenaza a sus intereses. Siempre habrá tiempo para revertirlas. El asunto estriba en que el referente para las cuestiones sociales sea el presidente del país que marca el paso de las políticas capitalistas. La dificultad de diferenciarse convierte las políticas de izquierda en simple retórica. Se cree que sobrevivir políticamente pasa por adaptarse al entorno cuando en realidad, esta adaptación supone la asimilación. Formar parte del paisaje. Esta incapacidad para diferenciarse es uno de los motivos de la desafección con la izquierda.

Nos queda la narrativa . Crear narrativas para conformar una mirada sobre la realidad aunque esté alejada de la misma. El relato pretende crear una ilusión como cuando algunos izquierdistas plantean que Unidas Podemos forma parte de la izquierda revolucionaria. Esta distancia entre la realidad y el relato también genera frustración y descreimiento. La salvaje campaña de descrédito personal que sufre Pablo Iglesias puede hacer pensar que sus planteamientos políticos son revolucionarios o amenazantes al sistema pero es solo, a su pesar, una víctima necesaria en la lucha de poder que plantea el fascismo, junto con sus aliados liberales y tradicionalistas. La derecha española, con todas sus variantes, está batallando por el control exclusivo del poder. Con el cuchillo entre los dientes. Aunque pongan en el tablero de juego las fuerzas destructivas que representan los fascismos. Las campañas electorales sirven para que todo siga igual o peor. Igual si ganan los partidos considerados parte de la izquierda, para formar parte del paisaje, con los vientos de cambio, que como dice Yolanda Díaz, vienen de Estados Unidos. Peor si ganan los aliados del fascismo y elevan a los fascistas a los espacios de decisión. Mas no habrá vientos de cambio sino son soplados por las personas, organizadas, cuyas acciones nos conecten con lo necesario, que construyan alternativas basadas en principios que agujereen al capitalismo y las hacemos grandes. Tan grandes como para que empiece a cambiar el paisaje.

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