Zona catastrófica

Es suficiente pasear por la ciudad de Madrid para evidenciar que la gestión de la tormenta Filomena es muy deficiente. Diez días después, calles intransitables en las que el peatón tiene que caminar por estrechos corredores entre hielo, nieve, agua sucia, y basura, carámbanos y lenguas de nieve en los tejados, anunciando una caída inminente, y una evidente falta de personal y medios municipales para reparar los daños producidos por el temporal. Una nueva situación excepcional vuelve a poner en relieve la incapacidad del sistema público para hacerla frente. No es solo que la red sanitaria, después de décadas de deterioro constante, se haya visto desbordada por la pandemia sino que cualquier otra desgracia, sea una enfermedad, un fenómeno atmosférico o una catástrofe ecológica, es una amenaza multiplicada ante la falta de previsión, prevención, planes de actuación y medios humanos y materiales. Este adelgazamiento de la capacidad de respuesta de una ciudad o de un país ante estas situaciones es producto de una estrategia deliberada. Cuando se decía que la estrategia de los partidos neoliberales era deteriorar los servicios públicos para fortalecer e enriquecer la acción privada, se hablaba de esto. En una realidad amenazante, las administraciones adelgazadas se convierten en incompetentes y ponen en riesgo la integridad física y sanitaria de la población.

La perversión de los gobiernos neoliberales, como el del Ayuntamiento de Madrid, con Martinez-Almeida al frente, y la Comunidad de Madrid, con Isabel Díaz Ayuso, es que aún en la vorágine del desastre siguen tomado decisiones que profundizan en el proceso de deterioro del sistema público. Díaz Ayuso, sin pudor intelectual ni moral alguno, ha declarado en múltiples ocasiones su posicionamiento al lado del sector privado y no ha dudado en tomar decisiones dirigidas a fortalecer e enriquecer a dicho sector. Esta postura implica situar a la población en un plano secundario de tal forma que las decisiones se dirigen a conseguir contratos públicos para entidades privadas, con costes multiplicados, en un proceso conocido de trasvase del dinero público a manos privadas. Esto es lo que ha ocurrido en la Comunidad de Madrid y en decenas de ayuntamientos madrileños durante las últimas décadas. Nada nuevo bajo el sol. Caen unas para ponerse otras. En un contexto de pandemia y desde un criterio neoliberal, la prioridad no es la salud pública sino continuar con el enriquecimiento y el trasvase, con lo cual la construcción del Hospital Isabel Zendal es una respuesta a esa prioridad. Si el criterio hubiera sido sanitario se hubiera invertido en los medios humanos y materiales necesarios para que el hospital diera un buen servicio a las usuarias. No se ha hecho. En realidad el hospital se ha convertido en un decorado para justificar el trasvase de dinero público al sector privado. Pero no es suficiente. Hacen falta figurantes y así se rellena con pacientes, médicas, enfermeras y otro personal sanitario que es obligado a formar parte del artificio. No van a caer en el error del aeropuerto de Fabra. Un aeropuerto sin aviones.

La estrategia del Partido Popular de Madrid, como principal representante de la derecha española, está centrada en dos aspectos. El primero de ellos es la confrontación con el gobierno del estado de distinto signo ideológico, por lo que va dirigido a erosionar y aclarar el camino hacia el control del poder estatal. El segundo es mantener al sector público enjaulado en función de los intereses del sector privado, lo cual es una consecuencia del proceso de acumulación capitalista. Esta estrategia no tiene en cuenta a las personas excepto para vender públicamente sus acciones. Este proceso de venta tiene dos objetivos. El primero es enturbiar a ojos de la opinión pública el proceso de trasvase de lo público a lo privado. De esta manera se defiende que la construcción de un hospital en un contexto de pandemia es necesario, parece lógico, pero ocultando la privatización de su uso, los contratos a dedo, los costes extraordinarios derivados de la construcción y la negativa de inversión y fortalecimiento de los servicios públicos. El segundo es fidelizar a sus simpatizantes, utilizando argumentos ideológicos que les distingue de sus antagonistas. Las personas se convierten así en un instrumento para conseguir un fin. Nada de esto, insisto, es nuevo. Esta forma de actuar se ha criticado constantemente. Han habido movilizaciones, acciones de protesta y denuncias desde hace décadas, pero es tan eficaz que se ha convertido, lo que es un engaño y un robo, en una confrontación partidista que divide a una parte de la población. Y en las confrontaciones partidistas cada uno tira hacia su partido.

No se pedía al alcalde Martínez-Almeida y a la presidenta Díaz Ayuso que hicieran frente al temporal con una varita mágica que eliminara la nieve inmediatamente. Se les pedía que hubieran movilizado y reforzado los servicios públicos para prevenir un temporal, que se venía anunciando días antes, y que tuvieran un plan de actuación que paliara las consecuencias del temporal, teniendo en cuenta que la normalidad de la ciudad se vería afectada inevitablemente. No hicieron ni una cosa ni otra. Están a otras cosas. Cuando la realidad les atropella, acude en su apoyo la improvisación. Salir del paso sin gastarse un duro. Así aparece la figura de la voluntaria que limpie las calles y abra corredores seguros a escuelas y hospitales, como pedía el ciudadanos Ignacio Aguado, o las personas que ofrecieron sus 4×4 para llevar al personal sanitario y pacientes a los hospitales. Entre ellas integrantes de la extrema derecha como Alvise Pérez y miembros de Resiste España. La petición de voluntarios venía a evidenciar la falta de medios y de personal, y la desgraciada gestión de una administración pública. No por ser pública sino por estar siendo utilizada para otros menesteres contrarios al servicio de la población. Esto, al menos, debería suponer la dimisión inmediata de los responsables pero no se pueden pedir peras al olmo. La tergiversación de un fracaso tiene como resultado las alabanzas a la iniciativa y solidaridad ciudadana. Y funciona. Hasta el colegio de aparejadores de Madrid pidió voluntarias para proceder a realizar una inspección visual y emitir el correspondiente dictamen técnico para la viabilidad de la apertura de los colegios e institutos. Esto sí que es magia.

Las profesoras de un colegio concertado, creyentes del voluntarismo, han dado clase durante dos horas y las otras seis las han dedicado a limpiar de nieve las instalaciones, con ayuda de algunos padres y madres que fueron a arrimar el hombro. Lo llaman solidaridad. No han sido las únicas. Las direcciones de varios colegios, privados y concertados, a instancias de las juntas municipales, hicieron un llamamiento para solicitar colaboración en vistas de la incapacidad de la administración. Así se ha vendido en los medios de comunicación. ¿A qué suena esto? Al mismo proceso de erosión de los sistemas públicos al que venimos asistiendo desde hace décadas. Si no se invierte y no se contrata se reduce la capacidad de actuación de la administración. Si la administración no actúa, se pone en cuestión su utilidad, y en este vacío podría entrar la sociedad organizada [¡ojalá!] pero quien entra y quien ha entrado es el sector privado. Esta mal llamada solidaridad no viene a reforzar las redes ciudadanas de apoyo mutuo sino a cuestionar los servicios públicos, desprovistos de medios para actuar eficazmente en el entorno, porque la pregunta que se revela ante estas esforzadas voluntarias es ¿para qué sirve la administración pública? Una administración que llama a la población a hacer lo que ella tendría que hacer. Podría haber contratado a personal para reforzar los equipos de limpieza y fortalecer protección civil pero su opción ha sido pedir voluntarias que permitan cuestionar la propia administración que dirigen.

Madrid pide ser declarada zona catastrófica por daños de 1.398 millones de euros por la tormenta Filomena. Así, de repente, se saca beneficio de una desgracia. Algunos medios se han hecho eco de que Martínez-Almeida reclama desde los ingresos de los parquímetros hasta el alquiler de pistas de pádel. Dinero, dinero. Esta es la cuestión. La versión neoliberal del lema punk Do it yourself se transforma en allá te las apañes. Los recursos están en propiedad de las élites por lo que búscate la vida. El leitmotiv neoliberal es colonizar lo público para esquilmarlo y los discípulos españoles han depurado la técnica durante años. Por eso son los peores gestores en una situación de crisis. No nos dejemos engañar. Para zona catastrófica, los gobiernos y gabinetes de crisis de Martínez-Almeida y Díaz Ayuso. Y compañía.

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