Aunque sean falsas

¿Qué gobierno no miente? Foto de @gabalaui.
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El asalto al Capitolio es un capítulo más del proceso de descomposición de un imperio que está en marcha desde hace décadas. Un imperio que ya desde sus inicios plantó la semilla de su autodestrucción con la negación de la lucha de clases y el racismo estructural. La construcción de una nación basada en un relato que distorsionaba la realidad y ocultaba aquello que la cuestionaba. Un estilo de vida americano que dejaba en los márgenes a millones de estadounidenses, ocultos detrás de la propaganda, que a su vez fueron seducidos por el mismo relato que los marginaba. Este aparente círculo perfecto estaba condenado a explosionar. Una sociedad donde el valor de la violencia cotiza alto y en el que la desigualdad social forma parte de sus principios fundacionales no puede tener mucho recorrido. Aún así, como imperio reconocido, se convirtieron en el faro del mundo con un discurso sugerente y atractivo que vendieron desde el control de las industrias de comunicación y entretenimiento. Un modelo político a imitar fuera de este país y una colonización cultural que se ha aceptado con gusto porque significaba equipararse al ideal. Una gran parte de los usos y costumbres actuales en el estado español han sido importados de EE.UU, que marcan tendencia.

Es fácil decir que Trump es el culpable. Es fácil demonizarlo. Solo hay que escucharle. Pero también es una manera de reducir el problema, de concentrarlo en una persona para que el sistema se preserve. Es el sistema el que ha creado las condiciones para que millones de personas voten a un candidato de esta naturaleza. Falso, manipulador, demagogo, agresivo, cínico, millonario, machista y racista. El blanco perfecto. Si se hubiera construido un chivo expiatorio no podía haber salido mejor que Trump. El hecho es que Trump es solo un mecanismo más dentro de un sistema que ha mentido, manipulado y marginado. George W. Bush construyó una mentira que provocó la muerte de millones de personas y países destruidos como Iraq y Afganistán con el apoyo de adláteres como Tony Blair y José María Aznar. El Nobel de la paz, Barack Obama, símbolo del progresismo y primer presidente negro del país, guerreó con Afganistán, Siria, Iraq, Libia, Pakistán, Somalia y Yemen. Un país que se ha inmiscuido en las cuestiones internas de todos los países sudamericanos, planificando golpes de estado y manipulaciones electorales, torturas de disidentes y asesinatos de dirigentes políticos y sociales. Los ejemplos son muy variados y ya hay escritos muchos libros que hablan sobre ello (1). Todo en nombre de la democracia. El relato de la democracia vs. la guerra, las conspiraciones, las intrigas, las torturas y la muerte. Lo primero sirvió para justificar estas últimas, convirtiendo la idea de democracia en un aspecto utilitarista que sirve para respaldar cualquier cosa que hacen.

Mantener un gran imperio es caro. Ser la mayor potencia económica del mundo requiere muchos sacrificios, también a nivel interno. Las bolsas de pobreza, el racismo contra las personas negras y latinas y la precariedad laboral están detrás del relato megalómano. La sociedad estadounidense está construida sobre el concepto de la deuda. Los estadounidenses viven en deuda con el sistema. Se endeudan para estudiar. Para curarse. Para comprar una casa. Para comprar un coche. Si no pueden, marginación, estrés, problemas de salud mental, drogadicción, violencia y fascismo. Seguir el paso de un ideal, deja víctimas. La contradicción entre el relato y la realidad, que viene a cuestionar la idealización de la nación, ha sido aprovechada por un dirigente fascistizado como Donald Trump, que fue lo suficientemente inteligente como para percibir el descontento de las olvidadas de este relato. Tanto como para conectar con ellas desde el mito que les ha marginado. Make Great America Again. Pero sobre todo afila el descontento, lo dirige y manipula. Trump ha alimentado el odio y la agresividad, y el asalto al Capitolio ha sido el colofón perfecto. We’re storming the capitol, it’s a revolution! Ha conseguido construir un relato sobre el relato en el que se ha erigido en la solución de sus problemas aún representando, por su modo de vida y estatus, lo contrario de lo que son y necesitan. En realidad Trump forma parte de sus problemas.

Al igual que otras herencias culturales, sociales, económicas y políticas, el trumpismo, que va más allá de Trump, es una de las influencias importadas en el mundo occidental. El trumpismo conecta con la mayoría de las corrientes reaccionarias europeas. Les ha proporcionado un aliento inesperado. Es una forma de interpretar la realidad. Distorsionada pero extremadamente poderosa para la movilización. Aunque no han inventado nada nuevo. Cogen un hecho, se quedan con una pequeña parte y se inventan el resto. Construyen realidades desequilibradas. Deforman fenómenos sociales y fabrican chivos expiatorios hacia donde dirigir la frustración y el miedo. Pueden ser las inmigrantes o el socialcomunismo. Introducen la desconfianza y la sospecha sobre las otras, las que son diferentes o antagónicas. Invalidan y demonizan los hechos que no coinciden con su cosmovisión. Favorecen las posiciones extremas como en el aborto o el feminismo. O estás conmigo o contra mí. Se sienten perseguidas, silenciadas, fuera de la norma, políticamente incorrectas, valientes que se atreven decir lo que piensan. Hablan de encarcelar, prohibir y expulsar pero se consideran víctimas. No existen los matices ni el equilibrio ni la proporción. La nación lo es todo. La medida de todas las cosas que les permite situar a las demás personas en el bando amigo o enemigo. La mirada que transmiten sobre el mundo está llena de amenazas. La mentira una herramienta. Como vanguardia, las más agresivas y detrás las que tienen miedo, están frustradas y necesitan certezas. Aunque sean falsas.

(1) Galeano, E (2009). Las venas abiertas de America Latina. Madrid, España: Siglo XXI de España.

Zinn, H (2004). Voices of a people’s history of the United States. New York, US: Seven Stories Press, U.S.

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