Mandar y obedecer

¿Qué fuerza es la que solo te dice que obedezcas? Foto de @gabalaui
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La contradicción forma parte de la naturaleza humana aunque a veces se llega a extremos que nos colocan en el límite de la salud mental. El cerebro tiene la capacidad de resignificar los hechos que contradicen nuestro pensamiento político y por eso es difícil que nos convenzan, aunque utilicen argumentos de peso. Encontraremos un argumento que mantenga a salvo nuestros posicionamientos políticos, que tienen a su vez una fuerte ligazón con lo emocional. A veces nos sirve desacreditar a quien los pone en cuestión. Otras negamos o invalidamos la argumentación como falsa, mentirosa o incompleta. Las contradicciones aparecen continuamente. El sistema actual nos coloca frente a ellas y nos obliga a vivir en su compañía, sin ambición de resolución y aunque nieguen la esencia de la idea que defendemos con firmeza. De esta manera podemos defender que vivimos en una democracia a pesar de que acumulemos diversas experiencias que lo ponen seriamente en cuestión.

Los trabajos se organizan en estructuras rígidamente jerárquicas donde se espera que cada persona se ajuste a lo que se le pide, sin controversias ni objeciones. Las relaciones laborales son un ejemplo de relaciones complementarias y de desequilibrio de poder. Unas personas piensan y ordenan y se espera que las siguientes en el escalafón ejecuten sin cuestionamiento. Este funcionamiento lo tenemos asimilado. Así cuando una persona accede a un puesto de mando, se comporta como se espera que lo haría un jefe. Es decir, aparecen comportamientos despóticos y se utilizan distintas estrategias de silenciamiento de la disidencia. Estrategias que se apoyan en utilizar el poder que le confiere su categoría para colocar a las personas discrepantes en el lugar que les corresponde. Estamos tan acostumbrados a este funcionamiento que nos cuesta entender y validar relacionas más horizontales, donde haya un equilibrio de poder. Aprobamos que un jefe puede ordenar y forzar a que otras personas se comporten como él quiere y entendemos la estructura jerárquica como una organización eficaz. Este funcionamiento no democrático lo tenemos interiorizado.

La relación complementaria convierte a los subalternos en personas cuya posición les obliga a obedecer aunque no estén de acuerdo con las órdenes recibidas. Esta continua vivencia de inferioridad nos prepara para la aceptación de cualquier relación en desigualdad. También nos prepara para ejercer el abuso de poder, en el caso de promoción, por aprendizaje vicario. Los mensajes que recibimos desde la familia, la escuela, los medios de comunicación y redes sociales condicionan nuestro comportamiento y nos domestican. Este tipo de relaciones se da en todos los trabajos de cualquier país del mundo. No importa que se autodenominen democráticos o dictatoriales. La diferencia en todo caso es de grado. En los países que se consideran democráticos instauran mecanismos que pretenden paliar este desequilibrio de poder pero son en gran parte ineficaces. Además de tener, en muchos casos, una naturaleza puramente cosmética. El hecho es que la relación en desigualdad es el principal tipo de relación de la sociedad actual. No importa en qué hemisferio ni en qué régimen político vivas.

Cómo se puede construir una sociedad democrática con personas habituadas a aceptar las relaciones en desigualdad. En el caso del estado español, se pasó de una dictadura a una democracia formal, sin preocuparse de modificar el tipo de relaciones autoritarias, verticales y desiguales que se daban en diversos contextos. Éramos demócratas porque nominativamente se consideraba que nuestro régimen era democrático. Esta falacia continúa. La democracia no es un nombre sino una práctica. Se crea una monarquía parlamentaria con un sistema representativo a través de la cual se replican estructuras jerárquicas y se juega con las posiciones de superioridad, que ordena, e inferioridad, que obedece. Una monarquía organizada en torno a la figura del rey, al que se le debe obediencia. Un sistema representativo en el que se delega la capacidad de decisión a unas personas, con unas supuestas capacidades especiales, que dictan leyes que estamos obligados a obedecer. Estamos rodeados de prácticas no democráticas.

Las relaciones horizontales y en igualdad están penalizadas en contextos como el trabajo [despidos o acoso], donde pasamos la mayor parte de nuestro tiempo. En el caso de que no lo tengamos, estaremos en disposición de obedecer cuando llegue el momento, aunque junto con esta actitud convive el resentimiento y el rechazo. Algo nos dice que lo que estamos viviendo [sufriendo] no es justo. Esta incomodidad nos acompaña continuamente. Sino es de forma consciente aparece en forma de problemas de salud mental, estrés, enfermedades psicosomáticas o violencia. No es necesario un dictador o un presidente de gobierno para sufrir un abuso de poder. Solo es necesario un escenario de superioridad e inferioridad y desequilibrio de poder. Nos han enseñado qué hacer en esas posiciones de arriba y abajo. Sin cambiar estos contextos es imposible la práctica de la democracia. La democracia es un verbo de acción pero en nuestras sociedades se ha convertido en una forma para justificar lo contrario de lo que representa.

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