Hechos que ahorran palabras

La pandemia nos ha cambiado la vida en unos pocos meses pero si somos capaces de dimensionarla es una crisis más. Cuando podamos salir de nuestras casas y recuperar la normalidad, comprobaremos que no será una nueva sino la que ya conocemos. Igual con algunos accesorios nuevos en nuestro poder y con nuevas costumbres higiénicas, relacionales y sanitarias, pero nada que modifique el sistema de producción, la servidumbre de la deuda, las desigualdades sociales o la acumulación insaciable del capital. Ni siquiera habrá aumentado la conciencia sobre el riesgo que corre la humanidad en relación a la crisis climática. Un riesgo que aparece en nuestras conversaciones pero que no somos capaces de trasladar a nuestra práctica y nuestra forma de relacionarnos con la naturaleza. Seguimos pensando en términos de consumo, coger el coche, irnos de vacaciones a países exóticos, comprarnos cosas que no necesitamos, crecer y crecer, ganar y gastar. Esta mentalidad construida durante siglos no la va a cambiar una pandemia que ni siquiera es capaz de competir con la gravedad de la gripe de 1918 o la peste negra.

No es mi intención desdeñar la crisis que estamos atravesando, con sus corolarios económicos, laborales y sociales, sino dimensionarla como lo que es, sin ser hiperbólico ni catastrófista. La actual pandemia se puede incrustar dentro de un proceso más amplio de sucesos que afectan a nuestra vida, y que está relacionada con la lógica depredadora del capitalismo. Esta lógica se traduce en crisis climática, agotamiento de los recursos energéticos -ambos considerados causas del colapso por el pensador anarquista Carlos Taibo (1)- y perturbación de las relaciones personales y sociales. Esta perturbación tiene que ver con el distanciamiento, el individualismo radical, la soledad y los problemas de salud mental. De esta manera todo ello tiene que ver con la forma de relacionarnos con la naturaleza, con nosotros mismos y con los demás. La pandemia se puede entender como un efecto de nuestra inadecuada relación con la naturaleza: desforestación, expansión agrícola, reducción de la biodiversidad y contaminación. Así no solo respiramos un aire contaminado o nos atiborramos de ansiolíticos, antidepresivos y antipsicóticos. También, la naturaleza, nos empieza a devolver las consecuencias de nuestras acciones.

Las medidas tomadas para afrontar la actual pandemia nos han situado, sin querer, en un escenario inimaginable hace unos meses. Ya no tenemos que imaginar cómo sería una ciudad sin coches. Ni siquiera tenemos que discutir sobre si tendría un efecto directo en la reducción de la contaminación atmosférica y acústica. Los hechos ahorran las palabras. En un mundo enloquecido, en movimiento incesante, nos hemos parado. Hemos objetado del imperativo crecer y crecer. Hemos comprobado que no necesitamos los centros comerciales, ni las terrazas de los bares y restaurantes ni los hoteles y complejos de lujo. Los hechos ahorran las palabras. Hemos podido atisbar que, si nos organizamos, podemos crear redes de apoyo, que nos hacen sentirnos menos solos, más cercanos y solidarios. Aunque sea mínimamente, hemos sido testigos de que lo que nos dicen que no se puede modificar, se puede. Probablemente esta sea la mayor contribución que nos proporciona esta situación. Se hizo posible, lo que nos dicen que es imposible.

El análisis de la actual situación se hace desde una perspectiva amable con el sistema. Es decir, va dirigido a mantenerlo y menospreciar o obviar las excepciones que lo cuestionan. De repente nos dicen que el Producto Interior Bruto (PIB) no se recuperará hasta el 2023 y nos avisan de un colapso fiscal y presupuestario (del civilizatorio o del sistema ni una palabra). Estados Unidos, China, India, Rusia y Japón, los cinco países más contaminantes del mundo, se encuentran entre los 12 países con mayor PIB. Esto es porque el PIB está relacionado directamente con la actividad económica de tal manera que las grandes corporaciones automovilísticas, armamentísticas, energéticas y alimentarias tienen una gran influencia. Cuanta mayor es su actividad, mayor aportación. De esta forma, las bombas que se lanzan en Yemen, la deforestación del amazonas, el agotamiento de los recursos energéticos y la perdida de biodiversidad por la agricultura y ganadería intensiva forman parte del PIB que, supuestamente, nos indica la buena salud económica de los países.

Esta contradicción forma parte del capitalismo. Lo que nos da salud [económica] al mismo tiempo nos mata [literalmente]. A su vez es lo que hará que los coches vuelvan a las carreteras, los turistas a las terrazas y los consumidores a las tiendas de las grandes superficies. Las alternativas se oscurecen ante la previsión catastrófica de colapso fiscal y presupuestario. El colapso sistémico, entendido como un proceso que se sucede en el tiempo, con crisis cíclicas y nuevos episodios, apenas es perceptible pero la pérdida de trabajo o la amenaza de impago de las pensiones es una realidad demasiado presente y tangible como para que nos creamos cada una de las falacias argumentales que nos venden con tanta eficacia. Defender el decrecimiento es considerado una frivolidad mientras el crecimiento sin medida una obligación. Esta inversión letal de las necesidades nos coloca en una posición cada vez más vulnerable ante las futuras crisis económicas, naturales o epidémicas. Necesitamos reconocer y dar valor a las alternativas que se presentan como excepciones en este contexto tan viciado. En caso contrario, más de lo mismo.

(1) Taibo, C., (2019). Ante el Colapso. Madrid, España: Editorial La Catarata (Asociación Los Libros de la Catarata).

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