Rechazo a dominar

Escribió Baudrillard que lo que debe ser abolido es el poder en sí y no solo en lo que tiene que ver con el rechazo a ser dominado, sino también, y de modo igualmente violento, con el rechazo a dominar (1). Esta es una de las razones por las que ningún partido político ni ninguno de sus gobiernos ni los estados que los sostienen deben ser apoyados. Todos ellos aspiran a dominar(te). Nos adscribimos en trincheras que ambicionan obtener el poder para dictar a las demás cómo deben sentir, actuar y pensar. La mayor parte de las luchas que reivindicamos rechazaron el abuso, la dominación o la dictadura de los otros pero no renunciaron a dominar. Establecieron sistemas que funcionaron esencialmente de la misma manera. Unas por encima de otras. Esta mirada forma parte de la lógica contemporánea. Derrocar al dictador para colocar a un presidente. Cambiar a un presidente por otro presidente. Un partido político por otro partido. La vanguardia, la élite, las expertas marcan el camino. Fuera de esta lógica, la indefinición. Se escapa de nuestro comprensión. Se convierte en imposible.

Si nos ponemos a pensar es difícil imaginar un mundo sin que alguien domine a alguien. De hecho, la democracia representativa de los países occidentales es una cesión de nuestra capacidad de decisión. Lo cual es, a su vez, una negación de la idea de democracia. Delegamos en unas personas, consideradas capaces, las decisiones sobre cualquier aspecto de nuestra vida. No hay nada más antinatural que esto pero el hecho es que fuera de esta realidad no sabemos qué hay. La historia es un proceso de desposesión de nuestra capacidad de pensar, actuar y sentir por sí misma hasta el punto de que subestimamos o dudamos de nuestro valor. No nos consideramos suficientemente valiosas como para participar de forma colectiva en la organización de nuestra sociedad. Aún así nos arrogamos el derecho a una crítica feroz contra aquellas que hemos designado como hacedoras de nuestra voluntad. Probablemente esto es la escenificación de la rebelión del inconsciente ante el forzamiento antinatural de nuestra voluntad. Lo que hoy entendemos como el curso natural de la humanidad es, en realidad, una característica propia de la época en que vivimos. Algo construido e impuesto.

Nos distraemos con los debates y las polémicas del momento. Dedicamos demasiado tiempo a rivalizar sobre quién tiene razón. Discutimos, argüimos, litigamos y disputamos hasta la extenuación, acabando sí es posible en la condescencia y el descrédito del contrincante. Podemos polemizar sobre el último programa de Sálvame o las últimas declaraciones del político de turno. Pero somos incapaces de pensar sobre cómo sería un mundo donde la dominación en la relación con los demás y con la naturaleza no existiera. Cómo sería una sociedad donde decidiéramos de forma colectiva en ausencia de jerarquías basadas en el control y el poder. Cómo podemos salir de un marco de interpretación en el que entendemos que tiene que haber algunas personas en la parte superior y otras en la parte inferior. No son preguntas que las personas que dominan y ejercen el poder les interese que respondamos. Prefieren tenernos ocupadas, enredadas en los trampantojos propios de las sociedades de entretenimiento. Para las cosas serias ya están ellas.

Más allá de la crítica al estado como organización hipercompleja, forzosamente dominadora, tendríamos que descender por los diferentes niveles de gobierno, hasta llegar a las formas de relación más simples, para comprobar cómo el impulso de dominación prevalece sobre el apoyo mutuo, la colaboración y la igualdad. Solemos establecer relaciones de dominancia en nuestro trabajo y en nuestro entorno. Una de las expresiones más evidentes de dominancia está en la relación hombre y mujer en un sistema patriarcal. El filósofo John Zerzan afirma que la civilización es, fundamentalmente, la historia de la dominación de la naturaleza por parte del hombre y de la mujer. El Patriarcado significa el control sobre las mujeres y la naturaleza (2). Hemos asimilado los valores propios del sistema que vivimos, los cuales son considerados como naturales, casi divinos, hasta el punto de que los replicamos con las personas más cercanas y a las que más queremos. No conocemos ni tenemos experiencias alternativas. Pero cualquier cambio en el sistema de dominancia pasa por modificar nuestra forma de relación con las personas. Pasa por el rechazo a dominar.

(1) Baudrillard, J., (2020). ¿Por qué no ha desaparecido todo aún? Madrid, España: Editorial Enclave de Libros.

(2) Zerzan, J., (2016). El crepúsculo de las máquinas. Madrid, España: Editorial La Catarata (Asociación Los Libros de la Catarata).

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