De la normalidad al apocalipsis

Foto de @gabalaui.
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El cambio producido es histórico, pero es al mismo tiempo normal. Es esa normalidad, frente a toda ligereza de interpretación apocalíptica, la que debe ser reconocida hoy. Esto es lo que decía el editorial del ABC el día después de las elecciones del 28 de octubre de 1982 que ganó el pesoista Felipe González. Se comprometían a hacer una crítica leal y de discrepancia abierta aunque consideraran que la propuesta del PSOE entrañaba inestabilidad, una disminución de las libertades, el agravamiento de la crisis económica y una tendencia tercermundista. El voto inteligente era votar a los partidos de centroderecha.

Después de las últimas elecciones celebradas el 10N y del anuncio de un acuerdo entre el PSOE y Unidas Podemos, el editorial del ABC se tituló Coalición tóxica para España: Por primera vez en democracia habrá en La Moncloa una vicepresidencia ocupada por un líder comunista que alcanzó su liderazgo con un discurso destructivo del sistema democrático, y con un populismo demagógico, de corte ultraizquierdista, basado en la demolición del espíritu de la Transición, peligroso en definitiva para los intereses de España. La selección de las palabras no es arbitraria. Por supuesto. Esto tiene que ver con la ligereza de una interpretación apocalíptica. De la normalidad al apocalipsis.

La elección del apocalipsis no es novedosa. La generación de Aznar echó mano de los adjetivos más extremos para referirse a cualquier cosa que oliera a izquierdas. Se decidió que para mantener o alcanzar el poder se podía utilizar cualquier medio. De esta manera, las mentiras, la crítica enloquecida, la abierta agresividad, las manipulaciones y la inexistente ponderación en el análisis de la realidad se convirtieron en herramientas de trabajo. Los platós de televisión se convirtieron en tabernas con parroquianos que competían a ver quién decía la mayor barbaridad. Esperanza Aguirre, a través de las licencias de la TDT a medios afines, construyó, a partir de 2005, nuevos espacios de desinformación que dirigían sus diatribas al gobierno de Zapatero.

Estas nuevas plataformas digitales se convirtieron en una cantera de [pseudo]periodistas agresivos y fanatizados que se desperdigaron por los medios de comunicación de la derecha, y colonizaron el espacio de moderación de la derecha mediática para convertirlo en una batalla dialéctica desaforada de destrucción del enemigo. Esta estrategia planificada se basaba en un condicionamiento previo que bebe de la narrativa franquista, que no fue neutralizado en la posdictadura, y que pretendía la fanatización de los votantes de la derecha. La crisis económica de 2008 favoreció aún más el extremismo. La confusión y el miedo generados ayudaron a que teorías disparatadas se abrieran hueco y formaran parte de la interpretación de la realidad de un mayor número de personas.

Los jinetes del apocalipsis que se bregaron en las televisiones locales, saltaron a medios de mayor audiencia desde donde pudieron diseminar aún más sus irracionales tesis. Se pasó de los programas de debate de Libertad Digital o Intereconomía a El Programa de Ana Rosa en Telecinco o Espejo Público de Susanna Griso, sin olvidarnos de Al Rojo vivo o La Sexta Noche, que tras la patina de progresismo se esconde un medio tolerante con las mentiras, la tergiversación y la manipulación de sus invitados. Esta tolerancia se funda en una malentendida pluralidad cuando la realidad es que prima la audiencia. Las opiniones fanáticas y los personajes política e intelectualmente extravagantes son más atractivos que la moderación y los argumentos.

Este magma es el alimento del extremismo y la agresividad de los partidos de la derecha y el auge de la extrema derecha. Es una vieja escenificación irresponsable y peligrosa que tensiona la sociedad, pero que ha sido validada en los últimos veinte años como una estrategia legítima para alcanzar el poder. Saben que estamos predispuestos a tragarnos todo aquello que refuerce lo que pensamos y saben apretar la tecla que nos activa emocionalmente y nos coloca en posición defensiva y dispuestos al ataque. Es una burda y eficaz manipulación psicológica de arriesgadas consecuencias, que trata a las personas como menores de edad. De la crítica y la discrepancia abierta al apocalipsis. Esta es la deriva derechista española [y mundial].

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