Se ha perdido la vergüenza

Cartel en Coimbra (Portugal) Foto de @gabalaui.
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Un hombre protesta en silencio por la celebración de un acto de la Falange Española de las JONS enfrente del Ateneo de Madrid. Sujeta firmemente una pequeña pancarta y gira sobre sí mismo para que los transeúntes puedan depositar su mirada distraída en los motivos de su crítica. Otro hombre, con la cremallera bajada y algo puesto de alcohol, se encara con él y le grita que proteste también si se celebran actos por Carrillo, la Pasionaria o Largo Caballero. Vocifera, intimida e insulta hasta que otras dos personas se interponen y le recriminan su actitud. Se quejaba de que le había llamado fascista y que se estaba metiendo con el Ateneo. Finalmente un amigo le coge del brazo y desaparecen entre la muchedumbre. El Ateneo de Madrid albergó, el 26 de octubre, un acto de la Falange, alquilando una de sus salas, en virtud de su compromiso con la libertad de expresión. Esta es la excusa que han encontrado. La realidad es que han permitido que sus estancias fueran ocupadas por una organización heredera de aquella que asesinó, torturó y reprimió durante más de 40 años sin que los autores ni la Falange como entidad se hayan enfrentado a la justicia y pagado por sus crímenes.

El hombre de la cremallera bajada ignora que Francisco Largo Caballero estuvo internado dos años en el campo de concentración nazi de Sachsenhausen o que Dolores Ibarruri, la Pasionaria, y Santiago Carrillo estuvieron exiliados durante décadas de su país. Fueron víctimas del fascismo español. La falange fue uno de sus verdugos. Si algo caracteriza los tiempos que vivimos es que se ha perdido la vergüenza. La vergüenza de no parecer estúpido e ignorante. La derecha española ha perdido los complejos y defiende abiertamente lo que hace una década hubiera provocado la hilaridad y el desdén intelectual. Esto no es un fenómeno exclusivamente español sino que trasciende nuestras fronteras. Lo vemos reflejado en países como Italia, Reino Unido, Estados Unidos, Chile o Brasil. El presidente chileno, Sebastián Piñera, que ha declarado el estado de excepción en el país, habló hace unos años, en la campaña a las presidenciales, sobre un juego que consistía en que todas las mujeres se tiran al suelo y se hacen las muertas, y todos nosotros nos tiramos encima y nos hacemos los vivos. Ganó esas elecciones. El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, declaró que prefería que su hijo se muriera de un accidente a que ande con un bigotudo por ahí, o que o error da ditadura foi torturar e nao matar (el error de la dictadura fue torturar y no matar). Ganó las elecciones.

The New York Times hizo un análisis de la cuenta de twitter del presidente estadounidense, Donald Trump, y concluyó que 5.889 tuits atacan a alguien o a algo, 2.026 son de autoalabanza, 1.710 promueven conspiraciones, 233 atacan a países aliados y en 132 alaba a dictadores. Durante la campaña legislativa de 2018 hizo 1.419 declaraciones falsas lo cual se traduce en un promedio de 30 mentiras diarias. En la campaña presidencial llegó a decir que podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos o, en relación a los mexicanos, que están trayendo sus drogas, están trayendo su criminalidad. Son violadores y, algunos, supongo que son buenas personas. Ganó las elecciones. Sus discursos apestan a machismo, racismo y xenofobia, homofobia y soberbia. Desde Santiago Abascal a Salvini. De Trump a Bolsonaro. Hace años estos discursos se producían en auditorios minúsculos y eran aplaudidos por grupos marginales. Hoy llenan estadios y reciben millones de votos. No es una broma. Es un peligro cierto. En la ciudad alemana de Dresde se ha declarado el estado de emergencia nazi. El ayuntamiento aprobó una moción que reconoce que la ciudad tiene un serio problema con la extrema derecha y se compromete a reforzar la cultura democrática. Con 29 votos en contra.

A las dictaduras se las empieza a limpiar el polvo. La chilena, brasileña, argentina o española no fueron tan malas. Las tesis revisionistas compiten en el mismo nivel que las investigaciones históricas. Los relatos construidos en su momento para justificar los golpes de estado, los asesinatos, las torturas y una feroz represión vuelven a recuperarse. El comunismo reaparece como esa gran amenaza que puede provocar un golpe encima de la mesa. El diputado brasileño Eduardo Bolsonaro amenazó con instaurar una nueva dictadura si la izquierda se radicaliza. El fascista español Ortega Smith, concejal en el Ayuntamiento de Madrid, que pide el estado de alarma, excepción y sitio en Catalunya, replicó al peneuvista Aitor Esteban que se preocupe de verdad porque como podamos os ilegalizamos. Su retórica es autoritaria y reaccionaria lo cual, desgraciadamente, se marida con una creciente actitud autoritaria y reaccionaria de una parte de la sociedad. La inmigración se ha convertido en un pegamento que permite coincidir a votantes de diferentes partidos y que se pueden llegar a autodefinir políticamente tanto de derechas como de izquierdas. El nacionalismo, en el caso del estado español, como motivo suficiente para la restricción de derechos y la represión policial y judicial. El feminismo como un ataque a la moralidad conservadora y a la sociedad patriarcal, cuyos valores forman parte de la ideología de muchas personas lo cual permite, al igual que con la inmigración, que confluyan votantes de la izquierda y de la derecha. Homofobia, cultura de la violación, maltrato animal, elogio del fascismo. Han perdido la vergüenza.

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