Qué les importa que tenga un kalashnikov en las manos

Los ministros de interior de los países de la Unión Europea ya están tomando medidas por los asesinatos de París. Entre ellos está Fernández Díaz que ha sacado adelante una de las leyes más represivas del Estado Español. Aquel que tiene la máxima responsabilidad de la seguridad interior ha creado el contexto adecuado para criminalizar la desobediencia civil y la movilización social, al amparo de uno de los gobiernos que más han trabajado por reducir las libertades y los derechos a la mínima expresión. No es que antes no fuera posible. Alfon es un ejemplo de cómo la maquinaria del estado puede pasar por encima de cualquier persona y por encima de la justicia. Egunkaria otro más.
Las medidas aprobadas no tienen que ver con las múltiples causas por las que se producen ataques terroristas en Europa pero ¿qué importa? Es un buen momento para restringir libertades mientras se defiende pomposamente la libertad de expresión en manifestaciones multitudinarias o enfrente de los micrófonos de los periodistas. Es un buen momento para reforzar el control de internet y de las fronteras aunque esto no impedirá que un chaval francés, alemán o español coja un kalashnikov y provoque una masacre. Qué les importa que tengan un kalashnikov en las manos si pueden controlar lo que les interesa. ¿De verdad que alguien cree que les importa hacer algo para evitar esto? Yo, al menos, no lo creo.
Los jefes de gobierno europeos que, en el mejor de los casos, miran hacia otro lado ante los asesinatos y atentados diarios que se viven en países como Afganistan, Iraq o Siria y, en el peor de los casos, participan activamente en los mismos, acuden a Paris a reivindicar la libertad de expresión y su rechazo a los asesinatos cometidos en el supermercado kosher y en la sede del semanario Charlie Hebdo. No cabe mayor impostura ni mayor hipocresía. Ninguno de ellos hablará del racismo y la xenofobia que invade Europa, ni de las políticas de integración, ni de la educación transmisora de prejuicios y odio, ni de las desigualdades sociales, ni de los entornos empobrecidos, ni de los jóvenes sin futuro que viven de las ayudas públicas, de vender marihuana por las calles y que no dudan en coger armas automáticas para disparar a sus vecinos. Es más fácil culpar al detestable estado islámico.

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