Mentir en el Parlamento

Lo que debería ser una acción democrática habitual se convierte en una hazaña de considerables dimensiones ante Mariano Rajoy, el presidente con mayor poder acumulado desde la muerte del dictador. Casi hay que darle las gracias por lo que es su obligación. La escenografía estaba creada desde hace unos días. Un guión establecido, con el que Rajoy se siente a gusto y que le permite exhibir cierta seguridad lejos del balbuceo habitual que ha mostrado en las situaciones en las que ha tenido que improvisar. Un público volcado, gracias a la mayoría absoluta del Partido Popular, que no ha dejado de aplaudir y vitorear cada una de las frases que leía el gallego. Aplausos que convertían el senado en un guirigay, repleto de fanáticos idiotas a los que se les dice que hay que aplaudir y lo hacen como autómatas, sin pensar, sin plantearse que su partido se encuentra en el precipicio. O quién sabe si es por eso por lo que aplaudían a rabiar, para alejar el susto de estar a punto de caer en el vacío. Rajoy, fiel a sus principios, resiste. Da igual lo que pase a su alrededor. Como si se produce una gestión demencial de una catástrofe medioambiental o el escándalo de una financiación ilegal y un sistema de sobornos en uno de los partidos mayoritarios. Rajoy no dimitirá ni convocará elecciones anticipadas. La comparecencia en el senado ha sido un ejercicio de cinismo como pocas veces hemos visto en el estado español, y eso que el antecesor popular, J.M., también se las traía. Ha sido una ataque frontal a la base de la pobre mediocracia que tenemos desde la defensa a ultranza de un comportamiento denunciable y absolutamente inadecuado en un presidente de gobierno y en su partido. Aunque es probable que precisamente por esta mediocracia se puedan dar espectáculos como el vivido esta mañana en el senado. En una democracia estos comportamientos serían radicalmente censurables y censurados y se asumirían las responsabilidades políticas de manera categórica. Ya habría dimitido, sin duda. Pero no solo debería dimitir Rajoy sino el gobierno en pleno por formar parte de la cúpula de dirigentes conocedores de las irregularidades cometidas en su partido. Pero lejos de eso, Rajoy nos ha enseñado en qué consiste resistir. También nos ha enseñado cuál es la naturaleza de su pensamiento democrático: mentir en el parlamento. El me equivoqué con el que nos ha obsequiado forma parte de la estrategia popular de culpar a la manzana podrida mientras intentan salvar el cesto. Su equivocación fue confiar en Luis Bárcenas, sobre el que pretende volcar toda la responsabilidad y eludir de forma cobarde e irresponsable la propia y la de la cúpula dirigente de los últimos 25 años. Se presenta a sí mismo como una persona engañada. Un truco barato dirigido a sus votantes. ¿Me equivoqué al confiar en una persona inadecuada? Sí. Cometí el error de creer a un falso inocente, pero no el delito de encubrir a un presunto culpable. ¿Me engañó? Sí. Lo tenía muy fácil. Yo no condeno a nadie de manera preventiva.

Hay una parte de su discurso que se ajusta como un guante a su actuación matinal en el parlamento y es esta:

Al acusado, sin embargo, se le permite no declarar e, incluso, mentir en defensa propia. El acusado tiene derecho a mentir, a esconder la verdad; a negar los hechos; a fantasear; a transferir su culpa a otros; a rodearse de circunloquios; a inventar excusas, pretextos, justificaciones… En una palabra, tiene todo el derecho a defenderse como mejor le parezca, incluso a cambiar de versión cuantas veces quiera.

¿De quién habla? ¿De Bárcenas o de sí mismo?

Las razones para la dimisión de Mariano Rajoy son muchas y de diferentes colores pero hoy nos ha demostrado de nuevo que no le tiembla el pulso a la hora de ir al parlamento y mentir. No sé cuántas veces lo tiene que hacer para que el pueblo le mande parar y bajarse de la poltrona pero lo que sí se es que si antes estábamos lejos de un estado democrático, la permanencia de este ejecutivo nos aleja aún más. Por decencia, ética, dignidad, honradez y, sobre todo, democracia Rajoy y compañía, sí esos que se han dejado la piel aplaudiendo sin vergüenza alguna, deben asumir sus responsabilidades políticas y dimitir. Las responsabilidades judiciales, el tiempo lo dirá pero más de uno acabará delante de un fiscal y de un juez [Fin de la cita].

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