No hay alternativa dentro de este sistema

Las medidas que se toman desde los gobiernos pueden tener consecuencias dramáticas en las vidas de las personas y cuando es la ideología la que dicta el contenido de las leyes y de las normativas, la distancia con la realidad se acrecienta. La muerte de una persona de origen senegalés por tuberculosis es un ejemplo de ello. El Real Decreto Ley 16/2012 que eliminó el derecho a la asistencia sanitaria a las personas inmigrantes está detrás de esta muerte. Cuesta imaginar que las personas que han elaborado este decreto no fueran conscientes de las repercusiones de su aplicación. De la misma manera que si se modifica la ley del aborto que pretende el ministro Gallardón, cuesta creer que sus creadores no sean conscientes de las consecuencias en las vidas de muchas mujeres y familias. Lo inquietante es que lo son. A nadie le cabe en la cabeza que no se valoren las consecuencias de la aplicación de una ley determinada. Las valoran y les da igual porque en su balanza pesa más un prejuicio ideológico que la salud, el bienestar y la defensa de los derechos fundamentales de las personas. Las políticas deben girar en torno a las personas y no se pueden aplicar aquellas que supongan una merma en sus derechos. Desgraciadamente, esto no es la norma. 

Si fuera por el gobierno del Partido Popular, la ley del aborto ya estaría aprobada en su sentido más restrictivo al igual que la LOMCE nacional católica de Wert, de la misma manera que permitieron que personas inmigrantes perdieran el derecho a la asistencia sanitaria. La ofensiva no se está dando únicamente en el plano económico sino que tambien se pretende moldear a una sociedad en base a un sesgo ideológico, apoyado por un sector de la población que no es consciente de que las dramáticas consecuencias de las leyes que se aprueban o pueden aprobar también les afectan. En la balanza de estos votantes (para ser ciudadanos, se exige otras condiciones) pesa más la polarización ideológica derechas vs izquierdas, siendo compradores de narrativas de confrontación que ocultan las posibles implicaciones de su apoyo. Además estos votantes son tan fieles que son capaces de sostener a sus gobernantes a pesar de las evidencias de prácticas irregulares o delictivas como Carlos Fabra, Francisco Javier León de la Riva o Esperanza Aguirre. Son tan fieles que a pesar de la calamitosa gestión del gobierno del estado, el PP seguiría ganando las elecciones según el último barómetro del CIS. Con bastante menos apoyo, es verdad, pero seguiría siendo el partido más votado. Es una locura. ¿Qué más barbaridades tienen que hacer? 

Pero no podemos cargar las tintas solo contra el Partido Popular y sus votantes sino también deberíamos reflexionar sobre las alternativas. ¿Qué es lo que pasa para que no surja una alternativa creíble, capaz de transmitir seguridad y confianza a los ciudadanos? ¿Qué pasa con la izquierda de este país que no es capaz de aglutinar más apoyo? La polarización creada por el bipartidismo, que ha construido como únicas fuentes de legitimidad política y capacidad de gobierno a los dos grandes partidos políticos, que se han repartido el poder en los últimos 30 años, ha arrasado con la pluralidad ideológica y ha colocado a cualquier otra opción política en los arrabales del sistema. Se les ha sustraído la capacidad de gobierno desde el control de los medios de comunicación que han tachado de naif las medidas alternativas y que han moldeado a una opinión pública incapaz de ver más allá de las opciones oficiales bendecidas por los poderes. El sistema está basado en la confrontación entre dos. Los de alrededor son meros actores de reparto que sirven a la opereta de la democracia. Y a pesar del descrédito que sufren el PP y el PSOE, solo crecen un poco, lo suficiente para batir sus propios records pero insuficiente para convertirse en una alternativa. Sinceramente, creo que poco se puede hacer en un sistema construido para que esto sea así. Ningún partido se puede convertir en alternativa porque no hay alternativa dentro de este sistema.

La alternativa es romper con el actual sistema y la cuestión está en cómo hacerlo. Participemos en la fuerza de la acción colectiva y en los movimientos sociales rupturistas.

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