En defensa del periodismo ciudadano y contrainformativo

Cada vez que voy a una manifestación voy con mi cámara de fotos e ir con ella no me hace estar menos implicado con el motivo por la que se ha convocado. La comienzo y la acabo sacando fotos. En su defecto, he ido con una pequeña cámara de vídeo y he hecho lo mismo, grabar lo que me parecía interesante. No saco a nadie cometiendo un delito y guardo todas las precauciones debidas para que nadie pueda ser incriminado por alguna de las imágenes, en el caso de que las cuelgue en internet. No en ningún medio porque no trabajo para ninguno de ellos ni soy periodista pero sí en este blog, para acompañar a alguna de las entradas, o en youtube. Aún así no suelo colgarlas porque existen fotoperiodistas que elaboran crónicas muy buenas (he de reconocer también que no me considero muy bueno ;-), que permiten hacer un recorrido muy completo por lo que ha sido la movilización y sus posibles derivas violentas por parte de la policía del estado, y que se dedican profesionalmente en lo que se conoce como contrainformación. La labor de estas personas me parece fundamental y necesaria y ha permitido que en los últimos años hayamos podido demostrar gráficamente la violencia desproporcionada y arbitraria con la que suelen actuar habitualmente las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Imágenes y vídeos que han conseguido saltarse los obstáculos y la censura de los medios de comunicación generalistas permitiendo, gracias a las redes sociales, microblogging y demás, que hayan llegado a un gran número de personas. Han sido los ojos y los oídos de muchas personas que no han vivido lo que nos retratan cada una de las imágenes. 

Pero no solo ellos. Decenas de personas no profesionales utilizan sus móviles como cámara de vídeo y de fotos, hacen streaming y colaboran en desmontar las mentiras, la tergiversación y el falseamiento de los hechos de los informes policiales o de las declaraciones de los delegados de Gobierno. Gracias a ello se han podido utilizar esas imágenes en juicios que han ayudado a la defensa de los enjuiciados o en situaciones dramáticas, como la que vivió Ester Quintana. El gobierno del estado, que detenta el uso legal de la violencia, y su brazo ejecutor, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, son conscientes del descrédito y no han dudado en utilizar las amenazas, la intimidación, las agresiones, romper o requisar el material gráfico y las detenciones de los periodistas, profesionales o no, para limitar el ejercicio esencial de la libertad de expresión y de comunicación. Si hay algo que temen es la información que no pueden controlar y harán todo lo que haga falta para instrumentalizar cuál es la que la opinión pública puede saber y cual no. Disfrazan a los periodistas con chalecos que les permiten distinguir y controlar de manera más fácil o exigen la acreditación de periodista, como si hubiera que serlo para grabar o tomar fotos. Las personas con cámara de foto, de vídeo o con un simple móvil se han convertido en objetivo a desactivar por parte de la policía.

Durante años la represión policial era conocida y reconocida en grupos minoritarios, generalmente los más activos en la contestación al estado, y lo que conocíamos sobre una manifestación en Euskal Herría, en Madrid, en Barcelona, o en cualquier otra parte del estado, estaba deformada por la lupa que aplicaban los medios, que tendían [y tienden] a catalogar a los manifestantes como amenazantes antisistema, delincuentes o terroristas. Evidentemente este tratamiento informativo ha permitido moldear la opinión de muchos ciudadanos que perciben ciertas acciones en términos negativos, que solo se entienden por la eficacia del control del estado de la información de los medios de comunicación en aquellos temas que se consideran sensibles para la seguridad, medios que por otra parte han homogeneizado el tratamiento de esas noticias. A veces no hay gran diferencia entre lo que dice El País o lo que dice el ABC. La existencia de medios de contrainformación no permitía desactivar la narrativa gubernamental, difundida por los medios generalistas, y no era capaz de llegar a un gran número de personas por lo que la represión era conocida solo en entornos muy concretos. La posibilidad de tener cámaras de fotos digitales, de vídeo y teléfonos móviles capaces de tomar fotografías o vídeos de alta calidad junto con la implosión de las redes sociales, canales como youtube o twitter y la aparición del 15M, que permite el surgimiento de nuevas narrativas, que no necesitan de los medios de comunicación tradicionales para su difusión, permite algo que hace 10 años era imposible: romper la hegemonía mediática de la información y la barrera que impedía el acceso a la misma. El periodismo que se ha dado por llamar ciudadano nos ha abierto una ventana más libre, más democrática, más objetiva. Nos ha enseñado lo que había detrás de las palabras huecas de los medios generalistas, de las declaraciones policiales y políticas. Han permitido y permiten que cada vez más personas abran sus ojos a una realidad que hasta hace poco estaba oculta.

El hecho de que las manifestaciones estén llenas de cámaras recogiendo cada cosa que pasa tiene su contrapartida negativa porque puede servir para incriminar a algunos manifestantes. También, ojo, por las imagenes de los medios tradicionales o por las que hace la policía. El periodismo ciudadano y contrainformativo debe cuidar qué imágenes cuelga públicamente, sin ocultar los hechos, pero sin facilitar la labor policial que persigue la criminalización de las protestas. La responsabilidad social con el colectivo tiene que acompañar cada vez que se aprieta el disparador de la cámara pero esto no implica sustraer a la opinión pública información necesaria para entender lo sucedido. No sacaré una foto de tu cara pero sí del escaparate que acabas de romper. Y si no quieres, no lo rompas (aún así si me dices que no la cuelgue, no lo haré pero si me amenazas o agredes te conviertes en la misma mierda contra la que se lucha). No puede haber cortapisas por parte de la policía ni del gobierno pero tampoco de los manifestantes. Es legítima y necesaria la reflexión sobre cómo informar y qué hacer con el material que se tiene pero desde el respeto al ejercicio libre de información, se sea periodista, arqueólogo o agente comercial. No por sacar fotos, repito, uno no se está manifestando, protestando o luchando. Ni por sacar fotos a uno no se le agrede, no se le denuncia o no se le reprime. Violentar a los informadores es una manera de regresar a lo de siempre. El control de la información volverá a manos de los que la deforman. Yo no estoy dispuesto a que esto suceda por mucho que algunos, irresponsablemente, lo demanden. Me da igual que estén en frente o caminando a mi lado. 

[En cuanto al panfleto distribuido en la manifestación alternativa del 1º de mayo en Barcelona, al menos podrían haberlo firmado. Para poder debatir, vamos].

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