No es Bárcenas sino el Partido Popular

El antaño ejemplo de profesionalidad y buen hacer, Luis Bárcenas, tiene una cuenta en Suiza con 22 millones de euros, denuncias por pagar sobresueldos a cargos del Partido Popular y la posibilidad de una financiación en negro que afecta al partido del gobierno, de la cual no es ajeno si nos atenemos al caso Naseiro en el que estuvo implicado el predecesor y buen amigo de Bárcenas, Ángel Sanchís. Está claro que en la política de recursos humanos del PP no se incluye el principio de la honradez. Por algo será. El presidente del gobierno, Mariano Rajoy, dice que no le va a temblar el pulso para tomar decisiones en casos en que se haya actuado irregular o ilegalmente mientras que su escudera y actual secretaria general, Mª Dolores de Cospedal, intenta convertir el comportamiento delictivo del extesorero en algo particular. El problema para Rajoy es que todos estos años de inoperancia, dejadez y permisividad no le dan credibilidad a esa supuesta dureza contra los casos de corrupción. No le tembló la mano para relevar de su cargo a seis inspectores de Hacienda, máximos responsables de la Oficina Nacional de Investigación del Fraude, entre los que se encontraba Victor de la Morena que investigaba el caso Gürtel. Tampoco le tembló la mano ni la voz para respaldar públicamente a dirigentes implicados en casos de corrupción como Francisco Camps –tienes mi amistad sincera, mi apoyo, el de tu partido y el de los valencianos, Carlos Fabra –ciudadano y político ejemplar-, José Luis Baltar – Baltar es el PP– o al mismo Bárcenas –estoy convencido de que nadie podrá probar que no es inocenteEste último, incluso, mantiene un despacho, una secretaria, un coche oficial y una plaza de aparcamiento en la sede central del Partido Popular y se le paga la seguridad con fondos públicos con el permiso, no faltaba más, de quien manda en el PP: Mariano Rajoy. Esta ha sido su particular idea de mano dura. Lo de denunciar de inmediato a los tribunales todo lo que sabía sobre las andanzas de su extesorero ni se le pasó por la cabeza. Algunos dicen que el pobre no sabía lo que estaba ocurriendo pero si esto fuera cierto…bueno, esto no es cierto. La lucha contra la corrupción del PP ha consistido en ocultarla, en negarla, en dejar que pasara el tiempo.

La explosión de la bomba fétida de Bárcenas es un efecto de la estrategia rajoyana de dejar que el tiempo solucione los problemas, que en estos casos suele provocar el efecto salir el tiro por la culata cuando la acumulación de casos de corrupción hace insostenible mirar hacia otro lado. Esta estrategia, de hecho, le convierte en cómplice y consentidor por no cumplir con el deber de denunciar la comisión de un delito. Sus correligionarios pueden alegar que es un intento de debilitar a Rajoy, situándole en la posición de víctima, para neutralizar el hecho de haber participado necesariamente en el mantenimiento de las prácticas delictivas dentro del Partido Poplar y tener, por lo tanto, una responsabilidad ineludible en todo ello. Aquí todos se hacen los sorprendidos desde Esperanza Aguirre pasando por Cospedal hasta Rajoy, cuando todos ellos, por los cargos que han ocupado en el partido, no les han podido pasar desapercibidas las acciones delictivas de Bárcenas ante las cuales ninguno ha movido un dedo para erradicarlas ni para denunciarlas. Pero este asunto no es solo un tema de nombres. No es Bárcenas ni Rajoy ni Aguirre. No estamos hablando solo de unas personas con una moralidad muy cuestionable sino de un sistema, de una manera de organizar un partido, que favorece la opacidad de las cuentas y la falta de transparencia, y de la existencia de una cultura favorable a los chanchullos, a los pagos en especie, a los regalos, a los pagos bajo cuerda -en esto consiste hacer negocio ¿no?- donde lo raro es que la prácticas sean honradas y ajustadas a la ley. Tantos casos de corrupción solo son posibles si el partido lo permite, si su organización la favorece y alienta. Por supuesto que no de una manera explícita pero todos saben que se puede. No es Bárcenas sino el Partido Popular. La lucha contra la corrupción no puede ser solo penal sino que es necesario un proceso de  higienización de la política, de fomento de una cultura de la honradez, que se aleje de la tan encomiada picaresca española, y de un mayor control y supervisión de la gestión pública. En esto poco tiene que hacer el Partido Popular. Como partido es irreformable.

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