El espantajo del miedo

El efecto llamada fue inventado por el Partido Popular para criticar el proceso de regulación de inmigrantes que el gobierno de Zapatero puso en marcha en el 2005. Pretendía asustar a la ciudadanía con una posible invasión de inmigrantes atraídas por lo que, para ellos, eran facilidades para su permanencia legal en España. Cualquier otro análisis serio del fenómeno de la inmigración y las causas sistémicas que lo favorecen ha sido desplazado por la demagogia xenófoba y por la peligrosa utilización de los prejuicios de parte de la población hacía aquellos que son diferentes y provienen de otra cultura. Lejos de favorecer el entendimiento, el diálogo, el respeto de lo diferente y la reivindicación de lo común, el Partido Popular prefiere agitar el espantajo de miedo. De hecho, cualquier propuesta que vaya dirigida al diálogo intercultural es ridiculizada y rechazada inmediatamente como ocurrió con aquel proyecto, ya olvidado, de la alianza de civilizaciones. De la misma manera, las políticas racistas y xenófobas como las practicadas por Sarkozy en Francia son vistas con buenos ojos por parte de los políticos de la derecha española que las interpretan como un apoyo a sus propuestas y acciones contra los inmigrantes. Son, desgraciadamente, muy permeables a las malas prácticas.


El 4 de octubre, el Ayuntamiento de Madrid derribó unas chabolas con un procedimiento irregular, sin la necesaria autorización judicial y sin una planificación de realojo de las familias en otras viviendas, que provocó en la práctica dejarles en la calle. Por fortuna, fueron acogidos en la iglesia de San Carlos Borromeo. Las familias que vivían en estas viviendas eran, claro, gitanas rumanas. Muchos madrileños, y no madrileños, cuando escuchan estas dos palabras, gitano rumano, evocan inmediatamente otra palabra, delincuencia, lo cual es un efecto de la eficaz campaña racista y xenófoba que muchos medios de comunicación y partidos políticos llevan a cabo, con su estrategia del miedo, al acercarse a la realidad de la inmigración y la pobreza. Por esta razón, muchos de esos madrileños, y no madrileños, justifican estas acciones, a pesar de la evidente irregularidad. La defensa de los derechos humanos queda soslayada por la fortaleza de los prejuicios, que nublan y cercenan la capacidad crítica de los ciudadanos. Esta estrategia del miedo se cobra siempre las mismas víctimas, las más humildes y las más necesitadas. Malos tiempos corren en Europa para estas personas.

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