La moral del cobarde

Que García Lorca hablara poéticamente de los toros no convierte a la tauromaquia en poesía. Ni que Hemingway glosara la muerte de estos animales, a partir de la dignificación de su matarife, lo troca en literatura al igual que un albañil que lee a Heidegger no transforma a la albañilería en actividad cultural. La tauromaquia es, por encima de cualquier otra consideración, un acto de tortura contra un ser vivo, justificado por sus defensores con pseudoargumentos culturales y artísticos. En realidad es tortura elevada a arte, lo cual lo convierte en la sofistificación del matar, en la contemplación aséptica del sufrimiento de un ser vivo hasta su muerte. Podemos elucubrar hasta la extenuación y defender con cientos de argumentos lo que es esencialmente tortura, de por sí injustificable. Hablamos del maltrato de un ser sensible, de un ser que sufre y esta es la única cuestión digna de conocer, ¿son los animales seres que sufren? Yo no tengo ninguna duda. Cualquier otra consideración sobra. No hay argumento superior a la defensa de la dignidad y la vida de un ser vivo.

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