Contraderechos

Estaba entre dos coches, en medio de un atasco, en una callejuela del barrio de las letras de Madrid. Delante tenía un Uber de un aspirante a pijo con ropa arrugada. Detrás, una chica que, poco antes, con su coche mal aparcado en un lateral de la calle de las huertas, me había dicho que si iba a pasar o qué hacía, con cierto gesto despectivo. Atrapados entre obras y coches, apenas avanzábamos y el pijo salía del coche, frustrado, y miraba qué es lo que ocurría más adelante, con rayos y truenos en los ojos, y refunfuñaba a media voz, mientras la chica de atrás pitaba para que desapareciéramos por arte de magia. La chica le preguntó qué es lo que pasaba, como si no fuera evidente, y el pijo le dijo que era por los trompetillas esos que están por ahí. La chica le contestó que ya, encima para nada. Se empezó a mover la fila y el pijo se metió en el coche. Avanzamos lentamente hasta que el aspirante a pijo de ropa arrugada se metió por una calle prohibida y desapareció para siempre de mi mundo. La chica fue quedando más atrás oculta entre otros coches que se unían a la fila. Los trompetillas eran las personas que estaban siguiendo la sesión del congreso de los diputados en la que se iba a votar el real decreto por la vivienda. Cómo nos referimos a lo que sucede en la sociedad nos posiciona políticamente, y aunque sorprenda, las personas comprometidas y reivindicativas de derechos fundamentales son, para algunos, trompetillas. Y para otros, no sirve para nada lo que hacen. El drama de Maricarmen, una mujer de 87 años desahuciada de la vivienda en la que residía desde hace 70 años, también tiene sus detractores. Algunos llegan a decir que no se sabe todo, y que nos han contado las cosas como han querido convirtiendo a Maricarmen en una víctima cuando no es trigo limpio, o ha sido utilizada políticamente.

Cuando miembros de los regulares y de la Legión son acusados de torturar y agredir a personas migrantes en Ceuta, con testimonios, vídeos e imágenes que apoyan las acusaciones, algunos tertulianos defienden al ejército español como si el ejército fuera víctima de algo. Esto no es solo una opinión sino la manera de permitir que este tipo de acciones sigan produciéndose. Cuando no reconocemos el problema, no lo podemos solucionar. No podemos hacer nada si ante una agresión a un inmigrante nuestra respuesta es defender al colectivo al que pertenece el agresor. Dentro de unas semanas estos regulares y legionarios desfilarán por las calles de Madrid, aplaudidos por miles de personas, mientras las personas migrantes, en su totalidad, son criminalizadas y deshumanizadas. Aquí, el colectivo al que pertenecen, sirve para acusarles sin miramientos. Para algunos no hay duda, son violadores, invasores y delincuentes. Hay que echarlos, sean niños, niñas, mujeres o hombres, perseguidos, torturados, pobres. Hay que echarlos sin miramiento pero a los regulares y legionarios, a estos, hay que defenderlos porque forman parte del ejército español. Son de los nuestros y algunos de ellos hacen lo que muchos españoles, que se consideran de bien, harían o, incluso, han hecho por las calles de Ceuta, insultando, acosando y pegando a las personas migrantes.

No he participado en ninguna manifestación por Ceuta. Y esto también es un posicionamiento político. No he participado y no participaré en manifestaciones que atentan contra la seguridad de colectivos de personas vulnerables, ni que les cosifiquen como invasores, como enemigos, ni que les criminalicen y las despojen de derechos para que se pueda hacer con ellas lo que a los poderes les de la gana. No participaré en manifestaciones con banderas rojigualdas al viento, ni pulseritas ni camisetas, ni gritos de soy español ni reivindicaciones de españolidad, convirtiendo un drama humanitario en una testosterónica y perversa apropiación de la identidad española por parte de la derecha, la de la mano dura, la nostálgica de un pasado de ley y orden que solo está en su imaginación. Todas las manifestaciones y concentraciones que son auspiciadas por la derecha española son contra los derechos de las personas. Se manifiestan para quitar derechos, para despojar de libertades a colectivos vulnerables, y a las trabajadoras. Son concentraciones de naturaleza negativa y carentes de propuestas que evolucionen o mejoren la sociedad. La derecha española no ha convocado nunca una manifestación por la mejora de, por ejemplo, la educación pública. Cuando estás enfrascado en su erosión y constante desmantelamiento, no hay tiempo que perder en la calle. Su área de acción son las instituciones desde donde ahogan a las centros públicos mientras inundan de posibilidades a los centros privados y concertados. En la calle, para encerrar de por vida a los asesinos irrecuperables en las cárceles, para expulsar a los inmigrantes invasores, para evitar que abortes o decidas acabar con tu vida de sufrimiento y dolor provocado por una enfermedad o para llamar hijo de puta al presidente del gobierno.

Vivimos una época en la que se puede defender lo indefendible. Lo que en otra época sería cuestionado socialmente, ahora se dice y hace sin pudor. Cuando Trump dijo que podría disparar a gente en la quinta avenida y no perdería votos, es verdad. Netanyahu tiene un comodín creíble para asesinar a miles de palestinos sin que tenga un efecto negativo en su apoyo social en Israel. Puede masacrar una aldea entera por la sospecha de que había un terrorista. Puede matar a niños, niñas, mujeres, hombres, abuelos y abuelas, porque en una de las casas se escondía un terrorista de Hamas. La lucha contra el terrorismo de los países occidentales ha servido para justificar los asesinatos, las torturas, la persecución y el acoso mientras la sociedad ha comprado las razones increíbles, absurdas y notoriamente falsas. El culto a la seguridad ha llevado a que miles de personas permitan que sus gobiernos puedan violar los derechos humanos y asesinar legal o de forma sumaria a miles de personas.

En las sociedades occidentales nos han entrenado para tragarnos cualquier cosa y esto hace que se defiendan opiniones y hechos que dañan la convivencia y los derechos fundamentales. Nos han entrenado para tener la opinión de los verdugos, nos han enseñado a mirar con los ojos del agresor. Si una inmigrante entra en nuestro país se convierte en un invasor y deja de ser una persona vulnerable y como invasor las soluciones son la expulsión, y que un legionario o un regular les agreda, o provoquen que salten por un precipicio, forma parte de lo posible. Sí, no es deseable, pero el invasor se lo ha buscado al entrar donde no debía, que además es marroquí por lo que le podemos gritar ¡España! a la cara, para que se entere de dónde está. Personas decentes, que se preocupan por el bienestar de su familia y que sufren las mismas carencias sociales y económicas que gran parte de la sociedad, te dicen que el inmigrante es invasor, que Israel tiene el derecho de defenderse, que Maricarmen es una jeta y que los nazis de desokupa hacen una labor social necesaria porque la okupación es uno de los grandes problemas de la sociedad española. La decencia se transforma en indecencia cuando abordamos los problemas y hechos sociales con las miradas y palabras de otros, de los que hacen política contra los derechos fundamentales, de los que defienden los derechos de las empresas frente a las miles de maricármenes que pueblan nuestra sociedad y el mundo.


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