Ideas carcasa

En las últimas décadas se ha cultivado la desmemoria, de manera consciente y estratégica. La desmemoria convierte a las personas en seres manipulables y manejables. Bebe de la ausencia de debate y reflexión sobre nuestro pasado y nos incapacita para extraer un aprendizaje sobre lo experimentado, de tal forma que nos asalta lo ya vivido como si fuera nuevo. Esta desmemoria ha convivido con la desideologización gradual, que caracteriza a las sociedades occidentales, frente a la hegemonía de la ideología propia del sistema. La dilución de las otras ideologías en el magma del capitalismo ha convertido las ideas en carcasas llenas de eslóganes, frases hechas y palabras vacías. Las redes sociales son un ejemplo de ello, la expresión de opiniones o la manera en que se explica el posicionamiento político. Se repiten las ideas y opiniones consideradas dentro del marco político al que uno se adscribe y se defienden las posturas dictadas. La disidencia está mal vista incluso en aquellos espacios donde se defiende la diversidad, el debate, la reflexión y la crítica, o precisamente es en estos espacios donde la disidencia no tiene cabida. Fundamentalmente porque las ideas carcasa que se defienden son marcadas por una élite y no surgen de la reflexión y el acuerdo colectivo. Por eso el disidente es un traidor. No solo traiciona a la élite sino al pacto implícito de sus seguidores de obedecer sus directrices. Un pacto que jamás será reconocido al igual que las reglas implícitas que rigen en los sistemas familiares. Son secretas y si se explicitan, se niegan.

Lo colectivo está demodé aunque como idea carcasa sigue muy vigente en determinados espacios políticos. Lo que se ha impuesto es la individualidad, el personaje carismático sobre el que se construyen proyectos políticos y alrededor del cual se posicionan los seguidores. Se ha impuesto la opinión de que solo a través de alguien se puede hacer frente a los retos y amenazas a los que se enfrentan las sociedades contemporáneas. Los partidos en el marco de la izquierda, tanto los nuevos, o aquellos que retóricamente quieren superar a los partidos, como los antiguos se construyen desde una figura supuestamente atractiva y con capacidad comunicativa. Sin esta figura el proyecto se desmorona, resulta difícil de vender a los medios de comunicación y se considera que el mensaje no llegaría a quien va dirigido. Más Madrid es Errejón. Podemos es Iglesias. Sumar es Díaz. Lo colectivo, como idea carcasa, son aquellos que los apoyan y que defienden sus ideas. Es decir, el grupo de personas que han renunciado a la reflexión, la crítica, el debate y la construcción colectiva por el seguidismo a un grupo de élite, de donde surgen las estrategias, las tácticas y las ideas fuerza que definirán el proyecto. Los espacios en común y la participación en este contexto son, a su vez, ideas carcasas desprovistas de su potencialidad. Estos espacios y la participación están subordinados a las decisiones de los grupos motor y votar a mano alzada o con un click desde tu ordenador tiene el valor que los dirigentes quieran darles.

La apuesta por la individualidad implica aceptar uno de los principios básicos de la ideología capitalista. El capitalismo difumina lo común y fortalece lo privativo, lo de uno. Lo colectivo es inoperante, ineficaz, infructuoso e imposible. La individualidad es genio, creatividad, atractiva y moderna. Borra la amenaza y compra lo que puede modelar y manipular. Tiene múltiples herramientas para hacerlo. Una de las ficciones, por muy desacreditada que esté históricamente, es cambiar el sistema utilizando sus recursos, herramientas y espacios de la misma manera en la que son utilizados por aquellos que lo defienden, apoyan y alimentan. Lo llaman cambiar el sistema desde dentro. Esta estrategia es la favorita del reformismo de izquierdas y a la que suele animar la derecha cuando aparecen movimientos alternativos mínimamente amenazadores. Fue y es la apuesta de partidos como Podemos o Más Madrid, o nuevos movimientos como Sumar. Detrás de esta estrategia está utilizar los recursos del sistema, aceptando las normas de funcionamiento y asimilando los principios que los sustentan, para conseguir un cambio pretendidamente radical. La historia lo que nos dice es que esta estrategia es la que ha servido al sistema para domesticar las propuestas emancipadoras que suponían una leve amenaza. Aún así es evidente que si se puede cambiar el sistema es desde dentro. No estamos fuera del sistema, por mucho que nos pongamos una cresta en la cabeza, nos tatuemos muerte al estado o nos encerremos en una habitación aisladas del mundo exterior. El movimiento es de dentro a afuera pero siempre y cuando podamos subvertir los principios básicos del sistema y construir metodologías alternativas a las que nos ofrecen. Si mi estrategia es apostar por una personalidad carismática que participe en los debates de La Sexta para contrarrestar la ofensiva ideológica de la derecha extrema y centrada, error. Esto significaría apostar por la individualidad vs lo colectivo y el uso de una herramienta de control y depuración de los mensajes como son los medios de comunicación. Si mi estrategia es construir un partido que se presente a las elecciones y forme parte de las instituciones del estado, error. Es el mejor camino para disolverse en el magma del capitalismo.

Igual hay que empezar por volver a dar contenido a las ideas carcasa y convertir lo colectivo, la horizontalidad, la deliberación y la colaboración en ideas fuerza sobre las que podamos construir estructuras que empiecen a erosionar el sistema. No son ideas muy atractivas en el mundo de las redes sociales y el individualismo salvaje pero sí desde donde se pueden vislumbrar otras formas de relacionarnos y repensar nuestra forma de vivir y cuidar el mundo. Ahora mismo es una utopía. Pero si abandonamos lo posible, nos queda lo que tenemos.

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