Chivos expiatorios

Tenemos un chivo expiatorio oficial que condiciona las políticas de inmigración de los países europeos. Forma parte de la retórica de odio de la extrema derecha y de la no tan extrema, al igual que de la izquierda autoritaria y más conservadora. Sirve como argumento para la discriminación, levantar muros, construir campos de concentración y planificar agresiones a otros países. Son los culpables perfectos. Es fácil comprar este discurso porque son diferentes, porque su cultura es vista con recelo y porque los medios de comunicación se han encargado de señalarlos como una anomalía cultural y religiosa violenta y sedienta de sangre. Todo apunta a ellos. No es necesario votar a VOX ni a ninguno de los partidos políticos de la extrema derecha europeos. El discurso construido resulta creíble para cualquiera. Son seres, nos sugieren, de los que no te puedes fiar, violentos, sanguinarios, amorales. Odian la cultura occidental y planean destruirla, aniquilarla sin piedad. Son los musulmanes. El chivo expiatorio que ha conseguido reemplazar a los judíos del imaginario europeo. Son los receptores de un odio que ha ido alimentándose durante décadas por los medios de comunicación, la industria audiovisual y la geoestrategia occidental. Han construido una imagen siniestra a la que odiar.

Europa se ha convertido en los últimos siglos en un maestro para designar grupos étnicos y religiosos a los que eliminar. Detrás del exterminio de los indios americanos, los guanches, el pueblo herero, los tasmanos o los judíos han estado países europeos. Quizás lo llevamos en la sangre, como herencia intergeneracional, que nos hace sordos y ciegos a la contemporánea construcción de un nuevo antagonista sobre el que volcar los miedos, la frustración y la rabia. La historia no sirve para identificar los elementos que nos convierten en agresores extremadamente violentos. Solemos interpretarla salvando nuestra identidad, culpando a los otros, justificando o minimizando la importancia de lo sucedido. No sabemos leer entre líneas ni mirar debajo de la alfombra. Nadie quiere formar parte de los que saquean, torturan y asesinan. Preferimos ser conquistadores, luchadores por una noble idea o audaces exploradores. Esta leyenda sirve para conformar un ideal de nosotros a través del cual construimos una identidad ficticia. Pero, sobre todo, sirve para que no miremos una parte de lo que somos. Precisamente aquello que podría evitar que la tragedia se repitiera una y otra vez.

La extrema derecha representan el patetismo más excesivo de esta postura que adquiere relevancia en momentos de confusión y dilución de la identidad. Los movimientos identitarios europeos se asientan en identidades ficticias. Construyen un Yo engordado, adornado, sustancialmente fantasioso, que sublima un Yo confundido y atemorizado. La retórica extremista nos sumerge en la ignorancia de lo que somos. Nos convierten en analfabetos de nosotros mismos. Los identitarios necesitan construir un antagónico con los valores invertidos. Frente a su nobleza, la vileza de los musulmanes. La interpretación de la realidad se fundamenta en una visión distorsionada de los hechos que confiere a los musulmanes toda la maldad imaginable y les condena a la segregación o eliminación. Un proceso conocido que conduce a un exterminio potencial en el momento en el que se produzcan las condiciones adecuadas. La extrema derecha es la vanguardia del pensamiento genocida que ha golpeado a Europa en los últimos siglos. Su fuerza son los millones que, sin formar parte de los partidos extremistas, validan su razonamiento desde la ignorancia, el miedo y la irreflexión.

Hace unas semanas se celebró la enésima cumbre del clima en Glasgow en la que participó Narendra Modi, presidente de la India, junto con los principales presidentes de los países del mundo occidental. Modi es el líder del Bharatiya Janata Party (BJP), un partido nacionalista hindú de extrema derecha. Miembros de su partido han participado en progromos contra la población musulmana en diferentes estados de la India pero, fundamentalmente, en el estado del que proviene Modi: Gujarat (1). Linchamientos, violaciones, decapitaciones, mutilaciones, personas quemadas vivas. Todo ello con la mirada hacia otro lado, o con la participación, de las autoridades políticas, la policía y jueces corruptos. Este es el presente de los musulmanes en la conocida como mayor democracia del mundo. Pero sobre todo es la realidad hacía la que conducen los discursos de odio. No son simples ideas amparadas por la libertad de expresión. Son la base en la que se fundamentan las agresiones contra etnias y colectivos. Son la base a partir de la cual la mayoría silenciosa convive, sin mover un dedo, con la barbarie. El pueblo alemán, que vivió el régimen nazi, es todos los pueblos que permiten que la semilla de los discursos de odio se asiente y forme parte, de forma natural, del discurso político y social. Los que se preguntan cómo se permitió la persecución y exterminio del pueblo judío centroeuropeo tienen que centrar su mirada en lo más profundo de su ser.

(1) Khetan, A., (2021). Undercover. My Journey into the darkness of hindutva. Chennai, India: Editorial Context.

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