A la cara, tu democracia

El neo[viejo]racismo consiste en negar ser racista defendiendo ideas y acciones discriminatorias. La homofobia defiende los derechos de los homosexuales. Esta incoherencia, lejos de provocar cortocircuitos mentales, sirve para defender en el siglo 21 posiciones políticas que atentan contra derechos fundamentales. Santiago Abascal asegura que defiende a los homosexuales mejor que sus contrincantes políticos, define a Viktor Orban como un luchador que los defendió frente al comunismo o acusa a países europeos de abrir las fronteras para que entren inmigrantes que no respetan sus derechos. De esta manera es capaz de afirmar defender a los homosexuales mientras ataca a sus otras dos bestias negras: el comunismo y la inmigración. No dan puntada sin hilo. Su línea argumental se contorsiona de forma disparatada para defender lo que no defienden, lo que no quieren, lo que desprecian. No les importa la incoherencia sino repetir una y otra vez su argumentario, sin importar el contexto ni la conveniencia. La repetición consolida la lección. No ayuda a la reflexión pero sí a sembrar ideas que puedan florecer en el momento adecuado. Esta incoherencia impide que cada racista, homófobo o xenófobo se enfrente a sus propios demonios. Así, no son homófobos sino protectores de los derechos de la infancia. No discriminan a una persona por su orientación sexual u origen étnico sino porque no saben convivir. Son agresivos, ladrones, pervertidos, viciosos, es decir, atentan contra las buenas costumbres. Contra la civilización. Tienen razones para discriminar aunque estén adulteradas.

Cuando se miran al espejo, ven a una persona razonable. Es lo que se conoce como una distorsión de la percepción. Viktor Orban legisla contra el colectivo LGTBIQ porque quiere proteger a la infancia. No es un homófobo sino una amante de la niñez. Este homófobo, racista, anticomunista y xenófobo presidente de Hungría quiere, además, organizar un referéndum para conseguir el apoyo de la población a su ley anti LGTBIQ. Aquí nos encontramos, de nuevo, con la utilización de mecanismos democráticos para defender planteamientos que atentan contra la dignidad y la vida de las personas. Este movimiento del presidente húngaro debería servir también para reflexionar sobre qué significa la democracia y los riesgos de limitarla a los periodos electorales o consultivos. Votar no es democracia. Ni las mayorías son democracia. Son solo elementos que forman parte de un concepto pero no lo definen. Las democracias liberales se han esforzado por asimilar democracia con ir a votar y esta limitación conceptual es aprovechada por líderes políticos con otros intereses. Pongamos que Orban celebra el referéndum y la mayoría de la población vota a favor. Lo que estaría ocurriendo es que una mayoría de la población húngara apoyaría una ley que discrimina a un colectivo de personas. Hoy son las homosexuales. Mañana las inmigrantes, las comunistas, las feministas, las racializadas o cualquier otro grupo de personas que no encajaran en la moralidad de los tenedores de poder. La mayoría ha decidido discriminar. ¡Viva la democracia!

Esta forma de entender la democracia ha servido para que países como Estados Unidos hayan aprobado atacar otros países, arruinarlos económicamente y convertirlos en estados dependientes y serviles. Se aprieta un botón en el parlamento y se lanzan bombas desde un F-16 Fighting Falcon. La definición liberal de la democracia lo permite. La mayoría, o sus representantes, han decidido. Algo falla en la manera de entender la democracia. Probablemente que no está pensada para ser ejercida desde el respeto a la alteridad sino desde la dominación de unas sobre otras. Si las mayorías deciden esclavizar a una parte de la sociedad, es democracia. Si las mayorías revierten la anterior decisión también es democracia. Esto convierte el juego en maniobrar para conseguir mayorías y, teniendo en cuenta que en nuestra sociedad los fines son más importantes que los medios, los recursos utilizados pueden ser muy variados. Desde la deliberación y la reflexión a la manipulación, la mentira y el falseamiento. En este tablero de juego, políticos como Orban o Abascal, pueden justificar sus planteamientos políticos y morales desde la mistificación de las ideas y la deformación de la realidad. Solo necesitan a la mayoría para marginar, segregar y excluir al segmento de la población que consideren pernicioso. Si la democracia no protege y blinda los derechos de las personas más vulnerables ni se compromete al respeto de los derechos humanos, no es democracia. Es solo un juego de tronos. Las mayorías son ciegas. El respeto y la protección de la alteridad un principio rector.

La intención de la extrema derecha es cambiar el centro del debate. Tú me hablas de ley anti LGTBIQ. Yo te hablo de referéndum. Frente a tu acusación, te arrojo a la cara tu democracia. Tú me hablas de homofobia Yo te hablo de protección a la infancia. “Hay contenidos que los niños menores de cierta edad pueden malinterpretar y tener un efecto perjudicial en su desarrollo, o que los niños simplemente no pueden procesar y, por lo tanto, podrían confundir sus valores morales en desarrollo o su imagen de sí mismos o del mundo». * Así intentaba modificar el centro del debate un portavoz del gobierno húngaro. Ocultan detrás de la protección a la infancia un mundo moral en el que solo cabe un tipo de familia, fuera de la cual los niños y niñas se verían perjudicados y confundidos. La apuesta es conseguir que una mayoría de la población húngara pueda acercarse a este asunto desde la interpretación proteccionista y no desde el mensaje de odio, que tiene peor prensa. Así, un húngaro podría votar discriminar a una persona homosexual desde el falso debate de la protección a la infancia. No es una apuesta caprichosa. Se juega con las cartas marcadas. El conservadurismo estructural de los países del este.

* The Guardian: «There are contents which children under a certain age can misunderstand and which may have a detrimental effect on their development at the given age, or which children simply cannot process, and which could therefore confuse their developing moral values or their image of themselves or the world«.

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