Emociones desatadas

La derecha hace un análisis más certero del tipo de personas que conforma la sociedad española y este acierto les permite ajustar su estrategia comunicativa para no solo movilizar a su electorado sino también reducir las posibilidades electorales de partidos antagonistas. Es decir, no solo estimula la participación de sus votantes sino que, a través de campañas de comunicación agresivas contra sus contrincantes, genera una clima de incertidumbre dirigido a desmovilizar al electorado de la izquierda política o, al menos, a evitar que voten por lo que consideran falazmente partidos radicales. Su análisis es más certero porque las políticas neoliberales de las últimas décadas han ayudado a moldear un perfil, adecuado al interés de la derecha política y económica, basado en el consumo, el hedonismo y la individualidad extrema. Todo esto en un contexto en el que las personas están preferentemente[pre]ocupadas por sobrevivir pagando facturas, hipotecas y múltiples deudas relacionadas con el consumo desaforado. Ademas del proceso de desideologización de la izquierda política, iniciado por gobiernos reaccionarios como el de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, que sirvió para vaciar de contenido las propuestas de la izquierda, la cual no ha sabido reaccionar ni adaptarse a la nueva realidad, mientras que los planteamientos más conservadores y restrictivos en cuanto al ejercicio de derechos fundamentales se han ido imponiendo en una gran parte de la sociedad. No solo en la sociedad española sino en gran parte del mundo occidental.

La ausencia de debates públicos sobre asuntos de interés común es un ejemplo de la pauperización del pensamiento y el diálogo político. No se plantean debates sobre problemas reales sino que se utilizan abstracciones dirigidas a estimular y movilizar al electorado. La reducción de la persona pensante, política y capacitada a simple votante le convierte en una mera observadora de la batalla dialéctica en la que el único impacto posible que tiene es la elección de un bando al que apoyar. En el caso de la Comunidad de Madrid, cuando Díaz Ayuso plantea la falsa dicotomía entre socialismo [comunismo] o libertad orienta la campaña política hacia posiciones exclusivamente ideológicas. Renuncia de forma expresa a hablar de lo cotidiano. Eleva el enfrentamiento al terreno de la abstracción donde la deformación y la alteración de los significados son más simples. Esto no implica que las políticas que defiende Díaz Ayuso no afecten a la cotidianeidad. Todo lo contrario. Hablar sobre socialismo o libertad oculta las políticas reales, es decir, aquellas que tienen un impacto directo en la sociedad. Así mientras confrontaba una y otra vez con el gobierno de coalición español, en plena gestión de la pandemia, el gobierno de Díaz Ayuso no era capaz de presentar unos nuevos presupuestos adecuados a la actual situación. Este fracaso de gestión no ha ocupado las primeras páginas de ningún periódico ni ha abierto los telediarios de televisiones públicas y privadas, más interesadas en el enfrentamiento político y en los habituales golpes de efecto de la administración madrileña. Esta simple maniobra comunicativa condena a la población madrileña a elegir qué bando quiere apoyar mientras que sus problemas se mantienen y agudizan.

No interesa que existan debates públicos. Se evita el riesgo de cuestionamiento de las ideas defendidas. Lo emocional se ha impuesto sobre la razón. Es preferible activar emocionalmente que discutir racionalmente sobre una idea ya que la activación emocional es más susceptible de manipulación. El componente emocional en lo que pensamos o lo que elegimos es alto lo cual no anula la importancia del pensamiento, de la razón y los argumentos. Integrar lo emocional y lo racional sería una opción deseable pero no es la opción elegida en la comunicación política. La idea de libertad que defiende la [extrema] derecha es una idea restringida a un grupo determinado de personas que gozan de un estatus social y económico superior a la media de la población. Pero sobre todo es una idea asociada a un prejuicio que tiene que ver con la idea de igualdad, percibida por los votantes de la derecha como una condición injusta. Esta idea de igualdad es, a su vez, relacionada con posiciones de izquierda, las cuales han sido desacreditadas una y otra vez por los medios y políticos de la derecha reaccionaria y opuestas a la idea de libertad. Cuando la derecha enarbola la bandera de la libertad está activando unos prejuicios dirigidos a defender intereses de clase [lo racional], pero se vende como una disyuntiva frente al socialismo [lo emocional]. Estos intereses de clase no son debatidos porque se apuntaría directamente a los intereses solapados en la defensa de la libertad que hace la derecha. De esta manera se reduce a un eslogan emocional que pone el acento en el rechazo al socialismo y sus planteamientos igualitarios. Se obvia lo importante.

Si algo puede provocar temor en esta situación es una persona informada por lo que el sistema está montado sobre la desinformación y la información basada en el entretenimiento. Se pondrá el foco en la confrontación constante porque es lo que una gran parte de las personas demanda. Programas y noticias que les atrape, que capten su atención, que les entretenga. Los medios apuestan por el entretenimiento porque es lo que les garantiza su existencia. Preferirán montar un debate político con periodistas comprados por partidos políticos, deshonestos, manipuladores y agresivos porque esto tiene un impacto directo y beneficioso sobre las audiencias. No les importa que lo que digan sea mentira sino que mantengan a los espectadores delante del televisor. Esto es lo que ocurre cuando el dinero manda. Los políticos no tienen que tener grandes conocimientos sino ser unos buenos fajadores en el cuerpo a cuerpo y animales comunicativos porque no van a defender ideas ni proyectos sino a desacreditar, burlarse u ofender al contrario. Utilizarán estrategias burdas pero eficaces como la interrupción constante de los argumentos o la negación insistente de hechos comprobados. La táctica es meter ruido para que los espectadores puedan activarse desde el enojo y la polarización. La derecha política y mediática se ha especializado en estas artes y subirse al equilátero, con las reglas de juego amañadas, es una equivocada estrategia que conduce a la fagocitación del discurso y el pensamiento político. Aunque, probablemente, este es el destino de los debates sobre los asuntos de interés común en las democracias liberales. Si lo que cuentan son las audiencias, los votantes o cuántas personas compran un producto, ¿para qué perder tiempo con debates que solo buscan entretenerte?

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