Atrapadas en el tiempo

Saber de lo que se habla no está de moda. No es necesario tener conocimientos sobre algo para exponer una opinión de forma vehemente. Solo es necesario adscribirse a las opciones que se ofrecen. Esta adhesión se construye a partir de la afinidad ideológica con el mensajero, sin conocer demasiado el contenido. Es un ejercicio de confianza que convive paradójicamente con el creciente clima de desconfianza hacia la política y los políticos. Se hacen propios los planteamientos de alguien al que se considera uno de los nuestros y se defienden con pasión, especialmente en contextos de alta polarización donde se eliminan los grises y se defienden verdades absolutas. Este blanconegrismo no solo es un indicador del empobrecimiento del debate público, la crítica razonada y la reflexión sino también una consecuencia lógica de sistemas de representación donde son otras personas las que piensan, debaten y deciden. Si no existen mecanismos que trasladen el debate a la sociedad, esta se convierte en una mera receptora de las ideas de otras. Esta pasividad, buscada y alentada por los poderes políticos y económicos, provoca un efecto de atrapado en el tiempo. Una sensación de no avanzar y de discusión continua sobre los mismos temas.

Las nuevas generaciones podrán definir la palabra debate como programas de televisión o radio en los que se invita a personas vinculadas a la izquierda y a la derecha política para discutir sobre diferentes temáticas, construir opinión y ofrecer argumentos para que las televidentes u oyentes defiendan los planteamientos a los que previamente se han adscrito en función de su adhesión política. No han tenido muchas más experiencias que esta. Es probable además que confundan debate público con las interacciones en las redes sociales en las que se trasmiten y se discuten opiniones en un contexto polarizado y endogámico. El hecho es que, en general, no tenemos experiencia sobre qué es un debate público, en el que una sociedad informada pueda debatir sobre temas de interés común. En la sociedad española no se plantean debates públicos sobre el fenómeno de la inmigración, la educación, los servicios sociales, el trabajo, los nacionalismos o la forma de gobierno. Se simplifican las opciones sobre cada uno de estos temas sin profundizar en ninguno de ellos. De tal manera que el fenómeno de la inmigración se reduce a legal o ilegal, la educación a pública, concertada o privada o la forma de gobierno a monarquía parlamentaria o república.

La ausencia de debate público provoca la defensa de planteamientos en bruto. El análisis y la reflexión son mínimos y prevalece la defensa a ultranza de la opción elegida. No es necesario leerse una ley para criticarla. Al igual que los políticos reciben argumentarios de sus partidos para defender sus posiciones políticas, sus votantes también. Los medios de comunicación y las redes sociales son las herramientas utilizadas para fijar posicionamientos políticos en la población. No es que las personas no sepan pensar sino que la propia dinámica de funcionamiento del sistema económico y laboral impide que se pueda dedicar el tiempo necesario para informarse y reflexionar sobre cualquier tema. Por eso las píldoras ofrecidas a través de medios como Twitter, Facebook o los titulares de los periódicos sustituyen un proceso más complejo y dilatado como es el de crear una opinión propia. La mayor parte de las personas tienen que dedicar gran parte de su tiempo a trabajar y lo que resta a descansar para seguir trabajando. De esto se aprovechan los grupos de poder interesados en dirigir la opinión pública hacia posiciones favorables a sus intereses. De alguna manera hemos ayudado a construir un sistema que entorpece el pensamiento, la reflexión y la crítica razonada.

Todo vien. La mayor parte de las que apoyan o rechazan la ley Celaá no se la han leído. Solo saben lo que los representantes políticos y algunos periodistas les han dicho. Ni siquiera las profesionales de la educación la conocen. No ha existido un debate público sobre la misma ni en contextos educativos ni sociales. Se ha elaborado como el resto de las leyes en petit comité. Aún así, en un contexto de polarización, con un ataque furibundo por parte de la derecha política, que no duda en adoctrinar a las alumnas de centros de educación concertada en contra de la ley, se nos insta a tomar una posición. La izquierda social a favor. La derecha en contra. Si eres de izquierdas y estás en contra implica hacer el caldo gordo a la derecha. Si eres de derechas y estás a favor…difícil que esto ocurra. Las votantes de la derecha son muy disciplinadas. El hecho es que ni unas ni otras saben de lo que hablan mas allá de lo transmitido por los medios de comunicación, adscritos ideológicamente, las redes sociales, en las que se rodean de gente afín, o los políticos de los partidos a los que votan. Su conocimiento siempre es lo que dicen otras. La representatividad de este sistema implica más que la delegación de un voto. Ponemos nuestros intereses en manos ajenas.

No se ha hecho una reflexión profunda sobre el fenómeno de la inmigración, planteándose las discusiones entorno a los ejes que interesan a las élites políticas. Las políticas de inmigración solo se plantean desde el control. No hay posibilidad de introducir la idea de no controlar, que es rechazada de plano sin mas, aunque la idea de control produzca situaciones como las que se viven en las Islas Canarias o en la isla de Lesbos. Tampoco se ha podido iniciar una reflexión sobre lo que ha significado el fenómeno del terrorismo hasta el punto de arremeter contra personas que han cumplido sus condenas, poner impedimentos para el acercamiento de presos de ETA o atacar a partidos como Bildu por su legítima acción parlamentaria. Como si nada hubiera cambiado. No podemos hablar sobre la constitución porque nos dicen que no se puede tocar, la politización de la justicia porque nos dicen que es independiente, sobre el racismo estructural porque nos dicen que no existe, la monarquía porque nos dicen que es la base sobre la que descansa el sistema, sobre la servidumbre laboral porque el trabajo nos hace libres, la verdad, justicia y reparación de los crímenes del fascismo español porque nos dicen que es agua pasada, sobre la carencia de una vivienda digna porque es cosa de okupas, la pobreza y precariedad porque tampoco es para tanto, sobre el sistema carcelario y las presas porque algo habrán hecho. Y mientras tanto todo sigue igual. Atrapadas en el tiempo.

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