Una fe cuestionable

Foto de @gabalaui.
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Cuando era pequeño fui a la parroquia de mi barrio a confesarme. No tenía grandes pecados, más que el de ser un poco fastidioso con mi hermana, y con esa ligera mochila me arrodillé frente a la celosía del confesionario. Conté lo que había ocurrido. Algo desganado pero seguro de no haber violado ninguno de los mandamientos de la iglesia. El cura, escondido en las sombras, me escuchó y cuando acabé se transformó en un basilisco. No sabía que se podían rezar tantos padrenuestros y avemarías como los que me mandó ni que un cura pudiera escupir por su boca tanta rabia como la que me lanzó. Me levanté y me fui. Cuando llegué a casa se lo conté a mi madre y me dijo que no volviera. Le hice caso. Fue la última vez que entré en una iglesia como creyente o como niño adoctrinado para creer. Después me enteré de que mi madre se refería a que no volviera a confesarme con ese cura. Era demasiado tarde.

En mi colegio había un profesor, ungido por el espíritu santo, que me lanzaba el borrador cada vez que me escuchaba cuchichear con algún compañero y si no acertaba, se acercaba con largas zancadas, proyectando su sombra sobre mi pequeño cuerpo, mientras alargaba la mano, convertida en puño, para darme un capón. Dejó de hacerlo cuando me atropelló un autobús y tuvieron que darme puntos de sutura en la cabeza. Un alma caritativa. Otro profesor, ungido por la gracia de Dios, cambiaba las letras de mi apellido y del de otros compañeros para convertirlo en el nombre de un animal con el que burlarse. Le parecía gracioso. En algunos casos tiraba de ingenio y en otros se esforzaba bien poco. Mi compañero de pupitre se apellidaba Cerdá. Esto no nos parecía normal pero como lo hacía el profesor y sacerdote entendíamos que estaba permitido. Algunos compañeros, incluso, se aventuraron a ser tan graciosos pero, todo hay que decirlo, no salieron bien parados. Una cosa era la autoridad eclesial y otra el populacho del recreo.

Estas anécdotas se quedan en poca cosa si nos remitimos a las violaciones de menores de edad y a la adhesión histórica a los poderosos. La iglesia como institución [y por extensión una gran parte de sus integrantes] ha estado siempre al lado del poder y, cuando ha podido, lo ha ejercido con puño de hierro. Esta iglesia, salvo excepciones muy honorables como la de los curas y sacerdotes comprometidos en las luchas por los derechos de las personas más humildes y desfavorecidas, fue la que acompañó a los españoles durante siglos. La iglesia que delataba a los disidentes y opositores al regimen de Franco. La que se situaba al lado del pelotón de fusileros haciendo la señal de la cruz. La que eligió el bando fascista en la Guerra Civil española. Este posicionamiento se ha pretendido ocultar aludiendo a la fe y a la persecución de una creencia y de sus creyentes cuando lo que ha sucedido es una elección. Una elección política e ideológica.

La martirología católica no está llena de creyentes sino de militantes políticos. Durante la Guerra Civil no existió una persecución religiosa, en el sentido de hostigar a creyentes por profesar una creencia determinada, sino una guerra entre bandos que se mataban cuando estaban a tiro. Una guerra al uso. El concepto de mártires de la cruzada es un artificio que forma parte de la construcción de un relato por parte del fascismo español, que utilizó una creencia religiosa como una garrota para agredir a sus enemigos. Este relato servía, y sirve, para justificar una acción criminal. Fue una coartada intelectual que pretendía exculpar y dar razones para sumergir a un país en el caos, la muerte y el hambre. No estamos hablando de una cuestión de fe y martirio por unas creencias sino de la participación activa por parte de una institución religiosa y de gran parte de sus integrantes en la matanza, persecución y opresión de una gran parte del pueblo.

Las campanas que tocaban a muerto estaban dobladas por los mismos que provocaban las muertes. La Iglesia era y es uno de los principales puntales del aparato capitalista y de la sociedad del privilegio. La elección de estar al lado de los más poderosos explica, como decía Ricardo Sanz (1), que siempre que en España se produjeron disturbios, aún sin tener ninguna relación ni motivaciones religiosas, lo primero que hizo el pueblo en rebeldía fue atacar iglesias, los conventos y todos los centros representativos del catolicismo. No es una cuestión de fe sino la elección racional que les ha llevado durante siglos a situarse en contra de la justicia social. No se les atacaba por creer en Dios sino por estar al lado de los opresores. En la actualidad ocultar esta verdad sirve para mantener sus privilegios y transformarse en víctimas del odio. Una inversión moral que patologiza a la sociedad. Lo peor que le puede pasar a las creencias religiosas, de cualquier signo, es que sean apresadas por los grupos de poder. Dejan de ser potenciales herramientas de transformación espiritual y se convierten en simples instrumentos de control y manipulación.

Que Dios les bendiga y que Dios bendiga a nuestra patria. Así suele finalizar sus discursos el portavoz de VOX, Ignacio Garriga y así finalizó su intervención en la moción de censura contra el gobierno de coalición español. La derecha española siempre ha utilizado el comodín de Dios para dar valor a sus argumentos. Si dan un golpe de estado, provocan una guerra civil e instauran una dictadura es por el inicio de una cruzada en defensa de los valores cristianos que estaban siendo amenazados por las hordas herejes. La fuerza moral de tener detrás a Dios les convierte en mártires en defensa de la fe y no en opresores y criminales. Esta forma de interpretar los hechos permite, a su vez, criminalizar al oponente, que ya no está defendiéndose ante un ataque sino inmerso en una sanguinaria persecución de cristianos. La conversión de agresor en víctima es una constante del argumentario de la derecha, no solo en lo relativo a la religión sino en el plano moral y político. Los mártires de la derecha son mártires porque se priorizó su condición de cristianos sobre su complicidad con los crímenes de la guerra y la dictadura. Así se cuenta la historia de forma interesada.

(1) Sanz, R., (1978). Figuras de la Revolución Española. Barcelona, España: Ediciones Petronio S.A.

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