Debajo de la alfombra

Foto de @gabalaui.
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Si levantamos la alfombra, nos encontramos con un temporero nicaragüense muerto por un golpe de calor mientras descargaba un camión de sandías en Murcia. Un empresario lo abandonó medio muerto a las puertas de un centro de salud. Colocamos de nuevo la alfombra y seguimos con lo nuestro. La precariedad, el abuso y el racismo que rodea a los jornaleros es uno de los temas de moda que surgen durante los meses de verano, junto con Gibraltar y las vacaciones de la familia real. Año tras año. Los meses de calor agravan las miserables condiciones en las que trabajan los jornaleros en el campo. Esta no es la primera ni, seguramente, será la última muerte. Las infraviviendas, la esclavitud, el maltrato empresarial y el incumplimiento de los derechos laborales son el pan nuestro de cada día. A algunas les parecerá exagerado hablar de esclavitud en pleno siglo 21 en el estado español pero esta es la realidad en la que viven decenas de personas que trabajan recogiendo las frutas y verduras que compramos en los supermercados.

La existencia de esclavos en las sociedades capitalistas forma parte de la lógica de dominación en la que se amparan. Mientras nosotras nos preocupamos por qué vamos a cenar esta noche, hay personas que se encuentran sometidas a la arbitrariedad de sus amos de los cuales depende su salario, su vivienda y su alimentación. Las personas inmigrantes son mano de obra barata y vulnerable, lo cual les convierte en las víctimas propicias de empresarios sin escrúpulos. A pesar de esto están estigmatizadas socialmente por el discurso de la derecha y de la extrema derecha. Esta estigmatización prepara el terreno para el abuso. Muchas personas no empatizan con su situación de vulnerabilidad sino que les percibe como un peligro para su seguridad, lo cual ha provocado, en no pocas ocasiones, episodios racistas en los que se ha pretendido expulsarlos de los municipios o se les ha quemado sus viviendas [o infraviviendas]. Empresarios sin escrúpulos y una población crédula y asustada conforman un contexto en el que los derechos humanos quedan en un segundo plano.

Junto con la construcción de viviendas, hoteles y centros comerciales de lujo como el de la operación Canalejas en el centro de Madrid, conviven las chabolas de plástico de los temporeros de los campos españoles. Estas realidades tan diferentes definen el tipo de sociedad en la que vivimos. Una sociedad ciega, callada y pasiva ante las injusticias y las agresiones diarias que sufren decenas de personas en este país. La muerte de un temporero no deja de ser una página en el periódico que se olvida pasando a la siguiente. Esta creciente insensibilidad es uno de los elementos más preocupantes del momento actual, en el que una parte importante de la población está apoyando a partidos políticos con discursos racistas y xenófobos pero, sobre todo, con una idea del trabajo en la que la explotación y la dominación forman parte de las relaciones laborales. Como algunas dicen al menos tienen un trabajo. Resquebrajamos su dignidad pero tienen un trabajo.

Qué implica para un país que esta explotación y dominación primaria formen parte del crecimiento económico y del producto interior bruto. El hecho es que la explotación en condiciones de esclavitud genera un beneficio que se traduce en el P.I.B. al igual que la venta de armamento o la prostitución. Definimos nuestra salud económica en función de elementos que se alimentan de condiciones de explotación. A mayor explotación [laboral, sexual y patriarcal], mayor riqueza. Tendríamos que preguntarnos por qué a pesar de conocerse estas relaciones de explotación se mantienen en el tiempo. La respuesta es porque producen un beneficio económico y mientras sea visto de esta manera, se mantendrán ese tipo de relaciones. La inhumanidad de estas prácticas se velan a través de los discursos racistas y xenófobos. Estos discursos sitúan a las personas contra las que va dirigido en una posición de inferioridad lo cual les puede situar a su vez en un contexto de explotación. Las personas y partidos políticos que defienden estos planteamientos son responsables directos de los abusos y de las muertes provocadas en esas circunstancias.

Escondemos demasiadas cosas debajo de la alfombra. Las dejamos ahí como si no existieran. No las queremos ver porque si las miramos nos hablan de quiénes somos y lo que nos dicen no es agradable. Pero tenemos que mirar estas realidades de frente y abordarlas desde el respeto y la dignidad humana. Estamos bombardeadas por cientos de noticias, que se acumulan una tras otra, y nos distraen de lo que realmente es importante. Pasamos en un milisegundo de pensar en el temporero muerto a la explosión en Beirut o la huida rastrera de Juan Carlos. Es una corriente que nos lleva. Por eso tenemos que agarrarnos con fuerza a la orilla y anclarnos en el suelo desde el que podamos denunciar estas realidades, señalar y juzgar a los culpables y proteger y cuidar a las personas violentadas. Sino es así, seremos lo que somos actualmente. Cómplices.

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