Fuera el bozal

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Una pareja paseaba por el centro de Madrid con una pancarta que decía Libertad y salud, fuera el bozal. Qué paradoja. Hace unos días escuchaba la cadena de radio COPE, conservadora y eclesiástica, durante un trayecto en taxi. Hablaban de la financiación del partido Podemos sobre el que se proyecta todo el odio de la derecha española. La narrativa era muy loca, hasta el punto de que resulta difícil entender que haya un número significativo de personas que la considere creíble. El hecho es que es así. La realidad es más creíble en la medida en que se adapta a planteamientos previos y los refuerza. No tiene nada que ver con la verdad. Si soy un anticomunista cerril es más probable que me crea cualquier relato que refuerce la idea de que el comunismo es una ideología perversa. Aunque sea un disparate. Las evidencias contrarias son rechazadas u obviadas. Es evidente que este fenómeno no es exclusivo de las derechas. Nos sucede a todas. La diferencia es de grado y está condicionada por la flexibilidad, la capacidad crítica y la apertura mental. Cuánto más rígido e intolerante, mayor probabilidad de creerse cualquier cosa que encaje con las ideas previas.

La duda no suele ser un acompañante de viaje en estos casos. Se manejan con certezas y con hechos indiscutibles. El otro es un ignorante. Alguien que desconoce, o peor, un cínico que camufla la verdad. Esta condición de ignorancia, coloca al que no duda en una posición de superioridad. Se reconocen con mayores conocimientos, menos susceptibles al engaño y, si estamos hablando de ir en contra de la corriente, más independientes y libres, que el otro. De esta manera no es extraño que muchas personas de extrema derecha se autodefinan como políticamente incorrectos. Ven lo que los demás no somos capaces. Esta falsa clarividencia se sustenta en ausencia de análisis crítico. Se alimentan en exclusiva de información que refuerza sus ideas y rechazan de forma categórica cualquier planteamiento que las cuestione. Es paradójico que la rigidez ideológica les hace más maleables de cara a la aceptación de teorías conspiranoicas. Los tertulianos de la COPE pueden decir cualquier barbaridad. Solo se tienen que preocupar de que caiga dentro del campo ideológico del oyente. Este lo incorporará en su cuerpo de pensamiento como una verdad insoslayable.

El narcisismo y la paranoia son dos fenómenos habituales en la política, al igual que el comportamiento antisocial, que suele ser una consecuencia de los anteriores. Cualquier partido o ideología que exacerbe estos tres aspectos pondrá en peligro a la sociedad. Más allá del contenido ideológico. Un ejemplo en el estado español es el partido de extrema derecha VOX, cuyos discursos están detrás de agresiones, físicas y verbales, a inmigrantes, homosexuales y miembros de otros partidos políticos. Este es el caso extremo en el que están mezclados los tres condicionantes. Aunque el más frecuente es el comportamiento antisocial. Las políticas de austeridad impuestas en la Unión Europea en la última década son derivadas de este tipo de comportamiento. Pero también las políticas migratorias o de vivienda. Estas políticas están más aceptadas socialmente aunque provoquen daños en la sociedad como la violación de derechos humanos de las personas inmigrantes, el sinhogarismo o el incremento de la pobreza familiar. La política es una herramienta para forzar voluntades por lo que las características psicológicas de muchos de quienes la practican se encuentran normalmente en el filo de la salud mental. Es fácil evocar, en este sentido, al expresidente español José María Aznar.

Fuera el bozal. Es curioso que en pleno funcionamiento de la ley mordaza, que intimida y restringe la libertad de expresión, haya personas que señalen las mascarillas como un elemento en contra de la libertad. La no utilización de mascarillas es una forma de reivindicación del yo, diferenciándose frente a los otros, la mayoría. Saben algo que los que utilizan mascarillas no saben. Hay toda una argumentación detrás de esta opción que bebe también del narcisismo (sé algo que tú no sabes) y la paranoia (lo que hay detrás de su uso) y que deriva en comportamiento antisocial (puedo contagiarte). El hecho es que las mascarillas son uno de los elementos de protección, que combinado con otros métodos preventivos, ayudan a evitar la transmisión del virus COVID-19. Es una medida de protección de la salud. Podremos, seguramente, en el futuro conocer más datos sobre su eficacia pero no podemos obviar que las mascarillas han sido un elemento utilizado en las diferentes pandemias que ha sufrido el mundo en los últimos 20 años. Su uso es una responsabilidad con la sociedad, con nuestro entorno. Una manera de proteger a las otras personas, que no marida bien con cierto narcisismo exacerbado.

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