En nuestras manos

Foto de @gabalaui.
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Se repiten algunos elementos de la crisis de 2008. Por una parte, la idea de que la actual crisis sanitaria provocará una reflexión sobre el sistema económico, que forzará un cambio de rumbo, y, por otra, la idea sobre la respuesta a la crisis basada en la mutualidad y la solidaridad de la Unión Europea. La primera de ellas nos conecta con el deseo de cambio de una parte de la sociedad que se hace evidente en situaciones de excepcionalidad. Este deseo de cambio es real pero se adormece cuando el sistema consigue encauzar la situación. El método para conseguirlo oscila entre las prácticas autoritarias, como la aplicación de la ley mordaza o la imposición de políticas de austeridad, y la canalización del deseo a través de procedimientos tradicionales de domesticación como, por ejemplo, la creación de partidos políticos que dirijan las pretensiones de cambio por vías conocidas e inofensivas.

De esta manera el deseo se aletarga hasta la siguiente crisis. Aún así tiene sus efectos. No se queda solo en una declaración de intenciones. Las personas más conscientes se organizan y construyen espacios de autogestión y de apoyo mutuo. Estos espacios son más numerosos desde la aparición del 15M. Estoy pensando, por ejemplo, en el Sindicato de Inquilinas de Gran Canaria (1). Cada uno de estos espacios se convierten en formas de impugnación del sistema. Son espacios de transformación del deseo en acción. La constatación de que otras prácticas son posibles. La probabilidad de que el capitalismo, como sistema económico y modo de vida y regulador de relaciones, se vea afectado seriamente por la crisis sanitaria es cercana a cero pero sí podría implicar el aumento de espacios de impugnación que demuestren a un número mayor de personas que otra forma de relacionarnos y organizar los grupos humanos es posible.

La segunda idea está conectada con la ilusión de que la solidaridad y la mutualidad entre los países de la Unión Europea provocará una respuesta común que nos arrope en el abordaje de una crisis desconcertante para el mundo occidental. Esta ilusión se apoya en una propaganda persistente sobre los valores y principios de actuación de la Unión, que pretende esconder la vinculación esencialmente económica entre los países miembros. Este engaño sobrevive a los hechos que lo ponen en evidencia. Podríamos volver a hablar de los campos de concentración de refugiados, las cárceles de inmigrantes o las políticas de inmigración en frontera que provocan miles de muertas todos los años. A su vez también podríamos hablar de la imposición de medidas económicas que han condenado a la precariedad y a la pobreza a miles de personas o el aplastamiento de cualquier posibilidad de disidencia destruyendo la dignidad y la soberanía de países como Grecia.

Muchas personas persisten en la ilusión obviando que la construcción de la Unión Europea se realizó en función de los intereses económicos de las grandes potencias europeas por lo que las decisiones siempre estarán marcadas por esos intereses. Este hecho es el que está detrás de priorizar la salvación del sistema bancario europeo antes que a las personas. Los principios reales de actuación de la Unión Europea son los mismos que los del capitalismo por lo que la solidaridad y la mutualidad están fuera de lugar. Las decisiones no están sostenidas en el bienestar de las personas sino en la conveniencia económica de las mismas. Aún así estas evidencias no consiguen eliminar la ilusión de que vivimos en un territorio donde impera la libertad, la igualdad y los derechos humanos. Por este motivo cada vez que nos enfrentamos a una crisis esperamos que la Unión responda en función de un imposible. Y la realidad vuelve a golpear sin compasión.

Esta ilusión se basa en la necesidad humana del otro en situaciones [o no] de excepcionalidad. Condicionadas por el funcionamiento de las sociedades capitalistas, la satisfacción de esta necesidad es transferida a entidades que revestimos con ostentosos trajes. Así nuestras miradas se dirigen a entidades deshumanizadas y dejamos de mirar en nuestro entorno. Este es nuestro error. La construcción de espacios de impugnación implica conectarnos a través de la mirada, reconocernos como personas que nos podemos ayudar. Cada vez que depositamos nuestras esperanzas en otras entidades, sean organizaciones supranacionales, instituciones gubernamentales o partidos políticos, nos desconectamos entre nosotras. Ahora, sin querer, en la situación de confinamiento y cuarentena que vivimos, nos damos cuenta de la necesidad que tenemos de la otra persona. La necesidad de mirarnos y de estar en contacto. Transformar esto en apoyo mutuo está en nuestras manos.

(1) Junto con la Federación Anarquista de Gran Canaria (FAGC) han convocado una huelga de Alquileres a partir del próximo 1 de abril.

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