Desmontando escenarios

La política es puro teatro. Un espectáculo creado para entretener. Los partidos son escuelas de interpretación donde los políticos se convierten en actores, que desarrollan un papel e improvisan a partir de un guión fijo que les marca la naturaleza y la esencia de sus diálogos. Practican la retórica y la oratoria y se mueven como pez en el agua encima del escenario. Se convierten con el tiempo en maestros de la persuasión y de la sugestión. Les enseñan a separar la verdad de lo que cuentan, sin que suponga un conflicto psicológico porque su discurso se enmarca dentro de lo que creen que necesitan los espectadores. Se mueven en múltiples escenarios. Actúan en los mítines, en los debates televisivos, en las tertulias radiofónicas y en las redes sociales. Los periódicos y los programas políticos interpretan cada una de sus palabras y analizan cada uno de sus gestos, el tipo de vestimenta que llevan, su mirada y su postura corporal. Nada escapa a su escrutinio. Todo tiene un significado y si no, se encuentra, se busca o se inventa. El espectáculo debe continuar sin descanso.

Estamos bombardeados por los entresijos de la política. Ya no solo nos cuentan los acuerdos sino las miserias por las que se pasan para llegar a ellos o para rechazarlos. Es una retransmisión minuto a minuto con declaraciones continuas via twitter. Lo que sucede entre bastidores también forma parte del espectáculo. Es todo tan rápido que se dice lo mismo y lo contrario casi sin darnos cuenta. La coherencia no es un atributo necesario. Tampoco la honestidad. Se puede jugar al juego de negociar sin ningún interés de llegar a acuerdos pero no se puede decir. No se puede decir que no se formará parte de un gobierno de cooperación, o con el apellido que se desee, porque ni harto de vino el PSOE irá de la mano de Podemos a ningún lado. Necesita diferenciarse. Necesita no contaminarse. Prefiere el riesgo de unas nuevas elecciones al supuesto juicio histórico de aliarse con los populistas. El guión que han redactado va dirigido a crear un estado de opinión sobre quién es el culpable de que no se pueda crear un gobierno de izquierdas. Los groupies están como locos culpando a los otros.

Un gobierno de izquierdas, dicen. Aquí estamos en el terreno del relato construido que resiste las inclemencias de la realidad. Uno no es de izquierdas por lo que dice sino por lo que hace y, hasta el momento, el PSOE hace aquello que le dicen los poderes económicos, que como bien sabemos, mira por sus propios intereses y no por el de los participantes en las elecciones, muchos de ellos votantes de los pesoistas. Los pesoistas lejos de ser socialistas son capitalistas con conciencia social, lo cual los hechos lo han convertido en un oxímoron. No esperemos que la realidad estropee la ficción de la identidad pesoista. Siempre defenderán que son socialistas y cantarán la internacional con el puño en alto aunque hayan apoyado y apoyen medidas económicas contrarias a los intereses de la clase trabajadora. A pesar de estar más cerca de partidos de la derecha como Partido Popular y Ciudadanos, los medios de comunicación se refieren a ellos como partido de izquierdas, y cuando es menos necesario defender esta identidad se deslizan hacia el centro con sensibilidad social.

Podemos, mientras tanto, sigue en su disparatada carrera que inició poco después de las elecciones europeas de 2014. Decidieron construir un partido vertical, con hiperliderazgo rígido, y limitar la participación ciudadana a un click de ratón. Desactivaron la lucha en la calle y la condujeron a la participación en grandes y simbólicos mítines de marcado carácter publicitario, que actualmente son incapaces de volver a repetir. Absorbieron a pequeños partidos como Izquierda Anticapitalista y Equo y a su principal competidor, Izquierda Unida, a los que han arrinconado en los márgenes con poca capacidad de maniobra política y mínima visibilización mediática. Y a pesar de esto, se han convertido en referencia mediática de la izquierda española, objeto de duros ataques y sucias maniobras propias de las cloacas del estado. Podemos ha hipotecado su política al acceso al poder y ha renunciado a construir espacios sociales de cambio donde las personas sean las principales protagonistas. Ha pretendido revitalizar el mito de que para cambiar las cosas hay que estar en el gobierno cuando estar en el gobierno es el camino más directo para que cambien aún más y se empotren definitivamente dentro del sistema.

Un signo de los difíciles tiempos en los que vivimos es que la mejor opción que tienen los electores de izquierda es un gobierno del PSOE y de Podemos. La alternativa se llama Partido Popular, Ciudadanos y VOX. En esto ha quedado la izquierda institucionalizada. Fagocitada por el sistema, derrotada y caricaturizada. Si nos introducimos en la obra de teatro, no vemos más oportunidad que un acuerdo. Si nos convertimos en espectadores, solo podemos ver esta posibilidad. Cambiar la perspectiva es uno de los retos más complicados a los que nos enfrentamos. Necesitamos mirar de una manera en la que podamos desmontar el escenario y crear algo diferente donde las personas podamos ser parte activa y construir algo real, lejos de los artificios y los fingimientos. Tenemos que huir de los hiperliderazgos, de las delegaciones de poder y de los cantos de sirena que se centran en alcanzar el poder institucional. El cambio tiene que estar en nuestras manos y no en las de Pablo Iglesias.

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