Y tú qué comes

Hace unos años estuve en la Aste Nagusia de Bilbao visitando a unos amigos. Estábamos hablando en su casa y vino la madre de uno de ellos. Se sentó con nosotros. Uno de mis amigos le dijo que yo no comía carne. La mujer asintió y se me quedó mirando. Seguimos hablando de otros temas, mientras la mujer no me quitaba ojo, hasta que me preguntó: ¿Y tú qué comes? Le contesté amablemente lo que comía. Esta perplejidad cada vez es menor. El vegetarianismo y el veganismo están cada vez más extendidos, en paralelo a una mayor conciencia sobre el daño y el sufrimiento provocado a los animales y la producción industrial que maneja cifras de locura en el sacrificio de animales para el consumo. El hecho es que cada vez hay más personas que renuncian conscientemente a comer carne por motivos éticos y filosóficos. Esto implica que las grandes corporaciones de la carne y otros sectores que viven de la muerte animal se sientan cada vez más amenazados. Y también aquellos que ven su estilo de vida en peligro, porque las rutas del consumo de carne forman parte del ocio de miles de personas, y aquellos que reaccionan ante el espejo que les muestran los animalistas. Y, por supuesto, los periodistas cercanos a los posicionamientos especistas que defienden partidos como el PP y VOX. Aunque a decir verdad las reacciones no entienden de colores políticos. Hace unos días pude escuchar a Elisa Beni utilizar argumentos pueriles para intentar desacreditar a dos activistas animalistas que eran entrevistados en televisión. Me pareció que sabía tanto de lo que hablaba como la mujer que me preguntó ¿y tú qué comes?

El hecho es que el modo en el que tratamos a los animales es insostenible. Las investigaciones sobre la conciencia realizadas por neurocientíficos, como Anil K. Seth (1), Bernard Baars (2) o David B. Edelman (3), “confirman la evidencia de estructuras cerebrales que soportan la conciencia no solo en mamíferos sino también en pájaros y cefalópodos, de tal manera que la evidencia empírica de la conciencia animal está mas allá de toda duda razonable (4)”. Esta evidencia introduce una perspectiva ética que es insoslayable en un debate sobre la forma de tratar a los animales, su muerte y la alimentación basada en la carne. Dice el filósofo Thomas Metzinger que si eres consciente, un mundo se te aparece. Nuestra forma de relacionarnos con los animales destruye mundos, los que viven en el interior de los millones de animales que sacrificamos para alimentarnos. Ser consciente de que los animales tienen conciencia y que son capaces de sufrir nos obliga a modificar nuestra forma de relacionarnos con ellos para reducir y evitar ese sufrimiento. Se nos presenta, así, delante nuestro, un derecho que hemos negado constantemente. El derecho a la existencia de los animales. Esta perspectiva ética, necesaria y vital , es ignorada de forma deliberada. Cerramos los ojos ante las imágenes que muestran el sufrimiento animal o nos deleitamos como si fuera arte su asesinato. Nos relacionamos con un muslo de pollo, un filete de ternera o una lata de atún como si ese trozo de carne apareciera en nuestro plato por arte de magia, propio de un mago y no de un matarife. Como si el dolor y el sufrimiento no formara parte del mismo.

La conciencia animal ha dejado de ser una abstracción filosófica y, de esta manera, el ser humano debe abordar una nueva forma de relacionarse con los animales que implique un paso más allá del humanismo tradicional. Existen otras inteligencias aparte de la humana, otros seres conscientes, por lo que el debate no es si la tauromaquia es un arte o no, sino si es ético acabar con la vida de un animal infligiendo un dolor, sentido, y destruyendo un mundo propio que es único e irrepetible. ¿Podemos infligirles dolor, maltrato y tortura? ¿Podemos matar y comer animales aún sabiendo que son seres conscientes y sintientes? Hay alternativas alimentarias saludables y sostenibles. Tenemos la posibilidad de elegir y de no dañar. Pero ¿qué dice de nosotros si, ante la evidencia de conciencia animal, seguimos matando y comiendo animales? Estas preguntas nos asaltarán de manera persistente en los próximos años. Y no, no podremos soslayar la perspectiva ética que introducen las evidencias neurobiológicas y comportamentales. Aún así las grandes corporaciones de la carne no permanecerán en silencio y se intensificará el descrédito y el ataque contra los activistas animalistas. Estarán en juego beneficios billonarios y no dudarán en sacar toda la artillería. Negarán la evidencia como los planistas o los creacionistas pero el avance científico en esta materia es imparable. Daremos el paso de creer que el atún es esa cosa que está en las latas de los supermercados a reconocer que los animales tienen el mismo derecho que el ser humano a existir. Y este sí será un gran paso para la humanidad.

(1) Anil K. Seth: Why fish pain cannot and should not be ruled out.

(2) Bernard J. Baars: Why Animals Are Biologically Conscious.D.

(3) David B. Edelman y Anil K. Seth: Animal consciousness: a synthetic approach.

(4) El tunel del yo. Ciencia de la mente y mito del sujeto. Thomas Metzinger. Editorial enclave.

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