Heraldos de la confrontación

Congreso de colores. Foto de @gabalaui

Hace unas pocas semanas Albert Rivera acusaba de golpistas a los miembros de ERC y Gabriel Rufián respondía llamándoles fascistas. Golpistas y fascistas. Los congresistas y los medios se escandalizaron por la agresividad y las malas formas, con un no escupitajo inventado por Josep Borrell incluido,  que se producen en el órgano representativo de los españoles. Esta desmesura en la reacción ante algo tristemente habitual -los insultos no son ajenos a la realidad parlamentaria y de esto sabe muy bien la bancada del Partido Popular- forma parte del escenario que las llamadas fuerzas políticas constitucionalistas han diseñado para atacar a esas otras fuerzas demonizadas, que llaman independentistas (o golpistas, delincuentes, ladrones, mentirosos, violentos, cobardes y traidores).

Las diferencias políticas entre Ciudadanos y el PSOE se difuminan cuando hay que señalar al enemigo. Aquel día desde los escaños, Rivera llamó golpistas, con su firme dedo acusador y porte joseantoniano, y Borrell, ministro de asuntos exteriores, les intentó rematar, acusándoles de lanzar un escupitajo, aprovechando un gesto de un diputado de esquerra, al abandonar el hemiciclo en protesta por los insultos de Rivera. Un escupitajo que ni vuela ni aterriza excepto en la imaginación de los españoles de pro. El escenario es claro e intenta remarcar la supuesta agresividad, mala educación y actitud provocadora de los independentistas. Para eso son los malos de la película. La unidad de los constitucionalistas consiste en esto: demonizar y criminalizar a los supuestos enemigos de España y su divina indivisibilidad.

Pablo Llarena en el auto de procesamiento, contra los políticos catalanes que participaron en el referéndum catalán de 2017, escribió la frase Tal y como ocurriría en un supuesto de toma de rehenes mediante disparos al aire, haciendo alusión al golpe de estado de 1981, protagonizado por el golpista -este sí- Antonio Tejero. Llarena puso por escrito la estrategia de los partidos constitucionalistas, proporcionando una excusa jurídica para el acoso y derribo de los independentistas. Excusa que ha sido rechazada por jueces belgas y alemanes y cuestionada por no pocos juristas españoles. Da igual porque es que los de fuera no saben y se meten donde no les llaman y los juristas esos serán rojos o recién titulados. La cuestión es que, la acusación de golpismo, sirve para ocultar una de las mayores acciones de desobediencia civil e institucional de unas leyes, que impiden que los catalanes puedan decidir su relación con el estado español.

Si pudiéramos sustraernos de la polémica catalana, veríamos lo sucedido como uno de los mayores ejercicios democráticos, consecuente con la reivindicación que, desde el 15 de mayo de 2011, se exigió en todo el estado español: la participación y la toma de decisiones de los ciudadanos. La democracia ni siquiera hace referencia al acto de votar en un referéndum sino a la voluntad de saltarse unas leyes, que impiden tomar decisiones en el ámbito público sobre cualquier asunto de interés. La democracia tiene que ver con la desobediencia y traspasar líneas rojas, trazadas para evitar que construyamos conjuntamente nuestras sociedades, y no con la sacralidad de los votos y las mayorías. La democracia es desobedecer las leyes que discriminan, que evitan el desarrollo de derechos, que nos encarcelan por hablar y que no nos permiten decidir, en base a un entramado jurídico construido para que sea una opción improbable.

La acusación de golpistas sirve para convertir el ejercicio democrático en un delito, para desviar la atención de las fortalezas de una sociedad activa y organizada, que puede hacer frente al estado y sus partidos, a la cháchara de la unidad de España. Nos hablan de golpismo para que no pensemos y reaccionemos con las entrañas. Son heraldos de la confrontación y de la agresividad. La acusación de golpismo sirve para ocultar de donde provino la violencia y la responsabilidad del Estado en la represión contra personas que querían votar y decidir. Hablan de democracia pero quieren decir claudicación. Quieren que renunciemos y que sigamos cediendo nuestro único e intransferible poder político: la capacidad de tomar decisiones. Aceptar el escenario del golpismo es aceptar seguir siendo súbditos. Soberanos o súbditos. Estas son actualmente nuestras opciones.

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