Esta partida no se gana en las urnas


Estamos asistiendo a algo más que el procedimiento para la investidura de un presidente de gobierno. Con la información que tenemos ahora no nos encontramos en el escenario natural en el que varios partidos con diferentes programas políticos y económicos tienen que llegar a acuerdos para conformar un nuevo gobierno. O sí pero no. El programa económico es el que marca la Unión Europea, con escasos márgenes de maniobra, y basado en los principios del neoliberalismo. Aquí no hay nada nuevo. Lo novedoso es que conociendo, de forma detallada, el entramado corrupto y delincuencial del Partido Popular sea este el encargado de formar gobierno. Nadie se atreve a darles la mano directamente pero a la vez se les legitima con la capacidad de formar gobierno. Les legitima, dirán algunos, los votos obtenidos en las dos últimas elecciones. ¿Qué es lo que la izquierda ha hecho tan mal como para que un partido corrompido esté en disposición de volver a gobernar con los votos de millones de ciudadanos? Esos votantes también sufren los recortes económicos, el deterioro de los servicios públicos y se indignan ante los casos de corrupción. Y aunque algunos prefieren simplificar esta contradicción aludiendo a su imbecilidad, esta es la respuesta menos acertada. No son imbéciles. Lo sustancial en este sentido es que a pesar de todo optan, probablemente, por lo menos malo, según su criterio. Prefieren que gobierne un partido corrupto frente a aquellos que se autodenominan de izquierdas. 

No estamos hablando de votantes adinerados o millonarios excéntricos que lo que menos les importa es el estado de la sanidad pública cuando pueden comprar hospitales con el dinero suelto de la billetera. Muchos de los votantes del Partido Popular son gente humilde. Algunos sin trabajo o con trabajo precario, usuarios de la sanidad pública o de los servicios sociales y con sus hijos estudiando en las escuelas públicas. El PP es un partido que defiende los intereses de la élite económica española pero también es capaz de convencer a millones de sus votantes de que son el mejor partido para defender sus intereses. Transmiten capacidad, seriedad, rigor, pragmatismo y confianza. Tienen un relato que es convincente, que es capaz de conectar emocionalmente con cada uno de estos votantes. Tanto como para obviar la delincuencia que asola al partido o creerse el argumentario, en algunos casos de ciencia ficción, que recitan constantemente sus referentes políticos. La derecha la tienen asociada a la solvencia y la izquierda al despilfarro y al caos. Claro que cuarenta años de dictadura y casi otros tantos de postdictadura tienen que ver con esto pero vuelvo a destacar que lo sustancial aquí es cómo la izquierda ha sido incapaz, durante décadas, de crear un relato con un efecto neutralizador. 

Esta partida no se gana en las urnas. La apuesta exclusiva por la vía electoralista solo hace que reforzar las bases en las que se asienta el sistema. Si se analiza la trayectoria de Podemos, partido que ha pretendido situarse como alternativa, se puede concluir que ha ido desprendiéndose de los círculos, como espacios de organización de sus simpatizantes, y ha concentrado los esfuerzos en el asalto electoral liderado por un grupo reducido de elegidos. La aparición de Podemos redujo además la presencia de los colectivos y movimientos sociales en las calles. De repente, parecía que la solución estaba en ganar las elecciones a pesar de que en los años anteriores los esfuerzos se habían centrado en la autoorganización. La “gente” se empezaba a organizar pero tuvo que venir Podemos para decirles que así no se llegaba a ningún lado. Había que asaltar los cielos. Esta opción les ha dado millones de votos. Un éxito electoral. Pero  el partido mas votado en las dos últimas elecciones ha sido el Partido Popular. A pesar de todo. Y si hubiera unas terceras volverían a ganar. En el escenario electoral ya hay actores consagrados, que saben qué decir y qué hacer. Si quiero construir algo diferente, actúo en el escenario donde tengo ventaja. 

No hablo, actúo. No convenzo con palabras, lo demuestro. No me pongo detrás de un micrófono, en un plató de cualquier televisión. Salto a la arena de los barrios y de los pueblos donde viven las personas. No hay más elegidos ni expertos. Creo en la organización social y política a pie de calle. No necesito entrenarme en retórica para convencer sino que necesitamos analizar las dificultades para que juntos nos pongamos a solucionarlas. Pensar y hablar en plural para actuar conjuntamente. En este escenario los grandes partidos políticos no saben actuar. Un político profesional necesita una cámara ante la que hablar, un debate televisivo o una tertulia radiofónica. Saben lanzar un mensaje a aquellos que pasivamente consumen discursos prefabricados pero ante personas organizadas se quedan mudos. No saben qué decir ni qué hacer porque no se les ha entrenado para esto. Apostar por el electoralismo es la vía fácil, sin duda, y la más ineficaz para generar un cambio. El electoralismo es lo que tenemos. La investidura del presidente de un partido corrupto y las maniobras de los otros partidos para influir en las decisiones y posicionarse en los mejores puestos de salida de cara a la legislatura. Por el contrario, la autoorganización y la autogestión, eso sí que es un reto de envergadura.

Un comentario en “Esta partida no se gana en las urnas”

  1. Huelga señalar el papel determinante del aparato mediático en las elecciones, y huelga señalar en manos de quienes está y a qué intereses sirve dicho aparato. Si a ello añadimos, sin entrar en las causas, la generalizada desidia y el innegable conservadurismo de una gran parte de la población, la suerte electoral parece estar echada de antemano. Nos hallamos, pues, merced a los ubicuos tentáculos de dicho aparato mediático, inmersos de facto en un perpetuo golpe de Estado.

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