Déjà vu electoral


Después de las elecciones llega la hora del análisis de resultados. Así cada año. Analistas, opinólogos, políticos, tuiterstars, clientes de bar, todos tenemos las claves de lo que ha pasado. Análisis profundos o superficiales, simples o complejos mientras, la vida sigue igual. Otras elecciones, mismos partidos, mismas políticas, mismos enfados, mismas alegrías, mismo sistema. Nos quejamos de lo que han votado los otros, los gilipollas esos. Las elecciones son un eterno retorno, una repetición constante de lo mismo. A pesar de todo una gran mayoría ha asimilado que la democracia es la representativa, la delegada. No conciben otras formas, que son asociadas al extremismo o a lo utópico. 

La participación en el sistema de elecciones conlleva la transformación en partido político al uso. El ejemplo más paradigmático lo representa Podemos y la estrategia más ajustada la de Iñigo Errejón. Esta transformación tiene una característica esencial que es la desconexión con las personas a las que dicen que representan. La narrativa y los efectos en la realidad van por caminos diferentes. La representación es la base de la legitimidad en la relación entre los políticos y los ciudadanos y ocupa gran parte de los discursos políticos. Estamos aquí para cuidar y luchar por vuestros intereses. En la práctica a los ciudadanos se les invita a la pasividad, a esperar lo que puedan a hacer otros, lo cual aceptan sin grandes inconvenientes porque, en el fondo, asumen que los líderes serán aquellos que resuelvan los problemas, que cambien aquello que no funciona o que es notoriamente injusto o ineficaz. En este sentido no hay gran diferencia entre un votante del Partido Popular y un votante de Podemos. Ambos han delegado la acción en otro que consideran más capacitado y competente. El mensaje que nos transmiten y que asimilamos es que nosotros no somos capaces.

Además de la desconexión se produce una disminución de la capacidad crítica. No dejamos de criticar y de dar opinión pero la paradoja es que no somos capaces de observar crítica y racionalmente lo que ocurre a nuestro alrededor. Tenemos más herramientas de comunicación que permiten hacer llegar rápidamente nuestra opinión pero no favorecen un análisis racional sino que tienen sobre todo una gran carga emocional. El componente emocional es el elemento que más peso tiene en las opiniones políticas, condicionadas por el apoyo a un partido que centra sus estrategias comunicativas en generar emociones a través de analogías, imágenes y el uso de retóricas sugestivas. Por eso no es posible entender racionalmente por qué un votante del Partido Popular apoya a un partido corrupto o acepta los argumentos pueriles que se utilizan como defensa de comportamientos inaceptables o delictivos. La base de la acción de votar no es racional sino emocional y los partidos políticos se han encargado de alimentar esto desde la mutilación de la capacidad crítica. No hay ni un solo partido político que aspire, más allá de la retórica, a tener militantes críticos, que analicen y reflexionen. El análisis y la reflexión está reservado a los expertos. El mensaje que nos transmiten es no pienses, ya lo hacemos nosotros, y actúa [de forma condicionada].

La opción electoral sitúa la solución en las instituciones. Nos dicen que si queremos cambiar algo hay que ocupar los lugares en los que se toman decisiones. Tenemos que organizarnos a través de un partido político para ganar. Otras vías son secundarias. La estrategia se centra en cómo ganar, en la lucha cuerpo a cuerpo con otros partidos políticos. La batalla se traslada a las televisiones, se desarrolla en las editoriales y artículos de opinión de los medios escritos. El objetivo es con[vencer]. El fin es ocupar las instituciones y los medios para conseguirlo: cualquier medio. Desde luchar por los espacios electorales, con el cuchillo entre los dientes, despreciando y desacreditando al adversario que compite por esos mismos espacios hasta retorcer los principios políticos para dar con la forma más útil que movilice al electorado. Vale decir una cosa y la contraria o negar lo que uno es, transformarse en lo que creen que los demás quieren que seas. Es la ficción de una obra de teatro que espera el aplauso mayoritario del público. Para ello necesitan captar la atención del público, que devore los periódicos, que vea los debates y tertulias, que participen en twiter o en facebook, es decir, que consuman pasivamente, que se sienten en sus sofás y esperen. Y para esto se necesita tiempo. Necesitan que pasemos nuestro tiempo pendientes de la obra de teatro y que nos sintamos partícipes. Por eso la vía electoral tiene un corolario a nivel de disminución de la participación y movilización social. El mensaje que nos transmiten es no te muevas, el asalto a los cielos es cosa nuestra.

En este déjà vu electoral nos vuelven a hacer una llave de yudo. Nos invitan a analizar por qué los partidos han o no han conseguido los resultados que esperaban. Vuelven a trasladar nuestra atención hacia los partidos políticos, como responsables del éxito y del fracaso en su asalto a los cielos. Nos hacen discutir sobre las estrategias electorales y alimentan la frustración y la pasividad. No pienses, no te muevas, no eres capaz. Qué mejor manera para que las cosas continúen igual.

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