Desideologización


El proceso de desideologización nos ha acompañado en las últimas décadas y no ha sido un proceso natural sino consciente. El PSOE marcó el paso con su renuncia al marxismo, al socialismo y a su conciencia obrera. En un país marcado por 40 años de dictadura en la que el socialismo y, especialmente, el anarquismo y el comunismo fueron revestidos de trazas demoníacas, se concibió que la ideología que formaba parte del origen y la historia del partido era una losa demasiado pesada como para aspirar a ganar unas elecciones. Este acto de desposesión doctrinal favoreció que millones de personas confiaran en el cambio que prometía Felipe González pero también se vació de significado la palabra socialismo. Ser socialista se convirtió en votar al PSOE sin importar que sus decisiones políticas, especialmente las relacionadas con la economía, se enmarcaran dentro de la doctrina neoliberal. No importó que en los años ochenta se desarrollaran las bases que permitieron privatizar las empresas públicas, flexibilizar el mercado laboral o reducir la capacidad de maniobra de los sindicatos. Ser socialista era votarles y si les votabas eras socialista. En esto se han quedado la mayoría de los militantes y la mayoría de los que los denostan. Las mayorías absolutas de los gobiernos de Felipe González convencieron a la izquierda mayoritaria de que ese era el camino que había que seguir, pagando como precio la renuncia a unos principios que modelaban una manera de entender el mundo que poco tenían que ver con la acción política de su descafeinado partido. La esquizofrenia que se produjo es que se era socialista en la intimidad y a la vez se votaban medidas que entraban en contradicción con su pensamiento. Las crisis económicas fueron el momento crucial para acelerar el proceso de desregulación y flexibilización del sistema financiero y del mercado laboral. Pocos dijeron algo en contra. Era lo que había que hacer. Esto, años después, lo llamó Zapatero la responsabilidad de gobernar. La desideologización convirtió a los militantes en dóciles seguidores, acríticos e inofensivos para el sistema. Pasara lo que pasara seguirían votando al PSOE porque eran socialistas.

El Partido Popular también participó en el proceso. No tanto por la renuncia a un ideario sino por saber aprovechar la deslegitimación de las ideologías que les permitió convertirse en un partido con aspiraciones reales de gobierno. Dos hechos ayudaron a conseguirlo. El primero la transformación de Alianza Popular en Partido Popular. Esta refundación ayudó a distanciarse del franquismo, una losa demasiado pesada para poder gobernar un país harto de cuarenta años de dictadura. El segundo fue la caída del muro de Berlín y la posterior abolición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) que significaron el pistoletazo de salida para ver quién desarrollaba el capitalismo más extremo en el mundo occidental y, también, el denuesto inmisericorde del comunismo por parte de la derecha planetaria. La lectura conservadora nos devolvía sistemáticamente la derrota del comunismo ante el capitalismo. Se acentuaba la victoria de una vida occidental llena de oportunidades y libertades que paradójicamente nos fueron retirando una vez desaparecido el antagonista soviético. En este contexto los populares empezaron a virar dialécticamente hacia el centro, ese lugar tan poco definido pero el más adecuado para captar a una población cada vez más desideologizada que no le importa votar a este o aquel siempre que les prometan resolver sus problemas individuales. Las políticas propias de los gobiernos conservadores no cambiaban y menos en un contexto que las favorecía. Solo cambiaba la manera de definirse. De repente la derecha recalcitrante, rancia y casposa quería gobernar para todos, incluidos esos desnortados, desorientados y huérfanos creyentes de la izquierda. El comunismo había muerto y antes de enterrarlo ya habían colocado en el trono, sin nadie que le hiciera sombra, al exclusivo rey capitalista. La horquilla de posibles votantes se amplió lo suficiente como para subirse a las barbas socialistas, infestadas de corruptelas y terrorismo de estado.

La mayoría de la población ya no era socialista, comunista o fascista. Estaban en terreno de nadie y en terreno de todos, especialmente de los dos grandes partidos. Un buen número de votantes podía votar a uno u otro partido, en función de las circunstancias y de los intereses. Se imponía en el imaginario que los populares eran buenos gestores y los socialistas especialmente sensibles a los temas sociales. Los que apostaban por la ideología se quedaban en los márgenes, pasados de moda, arrinconados por la historia. La realidad era que los votantes desideologizados sí votaban ideología, oculta tras el maquillaje de la comunicación y la apariencia. Han votado capitalismo, es decir, flexibilidad del mercado laboral, desregulación del sistema financiero, privatización de las empresas públicas y prevalencia del consumo y de las mercancías. Han votado corrupción, violencia estatal, mentiras y propaganda electoral. La decisión del voto empezaba a estar condicionada por la gestión a corto plazo y se consideraba la ideología como una carga que impedía afrontar los problemas actuales de manera eficaz. Los políticos ya no eran socialistas o fascistas sino buenos o malos gestores. La ideología solo servía para criticar y desacreditar al de enfrente. Los medios de comunicación se encargaron de difundir la muerte de las ideologías y nos mostraban los perfiles de los políticos como simples administradores del bien común, sin una visión concreta de la sociedad que querían construir, más allá del socorrido solucionar los problemas que afectan a sus electores. Muchos se lo creyeron.

Claro que existen las ideologías. El bipartidismo ha tenido una y dos formas de defenderla e implantarla. Los electores se han dividido y han votado a uno o a otro en función de las formas que adoptaban cada partido, más suaves las de PSOE y más rudas las del Partido Popular, pero en la práctica han ayudado a implantar una ideología neoliberal que ha modificado nuestra forma de estar en la sociedad y nuestra perspectiva de futuro, cada vez más inestable y oscuro. Lo que hemos vivido en las últimas décadas es una estrategia consciente de desideologizar a la población para conseguir implantar una ideología, contraria a los intereses de la gran mayoría, sin que apenas se den cuenta. Las ideologías de izquierda alertaban contra este riesgo por lo que se las ha recluido al rincón oscuro de la historia. Ahora son una mochila que pesa demasiado. Un acompañante mal avenido al que se tiende a hacer poco caso y al que se mira con cierta condescendencia. Los nuevos partidos rechazan las ideologías y siembran sus discursos de indefinición porque son plenamente conscientes de que sus mensajes van dirigidos a una población ideológicamente vacía, sin una idea clara de la sociedad que quieren construir y alojada en el cortoplacismo del aquí y el ahora, del solucióname mis problemas. Ya no se fijan en qué tipo de sociedad quieren construir los partidos que votan sino en quién me convence mejor. La cuestión ya no radica en qué se piensa sino en cómo se comunica. No importa tanto que nos cuenten cómo van a transformar la sociedad sino que nos vendan una idea, un concepto. Han reducido la política a una cuestión comunicativa y publicitaria. Y la conciencia política y la ideología ya no pueden hacer frente a esta manipulación porque se las ha anulado. 

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