Bip Bip Bipartidismo

No podemos negar que las próximas elecciones serán singulares al contar con la presencia de nuevos partidos aspirantes a la presidencia del gobierno pero esta singularidad no implica una ruptura con el bipartidismo dominante sino una necesidad de contar con otros para poder gobernar. En realidad esto ha sucedido siempre. Tanto el PSOE como el PP han alcanzado acuerdos de gobierno con partidos como la desaparecida CIU o el PNV. La diferencia se encuentra en que los dos grandes partidos recibirán menos apoyo electoral y los aspirantes a sostenerlos serán más determinantes. Esto colocará al partido gobernante en la necesidad de llegar acuerdos porque la mayoría absoluta es, en estos momentos, un imposible.

Entender esta situación como una segunda transición es un error. Los dos grandes partidos saben gobernar con otros, saben adaptarse a este contexto y mediatizar sus medidas desde el acuerdo. Las reformas de la constitución no suponen más que llevar a la práctica lo que los dos grandes partidos se han negado a hacer sistemáticamente, exceptuando el acuerdo q alcanzaron por el artículo 135. Esto solo se entiende desde la anormalidad democrática de la política española. Si quisiéramos iniciar una segunda transición estaríamos hablando de un proceso constituyente pero no de simples, aunque pudieran ser importantes, reformas constitucionales.

Los dos grandes partidos han llegado a la contienda electoral vivos y coleando, a pesar de cuatro años desastrosos de gobierno del PP y de los anteriores del PSOE. No estamos hablando del fin del bipartidismo sino de un contexto diferente en el que tiene que maniobrar. La anormalidad democrática se encuentra, en este caso, en que la gestión de estos partidos no implica una caída aún más pronunciada de sus posibilidades de gobierno. A pesar de la gestión económica y social de la crisis y de la corrupción en ambos partidos siguen manteniendo un apoyo considerable, lo cual debería hacernos reflexionar sobre la idea de democracia que se ha construido en las últimas décadas. El apoyo a los partidos políticos se podría equiparar al apoyo a los equipos de fútbol, donde gobierna más el imperio de las emociones que el de la razón. Esta fidelidad también se entiende desde el miedo a los cambios que se podría simplificar en el refrán que dice más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Lo conocido se convierte en nuestra zona de confort a pesar de su inadecuación.

El 15M ha cambiado el mapa político de este país. Ha permitido politizar a un amplio sector de la población y ha puesto en evidencia la corrupción, el déficit democrático que alimentaban los medios y los partidos políticos, la necesidad de una ruptura con el actual sistema político desde un proceso constituyente, la importancia de la participación activa en la política, la necesidad de crear espacios autogestionados o el apoyo mutuo que se tradujo en la lucha contra los desahucios y en los cientos de acciones contra la banca, entre otras muchas cosas. Del impulso del 15M nació uno de los aspirantes a tener un papel relevante en el nuevo mapa político. Se alimentó de la ilusión y del deseo de cambio. Las cosas iban demasiado lentas como para que la tentación del electoralismo no se impusiera. Las tesis electoralistas siempre fueron minoritarias en el 15M. El cambio llegaría pero no participando con las reglas de juego que sirven para atenazar y domesticar y en ningún caso, como se ha demostrado históricamente, para dar la vuelta a la situación. Podemos se alimentó de la inercia de un movimiento del que habían desertado aquellos que querían cambiar las cosas ya.

El surgimiento de Podemos solo se puede entender desde el tsunami generado por el 15M pero no forma parte de este movimiento. Hizo suyo el electoralismo que fue rechazado una y otra vez por este movimiento y se organizó a la imagen y semejanza de los partidos actuales lo cual entraba en contradicción con los principios quincemayistas que formaban parte de la mayoría de sus asambleas. La idea de los círculos era lo más cercano pero quedó en un segundo lugar ante el objetivo de construir una máquina electoral que arrebatara el poder al bipartidismo. Probablemente el gran reto en el que ha fracasado fue poder articular la participación de miles de personas que creyeron en este proyecto. La prioridad fue otra y Vistalegre se encargó de certificarlo con el apoyo de los que deberían haber peleado por fortalecer los espacios de participación activa presenciales y con capacidad decisoria. Al final se optó por lo más sencillo: delegar en aquellos que se consideran especialmente preparados para ganar. Un punto de inflexión aunque la deriva, probablemente, comenzó meses antes cuando se optó por la máquina electoral y se impuso la creencia de que ellos solos serían capaces de ganar. Paradójicamente en el mes de enero de 2015 dieron un puñetazo encima de la mesa con la manifestación multitudinaria que se convocó en Madrid. Un globo de helio que se perdió en el cielo que se quería asaltar.

El bipartidismo sigue siendo poderoso. La marca blanca de Ciudadanos (C’s) sirve para apuntalarlo. No importa que sea el PP o el PSOE. C’s estará ahí para mantener el statu quo, embalsamando el cadáver para aparentar que sigue respirando. Este partido es el que ayudará a dar vida lo que parecía muerto porque igual lo hemos matado antes de tiempo. Serios, responsables, seguros y modernos. El fenómeno de la desideologización que han impuesto las sociedades occidentales y que se aceleró a partir de la caída del muro de Berlín favorece que estas cualidades sean suficientes para que las personas confíen en quiénes las posean. Es solo imagen, puro marketing, pero muy eficaz. Detrás de la modernidad se esconden las mismas medidas que nos han arruinado moral, política, económica y socialmente. Es el abrazo del oso que nos seguirá quitando el aire que necesitamos para vivir. La estrategia es sublime. En paralelo a la criminalización de un partido reformista como Podemos, incrustado en la izquierda de la que con tanto esfuerzo han intentado huir, aparece un partido que como tercera fuerza pueda sostener a los dos grandes partidos que han atesorado el poder y los beneficios de poseerlo durante las últimas décadas. Para quitarse el sombrero.

Mientras, la izquierda sigue perdida en la confluencia, arrinconada por el impulso de Podemos y la ilusión del cambio. La arremetida ha sido de tal calibre que la confusión se ha convertido en la guía de cada uno de los pasos que se han dado. Incapaces de construir un camino propio y personal, han seguido el marcado por aquellos que les han insultado, despreciado y zarandeado en las plazas públicas. La izquierda de la izquierda les critica por ello y la ni izquierda ni derecha de Podemos les menosprecia. No dejan de ser unos perdedores para aquellos que han nacido para ganar. Al final qué buena noticia para el bipartidismo. La izquierda cautiva y desarmada y Podemos atropellado por el propio sistema. En el tablero de juego ad hoc con las cartas marcadas ganan los que hacen las reglas.

El 15M iba despacio porque apuntaba lejos pero la inmediatez que nos rodea no es buena compañera. Marcó el camino que el electoralismo se ha encargado de borrar. No lo digo con ningún tipo de nostalgia. El 15M no era perfecto pero sí tocó varias teclas que molestaban el sistema. Desde la participación activa a los espacios liberados, el apoyo mutuo, la desobediencia civil y las acciones reivindicativas o la construcción y experimentación con espacios regidos por principios que subvierten los propios del capitalismo. Ni el electoralismo ni el institucionalismo van de la mano del cambio sino de la domesticación. Es hora de que nos vayamos librando de la palabrería intelectualoide y académica que solo sirve para apuntalar el sistema desde el continuo fracaso en su asalto al cielo. Pero por el momento, aunque tartamudeemos al decirlo, bip bip bipartidismo.

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