Los que se ríen de verdad están a nuestra derecha

En la liga de los dos fantásticos, los aspirantes no son suficientemente poderosos como para arrebatarles el poder. Si se considera que el campeonato que hay que jugar es el electoral, lo que en estos últimos meses se ha dado por llamar confluencia es imprescindible. Pablo Iglesias lo tuvo muy claro cuando presentó a Podemos en el Teatro del Barrio: unir fuerzas con las organizaciones [políticas] de izquierda que estuvieran en contra de las políticas de austeridad.

PI: “Apoyarme para que busque un proceso de unidad con todas las fuerzas políticas y movimientos que se han opuesto a las políticas de austeridad”. “Les tendemos la mano para unir fuerzas”

Cuando se apuesta por la vía electoral, este es el único camino. Si las organizaciones políticas, plataformas y movimientos sociales no se unen, no hay nada que hacer. Nos encontraremos con un parlamento más fragmentado pero en cuanto a la correlación de fuerzas entre la izquierda y la derecha, claramente favorable a la derecha, a sus políticas y a su forma de entender la sociedad. Sí, ya sé, que Podemos obvia este eje político vertebrador pero la realidad pasa por encima de las teorías y de los discursos. 

Si en la búsqueda de la unidad política miramos entre los dientes de cualquiera de los aspirantes a formar parte de ella, nos encontraremos restos de comida, sarro acumulado y más de una caries. Diría más, en algún caso hasta con muelas extraídas por riesgo de infección. Aquí no hay ángeles blancos e impolutos. La política a estas alturas implica llenarse las manos de barro. Pero esta realidad no puede impedir alcanzar un objetivo irrenunciable para, al menos, plantar cara electoralmente. Podremos hablar de un marco común de actuación, normativo, de unos compromisos mínimos para poder llevarlo a cabo, pero aquí las mochilas las tenemos todos y quién utilice este hecho para cerrar puertas solo se puede entender desde la deshonestidad y la hipocresía.

Es un ejemplo más de la miopía política de las fuerzas electoralistas de izquierda, esa constante tendencia a mirar el dedo que señala la luna. Un toma y daca de desprecios que vuelve a poner en evidencia que no hay izquierda política que esté a la altura para combatir por el poder con la derecha, bien organizada y protegida. En este escenario hasta se reniega de la izquierda, se la insulta o se la desprecia. Y a pesar de ello Izquierda Unida ha buscado el acuerdo hasta el último momento, de una manera, en ocasiones, poco agradable para la vista. Se les ha tildado de perdedores por aquellos que no han ganado nada significativo. Se han reído de ellos aquellos que creyeron que las elecciones europeas eran el disparo de salida para tomar el poder y asaltar los cielos. ¿Para qué iban a necesitar a IU si ellos solos se bastaban?

Podemos eligió participar en la liga electoral y en sus inicios sabían que solos no era posible aspirar a ganar. Tenían que pactar sí o sí para tener relevancia. Pero más de un año y medio después creen que solos tienen más posibilidades. Si los demás quieren unirse, será bajo su manto protector. Esta extraña soberbia les lleva a fomentar el transfuguismo en las filas de IU sin ningún atisbo de vergüenza. No les importa dejar la tierra quemada a su izquierda aunque a su derecha los campos empiecen a recuperar el verdor con la aparición de los neofalangistas de Ciudadanos, que no dudarán en defender los intereses que defiende actualmente el partido de gobierno. La estrategia es caníbal. Crear tanta ilusión en sus simpatizantes para después ser uno más, como ha sido IU en las últimas décadas.
No creo en el electoralismo para cambiar nada importante de lo que nos rodea. Aunque si se apuesta por esta vía, al menos hay que hacerlo con sentido. Entiendo, de todas formas, que se apueste por ella porque si algo demostró el 15M es que la mayoría de la gente, de los ciudadanos o como queramos llamarlos, no están o no estamos preparados para la participación política activa, para ser protagonistas del cambio. Necesitamos todavía unas siglas, un rostro, una guía, una esperanza encarnada en una persona. Nos convence la retórica de la participación y del poder popular aunque en el fondo sepamos que los que toman decisiones son un grupo reducido, que decide la estrategia y el camino que hay que recorrer. Nos conformamos simplemente con elegir a aquel en el que queremos delegar nuestra responsabilidad de cambio. 

Y sí, nos enfadamos mucho entre nosotros, porque hemos escogido un bando. En el espectáculo de esta política, los que se ríen de verdad están a nuestra derecha. Estos sí que saben cuál es el objetivo irrenunciable.

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