Los debates emocionales y cuasidivinos sobre la independencia

Se echa de menos una reflexión responsable, racional y sosegada sobre las implicaciones de la independencia de Catalunya o de cualquier otro territorio en el Estado español pero la idea de indivisibilidad de este último forma parte del adn de la derecha española y de cierto sector de la izquierda más conservadora. Por ello el simple cuestionamiento suscita las reacciones más viscerales y, de esta manera, se muestran claramente las deficiencias democráticas que lleva arrastrando el estado español por la ausencia de una ruptura radical con la idea de España heredada de la dictadura. La naturaleza antidemocrática de la derecha española también se evidencia en el momento en que aluden al ejército y a la fuerza para solucionar un problema que en las últimas décadas les ha importado bien poco solucionar. Es más la derecha española ha avivado y alimentado el enfrentamiento, sin olvidarse de las ventajas a nivel electoral y distractoras que consiguen fuera de los países con mayor tradición independentista. Mucha de la antipatía que genera Catalunya ha sido creada y elaborada conscientemente fuera de sus fronteras, no toda, pero sí una gran parte. Los medios de comunicación, los políticos conservadores y los partidos de la derecha han abordado el tema de Catalunya o de Euskal Herria desde planteamientos emocionales y cuasidivinos, planteando unas consecuencias catastrofistas y apocalípticas en el caso de que se produjera la independencia.  A nadie se le escapa que en el caso de que un país decidiera independizarse del estado español traería unas consecuencias a nivel político, social y económico para ambos pero el desdén, la soberbia y el sentimiento de superioridad ha pervertido cualquier intento de debatir y reflexionar seriamente. Se ha optado por la confrontación y no por la escucha y el análisis objetivo y realista, más allá de las diez plagas bíblicas que asolarán a Catalunya y al resto del Estado. El gobierno de la derecha del Estado español, que debería marcar la pauta del abordaje sereno y responsable, opta por el desprecio y la amenaza lo cual le permite, primero y fundamentalmente, desviar la atención sobre los problemas reales que afectan a toda la ciudadanía por igual, y segundo, mantener el conflicto sin interés por solucionarlo, tensando las cuerdas y generando una tensión innecesaria. Esto sí es un disparate. Porque que un pueblo quiera independizarse no es un disparate, es un derecho y su no reconocimiento un signo del camino que aún nos falta para vivir en un Estado realmente democrático. No podemos confundir los procesos de democratización que hemos podido vivir en las últimas décadas con la democracia y esta confusión es la que nos instala en la ficción de la democracia mientras no permitimos a los pueblos tomar sus propias decisiones o permitimos que nos gobiernen personas que no han denunciado y condenado los crímenes de la dictadura fascista y que siguen defendiendo planteamientos propios de esa misma dictadura. El cuestionar uno de los fundamentos básicos de la derecha antidemocrática hace que nos muestren su verdadera cara y retira el disfraz con el que se invistieron durante la transición inmodélica. Desde su dirección el conflicto lo tenemos asegurado.

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