Qué podía salir mal. Trump presidente de la potencia bélica más poderosa del mundo. Ha arrancado de golpe el velo de los ojos del mundo. Algunos hablan de shock. Las decisiones trumpistas se suceden en oleadas que dejan sin respiración. Nadie quiere que le mire y se esfuerzan en hacer genuflexiones, dobladas de cerviz, sonrisas halagadoras y peloteo vergonzante. Pero no sirve porque el plan está trazado. Tierras raras y petróleo, países vasallos, intimidaciones y amenazas. La Unión Europea se ha despertado de un sueño y se ha encontrado de frente ante la realidad. Al oeste, Estados Unidos. Al este, Rusia. Una pinza estudiada. El crecimiento ultra reaccionario y la batalla cultural como caballo de Troya han polarizado a las sociedades, las han hecho débiles y moldeables. Han desaparecido las certezas y se ha impuesto el cinismo. Han conseguido que la justicia social y la igualdad suenen como una música antigua y rancia. El multiculturalismo, el enemigo de los tiempos. El autoritarismo, una meta que alcanzar. Los fuertes se imponen.
La Unión Europea, colega del matón durante años, ahora se convierte en víctima. Sus principios de pichiglás se tambalean ante la mirada autoritaria del jefe. No se vislumbra coraje ni orgullo. Se opta por el apaciguamiento como con Hitler. ¿Es hiperbólica la comparación? Trump persigue, acosa, encarcela, expulsa a los inmigrantes. Los nuevos judíos. Amenaza con anexionarse países. Planifica golpes de estado como en Venezuela. Secuestra a dirigentes. Acosa e intimida a la izquierda. Amenaza con bombardear a Irán. Amenaza a México. A Colombia. Colabora con las prácticas genocidas de Israel. Las alienta y las financia. Sin Estados Unidos no hay genocidio. Isreal. Frente a esto tenemos a Kaja Kallas, temerosa de decir una palabra más alta que otra. Ursula Von der Layen punto en boca. No vaya a ser. Una comisión europea prudente. O cobarde. La quinta columna haciendo su trabajo. Hay que decirlo. La base de la Unión Europea se ha erosionado desde dentro. El lobo feroz sopla y sopla y derriba la casa de paja. Hungría, los conservadores apaciguadores de ultras, los ultras reaccionarios, los nazbols, la izquierda dogmática y autoritaria.
La quinta columna ha acabado con la Unión Europea. No hay manera de avanzar con el derecho de veto y la necesidad de unanimidades. Frente al nuevo fascismo es necesario la creación de nuevas alianzas que dejen fuera a los que ponen palos en las ruedas. Frente al fascismo no hay ideologías preferentes. Hay antifascismo. Hoy ser antifascista, como ayer, es ponerse frente a la barbarie y dar la batalla. Pero tenemos al enemigo en casa. No es necesario poner la linea del frente en Washington. Los que justifican a Trump, lo alaban, los que señalan a las personas migrantes, los que hablan de la libertad de la motosierra y se ríen de la justicia social y de la igualdad, los que hablan de la cultura woke, ese invento propio de la batalla cultural contra lo que consideran progresismo de izquierda, que en realidad es un ataque frontal a los derechos humanos, a la realidad multicultural, a los ideales basados en la solidaridad, en el apoyo mutuo y en el bien común. Esos, organizados en think tanks reaccionarios, partidos ultras, neoliberales depredadores, libertarianos asociales, influencers retrógrados, aznares, ayusos y abascales. Frente a estos, los antifascistas.
No es momento de andarse con medias tintas. Ante el ataque trumpista, solidaridad. Activa y directa. La OTAN saltó por los aires de la manera menos esperada para los contrarios. Activó la espoleta el jefe. Y de repente vimos lo que era la OTAN. Una organización basada en el vasallaje al poder que representa Estados Unidos. Su derecho a veto la convertía en una herramienta de la dominación del fuerte sobre los débiles, que hinchaban el pecho en compañía del matón. Y en realidad eran solo peones, sin saberlo, que jugaban al juego de protegerse entre ellos si eran atacados. Hasta que el falso amigo acabó con el juego. La OTAN era una herramienta de guerra y dominación, que justificaba el expansionismo estadounidense bajo el paraguas moral de lo que se llamaban democracias occidentales. Trump acabó con esta farsa. Lo cual es de agradecer. Ahora debería tocar posicionarse frente al fascismo del este y del oeste. Frente al fascismo que vive con nosotros. ¿Habrá suficiente coraje?
Estamos, sin duda, en un momento de cambio. El velo ha caído. Toca un proceso de deconstrucción del pensamiento occidental. Liberarlo de la contaminación estadounidense basada en la competitividad, la ley del más fuerte, el ataque a las minorías, el consumo desaforado, las ficciones democráticas, la dominación y el abuso de poder. Y aún así dudo de que sea el momento de Europa y desconfío del liderazgo europeo. Décadas de vasallaje no son gratuitas. Han construido el enemigo interior. A Europa le queda la resistencia, las alianzas antifascistas, la respuesta coordinada y firme frente a los ataques internos y externos y la reconstrucción de una identidad que recupere los principios menoscabados por la agresión ultra. Quién sabe. Una Europa antifascista. ¿Ficción o realidad probable?
